viernes, 21 de noviembre de 2014

Y LA NAVIDAD



          Viajando en las alas de los ángeles, para coronar los últimos días de este año, donde la quietud endulza la pureza del alma, y poder engalanar las sonrisas de un milagro verdadero, Noche buena, es el convite, mostrado en el  regazo de una habitación, con la iniciativa de mantener viva, lo que por décadas ha sido el juego de la historia, con mensajes que se hacen sonar en las cuerdas de una guitarra con la elaboración de la pastorela tradicional de familia que lleva a emocionantes momentos de una melodía que hace una vez por año, la fantástica  arquitectura, labor de manos de un conglomerado artífice y familiar.
          Recuerdos benévolos que principiaron con alegrías, cuando con el paso por los años, miles de figuras y altares que mostraron vasos de cristal pletóricos de vino, diseños de pinturas en medio de los eventos, rezos, canto de villancicos entre las doce campanadas de un antiguo reloj compañero del tiempo que sutilmente caminaron junto a los antepasados, iniciadores de la tradición en la elaboración de los nacimientos, pastorelas importadas de la España, apuntaladas y mejoradas en este paraíso de las Américas.
          El cándido aroma que circula en el helado clima, que cayendo de las alturas como confeti, en copos de nieve como adornos de algodón que sirven de escenario a una de las noches del fin de año. Junto a lo cálido de un solar que apunta con santidad apostado ante los ardientes leños de una chimenea cuya luz entona el ambiente, se hace el foro. La mesa esta lista con todo su esplendor, con la muestra de prontitud, un humeante tarro de chocolate que se antoja complaciente con galletas de avena de diferentes formas y encopetadas con turrón salpicado con canela. El mantel de gala que recubierto con servilletas blancas, se muestra a todo lo ancho pintado de flores de pascua y hojas de pino verde. Portentoso los cubiertos metálicos y la brillante cristalería engalanan el sitio.
          Junto al rincón, emerge un pinabete con luces de colores, bombas de cristal y los collares de  manzanilla, que se muestra en columpios, con infinidad de figuras. Una enorme estrella plateada que señala con esplendor brillante a la cumbre de los cielos. Luces que titilan, saltando de las ramas con los muñecos navideños y los dulces de bastón
          Una cueva hecha de papel, sitio exacto donde radica un pesebre abrigado por el buey y la mula, en un manto de musgos, flores y frutos. Los ángeles y los pastorcillos apostados en la llanura donde humildemente oran a la espera del acontecimiento. La sagrada familia hace su estancia con sus túnicas humildes que se acomodan entre la paja para dar espacio al nacimiento del niño.
          Dichoso acontecimiento que hace que en las afueras los cohetillos revienten a lo largo y ancho de las calles, los cachinflines reboten en las paredes salpicando de luz las aceras. Los niños corren envueltos en suéter de lana, bufandas cuadriculadas y gorros de borla en el copete, invitando al jolgorio con alegres estrellitas de luces en sus manos.  Petardos en las lejanías que asustan a más de un transeúnte, que de prisa y cargado de regalos se dirige hacia su casa.
          Las posadas han hecho de su ronda las caravanas de feligreses que se acompasan con el tucuticutu de las tortugas, procesión de faroles de papel celofán multicolor que hacen valla con las oraciones pintadas de candela y rezadoras de gruesos mantillones que acompañan el cortejo, engalanadas de rosarios y libros de villancicos, en búsqueda de un portal donde le hagan el recibimiento, con el ofrecimiento de tamales y ponche humeante con aromas de pascua.
          Todo es alegría dentro del incienso que deambula por los rincones en recuerdos de los años anteriores cuando  se era mas joven, los ausentes han dejado su huella y los chiquitines engrosan filas como un inicio de vida. Los abuelos engordados con ropas emponchadas, gorros de lana y bufandas de ala ancha, se agrupan abrazados para asustar al frío, mientras se hacen a la espera del encuentra de las agujas al filo de las doce. 
          Los focos colorados se hacen presentes en las vecindades anunciando los ricos tamales para la cena. Las pulperías se ven atiborradas por los que aun buscan compras de último minuto, el traguito de media noche y del resto de la madrugada, las nueces y pasas que tanto enriquecen el paladar de los asistentes a convivíos. La música de zarabanda de corte latino que revuelve los volcanes de pino y los  rastros de aserrín, donde las parejas  se guían con saltos y movimientos contorneando el esqueleto. El grupo de los entonados que remedan en canto las tonadas de la época.
          El sonar de las campanas que vuelan anunciando los actos religiosos del barrio, las ancianas que preparan sus candelas de cuatro colores para adornar la corona de pascua. Los chicos más que curiosos se rondan por debajo de árbol, husmeando los obsequios, luego de cargarlos y sacudirlos con curiosidad, algún otro, rompiendo un espacio del papel de los regalos para adivinar su contenido.                                                                         
          El brindis se acerca, las bendiciones no se hacen esperar, del mayor al mas pequeño hacen su ofrecimiento con humildad apuntando a la oración, los buenos deseos, el por venir, juntando sus manos bajo el auspicio del altísimo, se ruega por el bienestar de propios y extraños. En un ambiente de misticismo el incienso se levanta y empuja las plegarias hacia el mas allá, para hacer de memoria de nuestros recuerdos los de ayer, los de hoy y a lo mejor los de mañana ya que todos somos hijos de Dios.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LA TONADA DE LOS MANZANOS



