jueves, 24 de julio de 2014

LOS LOROS



          En el pensamiento del remanso, las aguas vagan silenciosas cuando recorren las serpentinas que se arremangan en los ruedos de los manglares, el verde oscuro de su presencia se hace remolinos en las pozas y las ondas se escapan alrededor de las piedras, que húmedas se reflejan en la espalda marcando la marea.
          Los gritos de las parvadas de loros se hace presente en las mañana cuando los rayos del sol se despiertan en el oriente, viajan de los dormideros a los verdes campos donde los árboles de frutilla les brindan los deliciosos alimentos.
          En la campiña se dibuja una casita de techo de teja y lámina que se asoma entre raros bosques que se muestran en las faldas de una colina.
          Como un soldado se muestra un pozo a la derecha de la construcción que señala con su estructura de teja, el punto, la polea y su pendiente cubeta. En movimiento el lazo es enrollado por una mujer que con un niño en su espalda extrae el vital líquido para sus alimentos.
          Las aves de patio juguetean a los gusanitos que al ser rascados de la tierra se sacuden en el pico de las gallinas que cacarean felices y bulliciosas con sus presas, que reparten a sus polluelos. Alborotado todo el gallinero al notar la presencia de los burros socarrones que en su lomo cargan las redes de mazorcas de la cosecha. El jinete que los guía se desprende de su montura y hace una parada para sacudirse el calor con su sombrero de palma y se hace presente al brocal del pozo para empinare la cubeta y mojarse el pecho mientras degusta el líquido.
          El grupo familiar se sienta alrededor de una mesa  con un seberendo muñeco de tortillas al centro, cada quien con su plato de peltre degusta el bodoque de frijoles enteros y un pedazo de queso. El padre con un posillo de café que humea, se levanta diciendo
--- Provecho…---
          Escarba en su bolsa del pecho de su camisa y extrae una bolsita de tabaco con lo que confecciona un cigarrillo con tusa, sale al patio exterior y mientra suelta el humo por la boca se dedica a observar el firmamento.
--- Vos María, se siente algo extraño en el ambiente. Sabés ese chiflón helado me da mala espina.---
---Será vos Albino, los animales han estado algo inquietos…---
          La noche se precipitó después de que el sol se escondió tras los parajes de la montaña. Junto al bullicio de las parvadas de aves, precedidas por los loros que viajan rumbo a sus lugares de dormitorio allá en los zanjones. Las lechuzas acechaban la penumbra invocando la llegada del manto de la oscuridad.
          Tras una lámpara de gas a medio iluminar, los patojos del rancho retozaban mientras se arrumacan entre las chamarras sus últimos juegos, antes que el papá ordene silencio y apague la luz para doblegarse e iniciar el sueño. La luna hace apenas su aparición vestida de cuarto menguante engargolada en las copas de los árboles, el viento corre asombrado con tintes heladas que se marcan con el inicio de los retumbos, que sacuden ramas y hojas de los antañones árboles de la campiña. El remezón no se hace esperar, el tableteo de las estructuras del tejado y el trueno de los adobes que dan al traste para desmoronarse sobre las cosas en el interior de la choza.
--- Santo Dios, Santo fuerte….---gritó la María
          Ni lerda ni perezosa pesca del brazo al niño pequeño, arrastrándole hasta el  patio de adelante del rancho, con el otro brazo sostiene a la bebecita que aun prendida de la chiche se solaza en profundo sueño.
          Albino sale por debajo de los tablones, los restos de terrones de adobe que le impiden el paso les manchan de tierra, hala desesperado con el chico mayor, aunque en buen estado muestra su temor acurrucándose en la cercanía de sus hermanos. Allí se quedaron las redes del maíz sin desgranar. El bullicio de las gallinas que caen como frutas maduras de las ramas pelonas de los matilisguate, corren despavoridas en busca de un nuevo refugio donde esconderse de la sacudida; el latido de los chuchos que resuena por doquier se hace eco a la distancia asemejándose  al retumbo en todas direcciones.
          Las bestias corcoveaban sacudiéndose dentro del pesebre que se hamaquea y se cae, los burros intentando soltarse de sus amarras, un relinchar cautivo que sacude las paredes con el lanzamiento de patadas buscando una salida.
