lunes, 2 de febrero de 2015

EL ESCRITOR

          El collar bullicioso de unas bougambilias, las casitas de adobe, con sus amplios ventanales de simpáticas puertas de madera de cedro, con aldabones pintados de negro, cuidado por los balcones de hierro forjado de múltiples formas que elegantes se asoman, mostrando su valor histórico sobre las calles empedradas. Allí se localiza el habitáculo de un hombre que acumula escritos, que da respuesta a la inquietud de poner en blanco y negro las ideas o mas bien los ideales, que dicen de la vida y la belleza de disfrutarla con sus baches pero que son parte de entorno del diario acontecer       
          El portal de la esquina que hace juego con las pestañas de teja colorada, se hace húmedo después de la caída del sereno que se evapora con el brochazo de calor que le madrugó el astro rey. Comulgando entre vuelos de aves y cúpulas de la chimenea. Muestra el paisaje de las gotas de agua remanentes escondidas en los tapancos. Los techos resplandecientes acompañados de tubos de humo blanco que asciende hacia el límpido azul cielo.
          En su interior la casa, el estudioso, el escritor de pura cepa, espulga las gastadas hojas de un antiguo libro, el pesado volumen lo recuesta sobre dos tomos de pasta gruesa, igual de deteriorados. El se encuentre prendido sobre el cartapacio de su mesa de trabajo, donde deja las pestañas con toda su atención en el texto, llevando imágenes de su pensamiento mediante cincelar con el lápiz en su mano derecha, para mostrar los jeroglíficos, unas oraciones, puntos y comas, letras a veces de carta o de molde, según la inspiración o el estado de ánimo. Las fasciculaciones en su rostro muestran su satisfacción, alegría, a veces sorpresa, admiración, mientras más se adentra con el canutero en la trama de la prosa creada en sus escritos.
          Los desgastados espejuelos retenidos por la punta de su nariz, se empañan por la emoción, esos efectos de la hidalguía con que circulan las francas pinceladas de las musas por su cerebro. Nada le abstrae de la inspiración, a pesar de los constantes ruidos a su alredor, que no logran distraerle de su atención, las figuras pasan como una obra de teatro ante sus ojos. Lo que apenas le hace cambiar de posición son los destellos recostados en su tintero que le ayudan haciendo los trazos necesarios, con pausas que divagaba en intermedios, sosteniendo con su puño izquierdo las ideas que fluyen galopantes en su cabeza. Como un pensador empedernido tratando de entrelazar las filigranas del capullo de un cuento.
          En algún momento recorre los espacios de su habitación, zigzagueando en la composición de un soneto, como una mosca que busca aterrizar  sobre un pastel de fresa. Suspende su escritura al sacar de su bolso un trozo de tela para limpiarse el rostro y desempañar los anteojos, pero pronto se ve urgido a acomodarse en su sentadero, guardando el pañuelo en la bolsa posterior del pantalón, para enfocarse sin despegar la mirada en el interior de los escritos, de los párrafos donde ha plasmado frases célebres con letras negras de puño y letra, que marcan la huella que expresa una trama singular que fluye en interesante pedazo de escritura.
          En un torbellino que sale del interior de su cabeza, acarrea entre aventuras plásticas, escenas e ideas que vuelan por todo el espacio, que representa desde el fondo de una ventisca que se crea en la mitad de la nada. Uniendo la aparición de míticos personajes que se plantan en las piezas del papiro, con actos heroicos ensamblados en narrativas, expresando máximas o epístolas saludables.
          Las bellas imágenes que se reparten en un lienzo estampado de un desenredar de una madeja de lana de múltiples colores, que brotan en interesantes diálogos que dan a los cuentos el sabor de historietas llenas de alegrías o de una realidad de pesar o de dolor.
          Aventuras salvajes de personajes importantes que se interpretan en moralejas, dejando un ejemplo de enseñanza, imágenes atrapados, talvez, en una lujuriosa escenas de amor, donde los participantes y los lectores se ven envueltos en el meollo de la narrativa.
