En
el pensamiento del remanso, las aguas vagan silenciosas cuando recorren las
serpentinas que se arremangan en los ruedos de los manglares, el verde oscuro
de su presencia se hace remolinos en las pozas y las ondas se escapan alrededor
de las piedras, que húmedas se reflejan en la espalda marcando la marea.
Los
gritos de las parvadas de loros se hace presente en las mañana cuando los rayos
del sol se despiertan en el oriente, viajan de los dormideros a los verdes
campos donde los árboles de frutilla les brindan los deliciosos alimentos.
En
la campiña se dibuja una casita de techo de teja y lámina que se asoma entre raros
bosques que se muestran en las faldas de una colina.
Como
un soldado se muestra un pozo a la derecha de la construcción que señala con su
estructura de teja, el punto, la polea y su pendiente cubeta. En movimiento el
lazo es enrollado por una mujer que con un niño en su espalda extrae el vital
líquido para sus alimentos.
Las
aves de patio juguetean a los gusanitos que al ser rascados de la tierra se
sacuden en el pico de las gallinas que cacarean felices y bulliciosas con sus
presas, que reparten a sus polluelos. Alborotado todo el gallinero al notar la
presencia de los burros socarrones que en su lomo cargan las redes de mazorcas
de la cosecha. El jinete que los guía se desprende de su montura y hace una
parada para sacudirse el calor con su sombrero de palma y se hace presente al
brocal del pozo para empinare la cubeta y mojarse el pecho mientras degusta el
líquido.
El
grupo familiar se sienta alrededor de una mesa con un seberendo muñeco de tortillas al
centro, cada quien con su plato de peltre degusta el bodoque de frijoles
enteros y un pedazo de queso. El padre con un posillo de café que humea, se
levanta diciendo
--- Provecho…---
Escarba
en su bolsa del pecho de su camisa y extrae una bolsita de tabaco con lo que
confecciona un cigarrillo con tusa, sale al patio exterior y mientra suelta el
humo por la boca se dedica a observar el firmamento.
--- Vos María, se siente algo
extraño en el ambiente. Sabés ese chiflón helado me da mala espina.---
---Será vos Albino, los animales han
estado algo inquietos…---
La
noche se precipitó después de que el sol se escondió tras los parajes de la
montaña. Junto al bullicio de las parvadas de aves, precedidas por los loros
que viajan rumbo a sus lugares de dormitorio allá en los zanjones. Las lechuzas
acechaban la penumbra invocando la llegada del manto de la oscuridad.
Tras
una lámpara de gas a medio iluminar, los patojos del rancho retozaban mientras
se arrumacan entre las chamarras sus últimos juegos, antes que el papá ordene
silencio y apague la luz para doblegarse e iniciar el sueño. La luna hace
apenas su aparición vestida de cuarto menguante engargolada en las copas de los
árboles, el viento corre asombrado con tintes heladas que se marcan con el
inicio de los retumbos, que sacuden ramas y hojas de los antañones árboles de
la campiña. El remezón no se hace esperar, el tableteo de las estructuras del
tejado y el trueno de los adobes que dan al traste para desmoronarse sobre las
cosas en el interior de la choza.
--- Santo Dios, Santo fuerte….---gritó
la María
Ni
lerda ni perezosa pesca del brazo al niño pequeño, arrastrándole hasta el patio de adelante del rancho, con el otro
brazo sostiene a la bebecita que aun prendida de la chiche se solaza en
profundo sueño.
Albino
sale por debajo de los tablones, los restos de terrones de adobe que le impiden
el paso les manchan de tierra, hala desesperado con el chico mayor, aunque en
buen estado muestra su temor acurrucándose en la cercanía de sus hermanos. Allí
se quedaron las redes del maíz sin desgranar. El bullicio de las gallinas que
caen como frutas maduras de las ramas pelonas de los matilisguate, corren
despavoridas en busca de un nuevo refugio donde esconderse de la sacudida; el
latido de los chuchos que resuena por doquier se hace eco a la distancia asemejándose
al retumbo en todas direcciones.
Las
bestias corcoveaban sacudiéndose dentro del pesebre que se hamaquea y se cae,
los burros intentando soltarse de sus amarras, un relinchar cautivo que sacude
las paredes con el lanzamiento de patadas buscando una salida.