          Stephanía la dulce, la princesa de los querubines, la de las apariciones con elegantes velos, rito de bonanza que se estrenaban en sutiles danzas el la plaza del Olimpo, recreando sus historietas mágicas con la música de flautines y cornos de los pegazos de colores. Las arpas de oro inundando de tal manera el espíritu del amor de las muñecas en pareja que daban vueltas en danzante pista de turrón, en el acápite de un pastel.
          Escondida detrás de las estrellas, en el espléndido marco del infinito jugueteabas como damisela. Soltera la fragante joven de delicada voz de soprano. Era una dicha el escucharle, todos le escuchaban, con las altas notas de un pentagrama elevadas al viento, el tremor de sus alegrías en tonadas colmadas de sabiduría en flor que cruzaban el pensamiento la expresión pura de toda una fábula que llevaba el mensaje de su solitario corazón, lanzado como saeta del espíritu de una chiquilla en busca del amor.
          Sentada en un diván, inviertes tu tiempo, junto a tus amigas, tejiendo en bastidores de madera, el tricot de tus inspiraciones, mientras las cacatúas, aves de verde plumaje se dan a la tarea de tararear los mensajes que son sembrados para el príncipe de sus anhelos. El té de las cinco de la tarde se humeaba en las tasas de porcelana, marcando el horario de una música vespertina que cerraba el horario de celajes acompañados por los vestigios de la noche. La carroza de brillantes corceles se acomedía en transportar a las damas hasta sus aposentos del castillo después de una operática presentación.
          El manto de la oscuridad cubría de este a oeste, dando escolta a la pálida luna que se asomaba sonriente bajo la solidaridad de las chicharras y los grillos, que en su gran orquesta se hacían coro en el sereno de la noche.
          Stephanía suspiraba en lo alto de su ventanal, deseando que con el milagro de sus tonadas sucediera, la aparición del galán de sus sueños. Pero tras la luces de candiles entristecía a la espera infructuosa, después de hacer brotar algunas lágrimas se lanzaba sobre la cama de plumón de ganso donde se consolaba entre cojines de blanca seda hasta caer en brazos de Morfeo.
          Las altas trompetas con su elegante soplido, hacían que los ojos de la corte se pusieran en aviso. En la vereda que conduce al palacio se anunciaba una caravana, un piquete de soldados portando estandartes con escudos de dragones, se acercaban a medio trote hacia los jardines de la entrada principal.
          El caballero desconocido que los precede, cubierto de casco que le oculta el rostro, luce tremenda armadura que brilla con los destellos del sol, su caballo blanco con un paso muy singular marca elegantemente el trote del animal, con correas de frenos que se distinguen como botones de material plateado.
          La princesa, con desgano, como acostumbraba, altaneramente, colocándose a la diestra de su padre. Solicita ver el rostro del pretendiente, es obedecida y tras una gesticulación de desagrado cae fingiendo un desmayo, sin decir palabra era llevada en brazos a sus aposentos, donde abriendo uno de sus ojos y mostrando una sonrisa de burla se incorporaba. Eso bastaba para que los visitantes fueran expulsados de la corte.
--- Ya se fue el fulano pretendiente?---
---Si mi señora, ---le indica una de sus damas de compañía.
--- Que tipo mas desagradable, ni loca pondría mis ojos en él---
--- Ud. mi señora siempre dice lo mismo de los que la pretenden y es porque su corazón no ha encontrado a su alma gemela, mi niña…
--- Será posible eso Gertrudis, que sabes tu del hombre de mis sueños, la quimera de mis ilusiones. Acaso tu nunca has pensado en un caballero?---
---Claro que si mi ama, pero yo una simple doncella, que le puede pedir a la vida---
---Y si…! El deberá ser un hombre humilde y noble corazón aunque no posea fortuna.

