El
collar bullicioso de unas bougambilias, las casitas de adobe, con sus amplios
ventanales de simpáticas puertas de madera de cedro, con aldabones pintados de
negro, cuidado por los balcones de hierro forjado de múltiples formas que
elegantes se asoman, mostrando su valor histórico sobre las calles empedradas. Allí
se localiza el habitáculo de un hombre que acumula escritos, que da respuesta a
la inquietud de poner en blanco y negro las ideas o mas bien los ideales,
que dicen de la vida y la belleza de disfrutarla con sus baches pero que son parte
de entorno del diario acontecer
El
portal de la esquina que hace juego con las pestañas de teja colorada, se hace
húmedo después de la caída del sereno que se evapora con el brochazo de calor
que le madrugó el astro rey. Comulgando entre vuelos de aves y cúpulas de la
chimenea. Muestra el paisaje de las gotas de agua remanentes escondidas en los
tapancos. Los techos resplandecientes acompañados de tubos de humo blanco
que asciende hacia el límpido azul cielo.
En
su interior la casa, el estudioso, el escritor de pura cepa, espulga las
gastadas hojas de un antiguo libro, el pesado volumen lo recuesta sobre dos
tomos de pasta gruesa, igual de deteriorados. El se encuentre prendido sobre el
cartapacio de su mesa de trabajo, donde deja las pestañas con toda su atención en
el texto, llevando imágenes de su pensamiento mediante cincelar con el lápiz en
su mano derecha, para mostrar los jeroglíficos, unas oraciones, puntos y comas,
letras a veces de carta o de molde, según la inspiración o el estado de ánimo.
Las fasciculaciones en su rostro muestran su satisfacción, alegría, a veces sorpresa,
admiración, mientras más se adentra con el canutero en la trama de la prosa
creada en sus escritos.
Los
desgastados espejuelos retenidos por la punta de su nariz, se empañan por la
emoción, esos efectos de la hidalguía con que circulan las francas pinceladas
de las musas por su cerebro. Nada le abstrae de la inspiración, a pesar de los
constantes ruidos a su alredor, que no logran distraerle de su atención, las figuras pasan
como una obra de teatro ante sus ojos. Lo que apenas le hace cambiar de
posición son los destellos recostados en su tintero que le ayudan haciendo los
trazos necesarios, con pausas que divagaba en intermedios, sosteniendo con su puño izquierdo
las ideas que fluyen galopantes en su cabeza. Como un pensador empedernido
tratando de entrelazar las filigranas del capullo de un cuento.
En
algún momento recorre los espacios de su habitación, zigzagueando en la
composición de un soneto, como una mosca que busca aterrizar sobre un pastel de fresa. Suspende su escritura
al sacar de su bolso un trozo de tela para limpiarse el rostro y desempañar los
anteojos, pero pronto se ve urgido a acomodarse en su sentadero, guardando el
pañuelo en la bolsa posterior del pantalón, para enfocarse sin despegar la
mirada en el interior de los escritos, de los párrafos donde ha plasmado frases célebres
con letras negras de puño y letra, que marcan la huella que expresa una trama
singular que fluye en interesante pedazo de escritura.
En
un torbellino que sale del interior de su cabeza, acarrea entre aventuras
plásticas, escenas e ideas que vuelan por todo el espacio, que representa desde
el fondo de una ventisca que se crea en la mitad de la nada. Uniendo la
aparición de míticos personajes que se plantan en las piezas del papiro, con
actos heroicos ensamblados en narrativas, expresando máximas o epístolas
saludables.
Las
bellas imágenes que se reparten en un lienzo estampado de un desenredar de una
madeja de lana de múltiples colores, que brotan en interesantes diálogos que dan
a los cuentos el sabor de historietas llenas de alegrías o de una realidad de
pesar o de dolor.
Aventuras
salvajes de personajes importantes que se interpretan en moralejas, dejando un ejemplo
de enseñanza, imágenes atrapados, talvez, en una lujuriosa escenas de amor,
donde los participantes y los lectores se ven envueltos en el meollo de la
narrativa.
