Apostado
en el borde de un deslumbrante jardín cubierto de flores de colores, una pareja
se encontraba en la banca cubierta de lajas donde comúnmente dedicaban sus
pensamientos y sueños a reflexionar
sobre el porvenir de la vida. A lo lejos se disfrutaba el sonsonete maravilloso
de una vieja marimba que retumbaba en el kiosco de mediados del siglo pasado.
La proximidad del atardecer se asomaba junto a los celajes que pintaba el sol
tras las rendijas que dejaban las nubes que bostezaban junto a los cientos de
pájaros que se trasladaban a los árboles que les cobijaban por las noches.
La
hermosa estampa la coloqué en mi bolsillo, ese pasadizo del pasado me acarreaba
los pensamientos idóneos de una vida plena que me hacía hacer remembranza de esas
canciones, condecoradas de travesuras y otras
tantas cosas de chicos tomados de la mano deambulábamos por los
elegantes jardines, llenos de ilusiones que se hacían agradable y emocionante
mientras las pequeñas luces de los candiles de las esquinas se prendía para
indicar la entrada de la noche.
El
concierto de las chicharras se hacía de música en aumento mientras el viento
nocturno se posaba en las copas de las jacarandas, se despenicaban en un copos
de color morado dejando alfombras en la sombra de las ramas mas altas.
La
paciencia de los cautivados por la salida tardía de la luna, se veía compensado
con las escenas de amor que en el claro
oscuro se reflejaban en un idilio de juvenil responso.
Estaba
bajo mi mano el recuerdo de aquellas páginas de felicidad que surcaron en el
vivir de un pasado agradable que junto a las alegrías se confundían con la
gracia de una declaración, de una promesa y luego toda una vida para contar
mentiras.
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