La
calma se hace presente momentáneamente mientras un ruido extraño se dejó
escuchar en la lejanía, como el resultado de una conmoción, de gritos
desperdigados, aullidos de animales, alaridos que asustaban en el mas allá
lejano. La marea que constantemente se mueve en los hatos de ganado que se
arremolinan en los potreros, quizás con la esperanza de escaparse de las talanqueras
buscando huir hacia los pastizales, los mugidos alardeantes, que no es mas que
la búsqueda de sus crías, espantadas por el cadejo del miedo y las zangoloteadas
por la tierra. Las puertas de los cercos aseguradas con cadenas no soportan el apretacanuto
de los semovientes que hurgan por la pronta liberación rompiendo cercas y
tablones de su cubículo.
Albino
y María acomodaron a los chirices en un
colchón junto al brocal del pozo, recogen unas láminas para cubrirles, mientras
se abrazan en convivencia, quizás es necesario buscar algo de comer, algunas
tortillas y el tarro de barro para hervir café. En los espacios de un rincón
arman una fogata que también les sirve para alumbrarse, el grupo se arrejuntan
para contagiarse calor y sobrellevar las replicas del temblor que se repiten
cada cierto tiempo.
Los
niños acomodados en la enaguas de la nana adormitan, vencidos por el sueño de
la madrugada, todos con la esperanza que pronto se despuntara el alba y tomar
cartas en el asunto y hacer un recuento de los daños.
Como
una extraña madrugada se enfrentan al episodio, el gris oscuro de los cielos
junto al silencio que se adorna con el rocío matinal, con ausencia de la
concertina de todos los días, ausente los loros que abren con sus gritos, el
desfile de la migración de las aves. Las reses rumiantes se pasean dentro de
las filas de milpas haciendo su desayuno como si nada hubiese pasado.
A
la distancia se observan columnas de humo que se desprenden hacia el cielo como
canelones señalando los lugares donde el fuego hizo daño en las casuchas. El
camino se hace mas concurrido, con correderas de socorristas que en camillas
maltrechas llevan a los heridos para el pueblo. La sombra de una sirena jinetea
en la vía de terrecería anunciando se escala de temor y muerte.
Ahora
todo es ruina, adobes desparramados, sensaciones de terror y presencia de
mortandad. El hambre es sinónimo de tragedia que publican obituarios señalando
un sin número de ausentes. Llantos ya sin lágrimas que se vuelven indiferentes
en la lucha de dolor que sobrepasa lo aceptable
Al
paso de los días, las destempladas campanas lanzan sus monólogos de repique,
señalando las exequias de los desaparecidos, en los cementerios que se ven congestionados
de tumbas que rebalsan con suspiros y sin flores, deudos acongojados que dejan recomendados
a los sepultureros a sus parientes que algún día fueron heridos o que perdieron
un hilo de vida en los improvisados hospitales
Cuando
la luna llena aúlla en la copa de los riscos, las ánimas recorren silenciosas
por las veredas angustiadas, a su paso cargan sus pensamientos que recorren por
las hojas del calendario cuentos que hicieron olvidar los recuerdos de las
sombras, acaecido en la tragedia del cataclismo que asoló las poblaciones y las
víctimas de muerte.
Cada
madrugada, en el recorrido de las parvadas de los loros, pajarracos enlutados
que enmudecieron en sus viaje de largo
recorrido en la selva tropical en búsqueda de sus nidos en lo alto de las
enormes Ceibas donde el verde de su plumaje se confunde el follaje de las hojas.
Son los guardianes que sirven de guía a las almas que buscan la entrada del
celeste cielo, lugar donde residen los ángeles que les brindaran paz a sus
conciencias.
María
y Albino, enfrentaron la muerte junto a sus hijos, ellos migraron a los
pastizales lejos de allí, en busca de alivio en su soledad, allí donde la
tierra no ha vuelto a temblar y que las matices de la primavera les dan
aliento, no llevaron nada para empezar, sin sueños ni recuerdos, a sembrar la
primera milpa y quizás para oír los cantos pausados de los loros que anuncian a
su paso el brillo de la mañana y en el caer de los celajes de la tarde.