Proyectándose
en si, emocionantes escenas de guerra, escaramuzas entre militares y alzados en
armas, barcos piratas que abordan galeones españoles cargados de oro. Delicados
encuentros de parejas de enamorados que se juran amor eterno que por azares del
destino han roto las cadenas del encanto. Fantásticas fábulas con participación
de animales parlantes, juguetes de todas clases que hacen las delicias de
chicos, anécdotas de despilfarados personajes que suenan a locura. Míticos
monstruos, dragones engargolados en torres de palacios medievales, que se
mantenían a la custodia de princesas prisioneras de un hechizo, a la espera de
un príncipe valiente que les propicie un final feliz. Brujas malévolas que en
búsqueda de detentar un trono agreden a pobladores inocentes, arrasando reinos,
poblados y caballeros utilizando sus malévolos encantos…
Entrada
la noche detiene su maquinaria creativa para encerrarse en su aposento a
repasar sus legados, buscando que la almohada le sirva de acicate para
desarrollar nuevas historias, en el filo de la oscurana. La noche que ha veces
se torna de insomnio, le obligaba a detener el sueño, salir a la ventana a
respirar el sereno de un luna a medio pintar, acompañada de un rosario de
estrellas. Eso le hace correr por los vientos, acompañado de los azacuanes que
le llevan la buena nueva de una chispa de inspiración, obligándole a sucumbir sentado en su escritorio para
redactar los esbozos de una idea, una rima elegante que le hace llegar hasta la
madrugada sin pegar pestañas. En ocasiones amanece adormitado sobre la mesa,
donde una apagada candela derretida se riega a los pies de su cabo, con las
hojas de papel selladas por gotas de esterina que manchan las primeras frases
del escrito.
Sacudiendo
su melena procede a levantarse con el fin de hacer la penitencia de estirar la
musculatura, unos cuantos ejercicios, el aseo respectivo y la decisión de tomar
su gorra para lanzarse a la aventura de recorrer las callecitas de piedra, a
experimentar lo que es la vida exterior, compartir con flores y gorriones,
establecer contacto con vecinos y amigos, en fin, espantar esa soledad que le
asedia. Un portal de actividades para realizar que le empujan a participar en
otros ambientes fuera de los libros, la tinta, el lápiz y las musas.
Tanta
fuente de inspiración en el contexto de la naturaleza, el tenue sonido de las
calles, con los murmullos de gentes con hábitos pedestres, que dialogan sus
comunicados, las gotas sinfónicas de los pajarillos que se hacen de fondo en
las arboledas primaverales. El inquietante aroma del pan recién horneado que
emerge de la panadería, el despliegue del olor de los pistilos de los jardines,
de las rosas y el amaranto, el buqué de las especies de la canela y las hojas de
eucalipto.
En
las vecindades del mercado donde la frutas y verduras huelen a limpio, el
exquisito estímulo nasal de las comidas típicas, el pepián y el revolcado de
cabeza de marrano que estimulan los sentidos para abrir el apetito, sobretodo
el aroma sin igual del café hervido. El sabor a pepitoria, los colochos de
guayaba degustados como golosinas y el famoso fresco de súchiles, son junto a
las imágenes poblanas de la pequeña comunidad, son las que acarrea en su mente
y que sirven de fuente de inspiración para una nueva incursión en las páginas
del que hacer.
Lleno
de este cargamento, él vuelve rubicundo y con baterías puestas para
enclaustrarse pie con geta a la buhardilla de su estudio y hacer un repaso de
las luces de arco iris, eventos y charadas sujetos de observación, acuciosidad
que lleva para abrir nuevos escenarios entre papeles en blanco, plumas con tinta y lápices de punta afilada.
Se
vio sorprendido por los nubarrones del mundo espiritual, rasgando los velos de
difuntos y los aullidos de coyotes. Haciéndole honor a la escritura de los
encadenados a la muerte, a las almas sin destino, redactando los miedos y gritos
de la conciencia.
Mas
allá de los relatos tuvo que enfrentar a viva voz al ángel de la muerte,
sucumbir ante sus artimañas, para caer en los epitafios finales pintados en la
lápida que dan fin a su existencia.
“Aquí
yace, quien en vida se autonombró ESCRITOR.”