miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA CARRETA



          El vaivén de la carreta hacía sonar las ruedas en el áspero transitar del camino de terracería que se prolongaba perezosa sobre el mapa de la campiña. Guiada por el jumento que se sacudía las moscas con la cola, mientras halaba su desperdigada carga entre costales, fajos de zacate y algunos implementos de labranza. El campesino de piel cobriza con sus pensamientos aburridos que colgaban de su imaginaria piloteaba apenas portando la sudorosa exposición a los rayos del sol.         
          La historia de la vida que se deslizaba en la pedrería, los terrones de barro que se desmoronaban dejando a su paso la huellas de un transitar socarrón, incitado por un arre y una agitación de los cueros de las riendas sobre los lomos del caballo.
          El paraje solitario que rondaba con bichos de toda naturaleza se ponía de acuerdo cuando asoleaba el rostro del transeúnte que bajo las alas de su sombrero se adormitaba en el trayecto de su viaje a través del tiempo. En los pocos entretenimientos del viaje sucedían cuando la bestia al acercarse a la orilla del camino se detenía con el afán de arrancar los montes que se asomaban detrás de los cercos, para mitigar su necesidad de rumiar. Para lo que se detenía en los parajes que por los frondosos árboles permitían una sombra refrescante que los incitaba a reposar para tomarse un respiro.
          Los ischocos semi-desnudos se alardeaban corriendo detrás de un pedazo de cuero, una chancleta vieja que hacía las veces de pelota y pasaban temerariamente frente al cortejo, deteniéndose y como quien ve un acontecimiento se dejaban escuchar en el mutismo que provocado por la sorpresa que producía el carretón.
--- Adiós Candelario…---razona uno de los patojos.
          No existe respuesta verbal, el individuo se toca el sombrero con los dedos y levanta la mano para hacer una señal de haber escuchado. De la bolsa de pecho saca uno de esos puros de hojas de tabaco sobados a mano, le mastica una de las puntas, después del escupitazo, lo muerde mientras truena un cerillo para darle lumbre, una nube de humo blanco le envuelve el rostro.      Después de transgredir los linderos del rancho de su compadre, le imprime algo de velocidad al transporte, para llegar con tiempo hasta la parcela, donde los continuos surcos semi secos se enseñan con las matitas brotadas de las plantas del maíz. Ya parte de la mañana se ha alejado, la escasa agua proveniente de la toma se ha minimizado, pero aun así la tierra permanece con un grado de humedad, que le da el gratificante olor a tierra mojada del sembradío.
          Con sus botas de hule y machete en mano se traslada por las orillas hasta llegar al árbol de Jacaranda, donde descarga todo su equipaje, se tumba en el suelo, acomodándose el sombrero que le cubra la cara.
          En la nebulosa cargada de instintos que revolotean en el ambiente se desprende el espíritu y se torna en sueño.
          “Tras la pálida niebla y en ausencia de los sonidos, la imagen se hace brillante ante los ojos del niño, cuan grandes que se salen de las órbitas, sobre sus cachetes chorreados resbalan algunas lágrimas, mientras escucha el tierno chasquido de un beso que a la distancia le prodiga la mujer que frente a él y cubierta de mantas blancas le agita la mano, en señal de cariño.
          Sentado en las raíces de un árbol que le cobija y de respaldo le acomoda arranca con su mano izquierda el propio musgo del tronco que a sus lados crece, levanta sus pies que se descubren de los caites y rasca la tierra manifestando congoja o quizás miedo, el sentimiento no le deja levantarse pero las mangas de la camisa no le alcanzan para limpiarse los mocos que le cuelgan de la nariz. En su costado su mano derecha sostiene con fuerza el palo de la honda que se reposa en los bodoques de barro que además le abultan la bolsa del pantalón.
          El viento contribuye a golpearle el rostro mientras se hace el valiente cuando la dama se acerca, haciendo el movimiento de descubrirse el velo que le oculta la cara, el chico aprieta los dientes y se tapa los ojos. El sonido del susurro que recorre la distancia hacia sus oídos se le transforma en calofrío que le pone la piel de gallina. Una voz de ultratumba salpica en miedo en su corazón.
--- Hijo mío… Candelario….   Mírame!, acaso no ves que soy tu madre?, siempre te encuentro sin hacer nada, haragán, o acaso no tienes que estar en la escuela...?---
--- Siempre tras los pasos de tu tata, tumbado en la hamaca, o arrumacado en la cantina libando el maldito guaro, acaso no te has dado cuenta que de algo hay que vivir…
--- Cuando le viste, ir a recoger la siembra, le agarraba la jumadera cuando le apestaba la goma. Bueno para dar excusas era !. Desde que llegaba tarde de la noche oliendo a chilca, se me encaramaba en el camastrón presto hacer muchachitos, pera eso era muy macho…
---Solo vos y tu hermana se lograron, pues porque yo aun tenia juerza, tus otros hermanos desnutridos fueron a para al panteón. Y yo hasta que me harté, tarde quizás pero no aguanté mas, agarré mi tujas y me juí a la mierda…
---Una noche de tantas, cuando pasé por una de las calles donde se resbalan los domingueros que salen a darse el jolgorio, los campesinos que bajan de las fincas del banano, allí donde se atragantan de guaro blanco y donde las colas de hombre se hacen en los cuartos de las mujeres que les dan amor fácil por dinero… Si me lo encontré, apostado en la pared, como que él era el sostenía para que no se le viniera encima, atrapada tenía a la mujer entre los brazos, que se dejaba sovigiar y se embadurnaba de sus babas…
---Y me dio un arranque de celos, se me nubló la vista y me lancé hacia él, con las uñas le zampé un manotazo, hasta dejarle marcada con sangre la cara y se me dejó venir encima con un cuchillo en la mano y me lo clavó aquí (mostrándole) en el vientre, apenas alcance a levantarme pero caí mas adelante, la sangre me estilaba hasta por las canillas, me caí nuevamente hasta que perdí el sentido, la fui a tener al hospital, donde estuve algún tiempo, pero todo fue en vano, el maldito me la dio certera…
---Por eso vengo hacerte el consejo, trabajá mijo, no te metas a los vicios y no te dejes arrastrar, que todo cae del cielo. Buscate una tu mujer que te apoye y cuidá a tus hijos. Mirá pues ese tu tata después de lo que pasó fue a para al bote y allí se va podrir, sin familia y sin amigos.”
          Un trueno sobre la montaña que desplegó en nubarrones oscuros se desgranó en lluvia. Candelario despertó, no daba crédito a lo experimentado durante su sueño, cabizbajo y meditabundo, se sacudió los pantalones, se acomodó el sobrero y salió corriendo. Ya de regreso en la carreta meditaba sobre el mensaje que había recibido de su difunta madre.
          Regresó por donde vino, al pasar frente al rancho vecino, los patojos jugaban entre los charcos de agua del llovizno que aun caía, un de ellos cubierto con un pequeño nylon se le acercó a su paso.
--- Candelario… ya vas de juida por el agua?.
          El se le quedo mirando a sus ojos grandes  y sus cachetes regordetes chorreados, le había impresionado, eran como los del sueño…
--- Si ya me voy, nos vemos otro día…
--- Que te vaya bien Cande… Hay! te recuerda de lo dicho por tu mamá.
          Luego salió corriendo y se perdió en la distancia
          Candelario se quedó atónito, perdida la mirada, mientras los goterones le rebotaban en el ala del sombrero. Sería mas que un sueño?
  

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