          Proyectándose en si, emocionantes escenas de guerra, escaramuzas entre militares y alzados en armas, barcos piratas que abordan galeones españoles cargados de oro. Delicados encuentros de parejas de enamorados que se juran amor eterno que por azares del destino han roto las cadenas del encanto. Fantásticas fábulas con participación de animales parlantes, juguetes de todas clases que hacen las delicias de chicos, anécdotas de despilfarados personajes que suenan a locura. Míticos monstruos, dragones engargolados en torres de palacios medievales, que se mantenían a la custodia de princesas prisioneras de un hechizo, a la espera de un príncipe valiente que les propicie un final feliz. Brujas malévolas que en búsqueda de detentar un trono agreden a pobladores inocentes, arrasando reinos, poblados y caballeros utilizando sus malévolos encantos…
          Entrada la noche detiene su maquinaria creativa para encerrarse en su aposento a repasar sus legados, buscando que la almohada le sirva de acicate para desarrollar nuevas historias, en el filo de la oscurana. La noche que ha veces se torna de insomnio, le obligaba a detener el sueño, salir a la ventana a respirar el sereno de un luna a medio pintar, acompañada de un rosario de estrellas. Eso le hace correr por los vientos, acompañado de los azacuanes que le llevan la buena nueva de una chispa de inspiración, obligándole a  sucumbir sentado en su escritorio para redactar los esbozos de una idea, una rima elegante que le hace llegar hasta la madrugada sin pegar pestañas. En ocasiones amanece adormitado sobre la mesa, donde una apagada candela derretida se riega a los pies de su cabo, con las hojas de papel selladas por gotas de esterina que manchan las primeras frases del escrito.
          Sacudiendo su melena procede a levantarse con el fin de hacer la penitencia de estirar la musculatura, unos cuantos ejercicios, el aseo respectivo y la decisión de tomar su gorra para lanzarse a la aventura de recorrer las callecitas de piedra,  a experimentar lo que es la vida exterior, compartir con flores y gorriones, establecer contacto con vecinos y amigos, en fin, espantar esa soledad que le asedia. Un portal de actividades para realizar que le empujan a participar en otros ambientes fuera de los libros, la tinta, el lápiz y las musas.
          Tanta fuente de inspiración en el contexto de la naturaleza, el tenue sonido de las calles, con los murmullos de gentes con hábitos pedestres, que dialogan sus comunicados, las gotas sinfónicas de los pajarillos que se hacen de fondo en las arboledas primaverales. El inquietante aroma del pan recién horneado que emerge de la panadería, el despliegue del olor de los pistilos de los jardines, de las rosas y el amaranto, el buqué de las especies de la canela y las hojas de eucalipto.
          En las vecindades del mercado donde la frutas y verduras huelen a limpio, el exquisito estímulo nasal de las comidas típicas, el pepián y el revolcado de cabeza de marrano que estimulan los sentidos para abrir el apetito, sobretodo el aroma sin igual del café hervido. El sabor a pepitoria, los colochos de guayaba degustados como golosinas y el famoso fresco de súchiles, son junto a las imágenes poblanas de la pequeña comunidad, son las que acarrea en su mente y que sirven de fuente de inspiración para una nueva incursión en las páginas del que hacer.
          Lleno de este cargamento, él vuelve rubicundo y con baterías puestas para enclaustrarse pie con geta a la buhardilla de su estudio y hacer un repaso de las luces de arco iris, eventos y charadas sujetos de observación, acuciosidad que lleva para abrir nuevos escenarios entre papeles en blanco,  plumas con tinta y lápices de punta afilada.
          Se vio sorprendido por los nubarrones del mundo espiritual, rasgando los velos de difuntos y los aullidos de coyotes. Haciéndole honor a la escritura de los encadenados a la muerte, a las almas sin destino, redactando los miedos y gritos de la conciencia.
          Mas allá de los relatos tuvo que enfrentar a viva voz al ángel de la muerte, sucumbir ante sus artimañas, para caer en los epitafios finales pintados en la lápida que dan fin a su existencia.
          “Aquí yace, quien en vida se autonombró ESCRITOR.”