domingo, 18 de enero de 2015

EL ANFORA




          Narrativas de los enfrascados en un octavo de guaro blanco,  ron o charamila, los que transita por la delgada línea de la inconciencia, los olvidados, los alcohólicos empedernidos que jamás pasan de la cantina a permanecer tirados en la calle, que son incomprendidos como seres de grandes dotes parlantes, aunque se les vea tildados de poco cerebro, repetidores de frases sin sentido, llenas de impertinencias.
           Sentado en la grada de una esquina, como bulto, despojo de ser humano maloliente, reposé la mona de un día continuo de farra. Los harapos con que me cubro, hacen aflorar con el enjambre de moscas que me circundan, una gorra de lana  encasquetada en  mi cabeza y gran parte de la cara, me hace ocultar una poblada barba, que florece entre nariz, labios y pescuezo. Un abrigo de quien sabe que color que contiene los remilgos de suciedad que apenas cubren el pantalón de mezclilla arremangado a nivel de los camotes, tres dobleces y mas que terminan en un par zapatos amarrados con pita de maguey y que enseñan con severendos agujeros  la suela.
          Un morral con bultos de papeles, unos panes tiesos, un limón partido a la mitad y tres colillas de cigarrillo apachados de la punta que se  han caído del interior del bolso, alrededor del cuerpo, en el acomodo para dormir.
          Y me dicen el “Loco”, porque ha veces no se si quedarme callado, cuando en medio de mis borracheras, señalo,  a veces hasta con falta de tino, la objetividad de las charlas. En grupos de personas, legos o indigentes, que se someten a escuchar mi perorata sobre las cosas de la vida, nacen discusiones de atropellos entre si, por querer tener la razón sin objetividad, los participantes guindados de una borrachera desde cualquier peldaño que los detiene o abrazados de un poste para objetar una insinuación de un nunca estar de acuerdo, una mueca o un señalamiento, que da el pensamientos inducido por la charamila. Quizás el procedimiento lógico debería ser quedarse callado por ignorancia, pero la necesidad repetitiva hace una letanía necia de afirmaciones, sin razón, aunque se diga que los bolos siempre dicen la verdad
          Cuantas veces se me acusó de impertinente cuando quise manifestar algo, quizás una charada o al levantar la mano ensamblada de callos, para proponer o hablar encarando una situación, eso hizo ganarme un insulto o una bofetada verbal, física o un cruel señalamiento de ser el amo de las groserías, pero no me quede callado, fui de los que se atrevieron. “Dícese duro pero sin practica de hipocresía”.
          . “El se enseña a ser un borracho hablador e irresponsable” aunque muchos de los que enseñaron la verdad, sus  antecesores ya están bajo tierra y la herencia les persiga por decirla y luego cada uno de los que pasamos por esta vida tenemos criterios propios para expresar, llamado libertad de expresión, un libre albedrío que nos tragamos a la vuelta de la esquina dentro de un vaso de licor. El alcohol tiene la particularidad que te seda o te avivan, el bebedor se siente muy machos porque el licor le aflora los ocultos temores y los baches de personalidad.
          Será que vivir en este estado, fuera de la realidad le hace mantenerte en el limbo, imbuido de grandezas y altanerías que solo reflejan una actitud mal educada del cuerpo, allí  mientras la conciencia se pudre y vive de lamentos rompe con el balance del vivir en paz . Será que esto inhibe nuestra baja autoestima? 
          El eco de la resaca que nos hace balbucear ideas francas aun dentro de la nebulosa de la borrachera, parecen fábulas de poco seso, pero en fin lógicas verdaderas de neuronas confundidas, que arremeten con el caldo de conciencia y un poco del acervo que se trae aunque sea mi propia experiencia.