          La calma se hace presente momentáneamente mientras un ruido extraño se dejó escuchar en la lejanía, como el resultado de una conmoción, de gritos desperdigados, aullidos de animales, alaridos que asustaban en el mas allá lejano. La marea que constantemente se mueve en los hatos de ganado que se arremolinan en los potreros, quizás con la esperanza de escaparse de las talanqueras buscando huir hacia los pastizales, los mugidos alardeantes, que no es mas que la búsqueda de sus crías, espantadas por el cadejo del miedo y las zangoloteadas por la tierra. Las puertas de los cercos aseguradas con cadenas no soportan el apretacanuto de los semovientes que hurgan por la pronta liberación rompiendo cercas y tablones de su cubículo.
          Albino y  María acomodaron a los chirices en un colchón junto al brocal del pozo, recogen unas láminas para cubrirles, mientras se abrazan en convivencia, quizás es necesario buscar algo de comer, algunas tortillas y el tarro de barro para hervir café. En los espacios de un rincón arman una fogata que también les sirve para alumbrarse, el grupo se arrejuntan para contagiarse calor y sobrellevar las replicas del temblor que se repiten cada cierto tiempo.
          Los niños acomodados en la enaguas de la nana adormitan, vencidos por el sueño de la madrugada, todos con la esperanza que pronto se despuntara el alba y tomar cartas en el asunto y hacer un recuento de los daños.
          Como una extraña madrugada se enfrentan al episodio, el gris oscuro de los cielos junto al silencio que se adorna con el rocío matinal, con ausencia de la concertina de todos los días, ausente los loros que abren con sus gritos, el desfile de la migración de las aves. Las reses rumiantes se pasean dentro de las filas de milpas haciendo su desayuno como si nada hubiese pasado.
          A la distancia se observan columnas de humo que se desprenden hacia el cielo como canelones señalando los lugares donde el fuego hizo daño en las casuchas. El camino se hace mas concurrido, con correderas de socorristas que en camillas maltrechas llevan a los heridos para el pueblo. La sombra de una sirena jinetea en la vía de terrecería anunciando se escala de temor y muerte.
          Ahora todo es ruina, adobes desparramados, sensaciones de terror y presencia de mortandad. El hambre es sinónimo de tragedia que publican obituarios señalando un sin número de ausentes. Llantos ya sin lágrimas que se vuelven indiferentes en la lucha de dolor que sobrepasa lo aceptable
          Al paso de los días, las destempladas campanas lanzan sus monólogos de repique, señalando las exequias de los desaparecidos, en los cementerios que se ven congestionados de tumbas que rebalsan con suspiros y sin flores, deudos acongojados que dejan recomendados a los sepultureros a sus parientes que algún día fueron heridos o que perdieron un hilo de vida en los improvisados hospitales
          Cuando la luna llena aúlla en la copa de los riscos, las ánimas recorren silenciosas por las veredas angustiadas, a su paso cargan sus pensamientos que recorren por las hojas del calendario cuentos que hicieron olvidar los recuerdos de las sombras, acaecido en la tragedia del cataclismo que asoló las poblaciones y las víctimas de muerte.
          Cada madrugada, en el recorrido de las parvadas de los loros, pajarracos enlutados que enmudecieron en sus  viaje de largo recorrido en la selva tropical en búsqueda de sus nidos en lo alto de las enormes Ceibas donde el verde de su plumaje se confunde el follaje de las hojas. Son los guardianes que sirven de guía a las almas que buscan la entrada del celeste cielo, lugar donde residen los ángeles que les brindaran paz a sus conciencias.
          María y Albino, enfrentaron la muerte junto a sus hijos, ellos migraron a los pastizales lejos de allí, en busca de alivio en su soledad, allí donde la tierra no ha vuelto a temblar y que las matices de la primavera les dan aliento, no llevaron nada para empezar, sin sueños ni recuerdos, a sembrar la primera milpa y quizás para oír los cantos pausados de los loros que anuncian a su paso el brillo de la mañana y en el caer de los celajes de la tarde.