          No muy lejos de allí en un poblado que pertenecía a los dominios del Reino, existía una pequeña granja de árboles frutales donde vivía una familia que se dedicaba a las labores de agricultura. Un apuesto joven era el encargado de los campos de manzana, tan dedicado que en ese lugar se producían las frutas mas hermosas y de mejor sabor.
          Dentro de sus cualidades el joven era admirado no solo por su trabajo sino que por su cantar, su exquisita voz era un deleite para los pobladores y decían que la grandeza de su cosecha se debía a que los árboles se veían arrullados por su melódica voz. Cada mañana llevaba al mercado las cajas de suculentas frutas para la venta, muchos chiquillos que se acercaban hacia él les beneficiaba con el obsequio de alguno de sus productos.
          Stephanía por su parte le gustaba visitar la plaza del poblado pero no en su calidad de princesa, se vestía de ropas sencillas y con un pañuelo de malla cubría su rostro, haciéndose pasar por una gitana, que se detenía en el kiosco del parque a cantar sus tonadas, mostrando la delicadeza de su hermosa voz, las gentes le hacía rueda y le increpaban para seguir su Velho canto.
          En cierta oportunidad observó llena de curiosidad al joven que también cantaba y las obras buenas que le gustaba hacer. Se le acercó, le hizo un cortés saludo.
---Que puedo hacer por ti dilecta doncella.---
--- Joven no serías tan amable de regalarme una manzana?--- fingiéndole la voz
--- Claro gitana de bella voz, toma la mas grande… y disfrútala, que mas querría yo de tener una guzla en la garganta como tú---
---Tu caridad de mancebo hace que te merezcas muchas cosas y que el cielo te las conceda. Verás que te sucederán de hoy en delante solamente cosas buenas y maravillosas---
---Gracias señora, lo mismo para ti, que tus quimeras se vuelvan realidad.---
          El dama tomó una cadena con una  pequeña llave de oro y la dejó caer indiferente dentro del canasto de las manzanas, al cabo de un rato, El joven se dio cuenta pero cuando quiso buscarla, para devolverla, ella había desaparecido entre la multitud del mercado, por lo que se dio a la tarea de buscar a la dueña del dije. Lo que mas le había impresionado era su dulce voz.           La princesa regreso al seno de su hogar muy feliz por el encuentro, había encontrado el candidato ideal para depositar sus sentimientos, el amor de su vida, con su corazón henchido de esperanza se ilusionaba por lo que había sucedido, sus pensamiento le hacía volar cuando pensaba en el mancebo, era motivo de grandes emociones imaginar que había cambiado algunas palabras con él y tenia un firma propósito de buscar un reencuentro con el galán.
         
          El joven tomó la iniciativa de salir en un carretón con su cosecha de frutos, a deambular por las calles del poblado, buscando en todos los rincones, las granjas y villas alrededor del palacio, en pos de la dama del canto bello, que le había impactado con su belleza.
--- Busco a la hermosa dama, que me robo el corazón con sus exquisitas tonadas.--- Cantaba cuando recorría los caminos.
---Cómprenme la fruta fresca, la mejor! Eso me da aliento para seguir buscando a mi elegida---
--- Guíenme hasta el portal donde pueda encontrar a mi amada---repetía constantemente.
          Uno de esos tantos días pasó por las puertas de palacio con su pregón y fue copado por un par de damiselas, quienes le condujeron con todo y carretón, hasta el amplio patio interior. Todo por órdenes de Stephanía, quien vestida con todas sus galas, le esperaba.
--- Que se le ofrece a su majestad? Llevo deliciosas manzanas para el gusto de su merced.--
--- Dime tu nombre joven cantor, o te he de llamar el Manzanero porque vende las frutas mas sabrosas de esta tierra--- le insistió cantando.
--- Ludovico hermosa princesa.--- Respondió en canto--- y me enorgullece vender la mejor manzana.---
--- Haber dime que te trae por aquí.--- supongo que no es solo por la fruta---
--- No mi señora, busca a la dueña de mi corazón y por eso traigo en mis manos la llave y mi dulce canto para rendirme a tus pies.--- mostrándole el dije.--- busco a la que un día me mostró con su sonrisa, un bello sentimiento.
          Ella le tendió la mano y le hizo subir las gradas del pedestal, acercándose, se tomaron de las manos y bajo la letra de una opereta cantaron alegremente, e hicieron sus promesas y se juraron amor eterno.       Entre cantos clásicos y duetos de zarzuelas, se comprometieron, luego al cabo del tiempo, durante la época de la cosecha de los manzanos, celebraron su matrimonio y vivieron felices por el fin de los tiempos.