          “Hoy me puse mi mejor tacuche, oculté mis zapatos que ya instilaban roturas por doquier. Un vivificante baño, que me hizo tiritar la mugre, una hoja de afeitar que al cortar la barba me laceró la piel por tanto tiempo ocultándome la piel de la cara,  mi poblada cabellera que ya reposaba sobre las orejas y caía sobre los hombros, se arremolinaba en mi cabeza sin tener acomodo de un peine.
          La fragancia del jabón de olor en tableta mini, que al menos permitía ocultarme el inquietante humor, luego de restregar una rodaja de limón en los sobacos, para espantar el golpe de ala. Un trapo húmedo que me permitió sacudir el saco para botarle las motas de las telarañas y el penetrante olor a bolas de naftalina por tanto tiempo guardado, la camisa que ya no parecía blanca, con el cuello semi doblados para disimular lo deshilado del borde superior, pero eso si limpia.
          El pantalón de gabardina un tanto raído por desgaste a nivel de las rodillas, con presillas sueltas por no tener cinturón, las bolsas totalmente vacías, quizás solo servían para guardar las manos. El ruedo largo, lo que me permitía ocultar la falta de calcetines como parte de la indumentaria.
          El resto bien, con la claridad de mi cerebro, donde cargo el ánfora de mis creencias y pensamientos, la solapa de mis pecados, mis creaciones dentro de la nitidez que me da una abstinencia de por lo menos algún tiempo, un poco de responsabilidad, producto de la necesidad de sobrevivir, acuñado con el buen juicio colgado en mi ropero de experiencias y el álbum mis recuerdos, como carta de presentación para enfrentarme a los avatares de la vida.
          Aflora entonces las recomendaciones de mis consejeros señalando que debo ser parco, debo de tener recato, no debo hablar mas de la cuenta, se paciente, escucha, aunque existan punto de desacuerdo en la letanía que te dictan como requisito de una realización o actividad. Asiente en lo que te concierne y no discutas por semántica.
          Voy rumbo a mi lugar de siempre, ya me quite el saco, me agobia la decepción, me llevo al hombro los zapatos que me torturaron los pies en la mentada entrevista. Quizás voy desilusionado de mi proceder me comporté como todo un señor que no era yo, como un distraído, pero siguiendo los consejos hablé lo mínimo, contuve burbujeantes las palabras  en mi garganta y me convertí en un parlante de monosílabos. Lo de siempre la solicitud de tanto papeleo, antecedentes de esto y de lo otro, pensaba que sabía yo de los antecedente de mi interlocutor, quien además me preguntó por las mentadas cartas de recomendación. Ja! Será que me sirve la del charamilero de la terminal, el don de la cantina donde sirven bocas de berro y jocotes de pascua? Nadie me conocía, en este paso ciego de mi vida, había perdido a los conocidos a mis compañeros o los que alguna vez se dijeron mis amigos los que cuando se jactaban de mi por ser buen anfitrión, pero que una vez se me acabó la plata volaron como los patos a otro lado En fin me dieron la mas ambigua de las respuestas, “ lo tomaremos en cuenta”. En lugar de decir entonces de todos modos NO!, por lo que fuera, figura, mal olor desfachatez, etc.
          Para lo que siempre me he pintado de bueno era cuando en mis momentos de sobriedad me sentaba en las bancas del parque rodeado de los que daban lustre, los que vendían vejigas y chajaleles, uno que otro miembro de la causa que en busca de unos centavos o una baba de guaro para suspender las molestias estomacales de la abstinencia, se apilaban en rueda a escuchar mis alebrestadas alocuciones que muchas se las llevaba el viento no muy comprendía pero que les servían de diversión, matar el tiempo y sobreponerse a la molesta goma. “Bueno para hablar” señalaban los asistentes, “A lo mejor era abogado”.Siempre había un despistado patrocinador que se apiadaba de los beodos que soltaba un par de pesos y eso era más que suficiente para tener una agitada tarde con botes de alcohol barato vendido en la farmacia. Yo ya había dejado el vicio, había levantado la mano dicen los A.A.
          Volví, entonces, a posarme en las gradas y en los portales, siempre con el discurso a flor de conciencia, donde figuraba los cuestionamientos y la perorata de cuanto señalamiento que afectaban al populacho buscando enmarcarlo en la verdad y la justicia. Ahora ya mi vestimenta aunque humilde era de proletario a quien se le acercaban las gentes sin chance, los legos, uno que otro catrín o un avispado estudiante, donde como en los foros de griegos se discutía sobre los achaques de la sociedad, con soberbia y carácter planteando alternativas de un mundo mejor.
          Eso me nació del intelecto y acudí presto a continuar con al estudio dentro de las ciencias políticas, algo que había abandonado por la lisonjería del  alcohol. Las caídas me hicieron retomar la imaginería de las quimeras que me revoloteaban en mi alborotada cabeza y llenar nuevamente mi ánfora de conocimiento.  Participando en las aulas, me llevó a contemplar el futuro en otra dimensión, aunado a un corazón nacionalista, un espíritu de lucha que surge de sufrir en el pellejo, vejámenes y negativas de los grupos privilegiados de élite que reclamaba tener la razón en la opresión y la existencia de la lucha de clases, donde las mayorías éramos el pueblo.
          Luego se convirtió en el teatro de los sueños, realidades que desde lo alto del escenario me daba la oportunidad de gritar a los cuatro vientos, púlpito que me dio las alas para representar las tragicomedias de esta sociedad empobrecida y sojuzgada como cuando en los albores de mi historia no dejaba de mostrarme como una víctima social y de los vicio.
          Ahora me pongo a pensar, pasé a un inicio de insípida infancia a un vulgar bache de proporciones enormes, ese asedio de pobreza en algún momento me hizo apretarme el espíritu reaccionando a levantarme del letargo. Surgir de pestañas largas y escasos centavos para sacudirme el orgullo y en algún momento alzarme y ponerme de pie.
          Sufrí desencantos provocado por la vorágine del vicio que me hacia sentir grande, pero luego inclinaba la cabeza pero recuperé en tonalidad de mi escaso buen juicio dando un salto a través de mis deseos de hablar y del impulso de querer ser escuchado. Oído por muchos, pero no comprendido, al extremo que fueron algunos de los que acercaron formando filas en mis discursos, extremadamente pocos comprendieron las ideas. Pero yo entendí que no se trataba de un fenómeno de falta de educación de mi parte, sino del resto, entrenados a repetir como loros, estribillos y consignas, que salían del diente al labio sin comprensión, inerte en el significado y la filosofía.
          No estaría mejor haberme quedado como principié, escuchando mi propia retajila de ideas y guardarlas junto a mi espíritu dentro de mi Ánfora.

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