En
el fondo del callejón, allí donde las derruidas paredes sudan de rayas, manchas
y antiguos grafitis, que con el tiempo se han venido descascarando del repello,
dejando desnudos los decantados adobes de paja, orilla que se recubre de monte
que crece en sus esquineros de la escurridiza banqueta que se utiliza de antro
de reunión de un grupo de facinerosos quienes amparados por la penumbra de la
noche, despenican con voces altisonantes y carcajadas las tramas de sus propias
fechorías.
Las
luces provenientes desde el poste de la esquina apenas se proyecta dejando
tenues sombras sobre la densa bruma de una nube que se extiende sobre sus
cabezas, mientras la brisa de la madrugada hace mella, acompañándose del gélido
frío de la época.
Un
punto rojo encendido que deambula entre uno y otro de los sujetos, que hace
barullo de carcajadas singulares, en su vuelo de lapsos de silencio y remilgos
de alharaca a pesar del horario. Gritos de sórdidas sanciones de danzas
macabras que completan ademanes de sátiras producidas por efectos de los
alucinógenos.
El
sonido de letargo de las sirenas que corretean alocadamente por las
callejuelas, poniendo en alerta a los noctámbulos que estrechaban filas y se
esconden en la proximidad del evento. Huyen
despavoridos como sombras se que se mueven a paso redoblado,
escurriéndose como fantasmas por la penumbra, arrastrando su imagen etérea,
mientras se esfuman y desaparecen en todas direcciones, dejando una estela de
temor sarcástico en las huellas del sereno que humedecen el ambiente.
Al
paso de las horas y localizando el sonido de las sirenas se dibuja la escena de
una tragedia, bajo una lona de los cuerpos de socorro se tiende en la loza de
cemento del bulevar, acompañada silenciosamente por una veladora, una víctima
yace en el suelo en medio de un resabio de sangre. Las partidas de curiosos se
acercan hasta donde los listones de amarillo franquean el espacio, los
murmullos de toda clase se comentarios circulan de una boca a la boca, mientras
las chamarras negras con las siglas MP en la espalda, pepenan casquillo y depositan
las etiquetas con números en los linderos de la escena del crimen. En espera de
la autoridad para recoger los despojos del occiso.
Mas
adelante una seguidilla de detonaciones se enclavan a la vuelta de una de las
esquinas, un tiroteo se establece, cruzando de carrera de una banqueta hasta
las cercanías de una glorieta que se adorna de bugambilia, donde las bancas de
piedra sirven de parapeto a los delincuentes que se hacen fuertes repeliendo el
ataque de la policía, que persiguen acuciosamente a los perpetradores. El
escándalo repercute en lo sombrío de la soledad, donde los humeantes fusiles
vomitan fuego lastimando el viento y escupiendo plomo.
Uno
de los forajidos cae abatido por proyectiles de la fuerza policial, después de
haberse enfrentado en la fuga por haber participado en el asalto y muerte de un
piloto víctima de la extorsión, mientras otros dos después de una larga
persecución son capturados por las patrullas, que les cortaron la retirada.
Los
tabloides de la prensa se hacen alarmistas con sendos titulares, la fotografía
de la portada enseña cruelmente los caídos en la refriega, una cuarenta y cinco
con muestras de casquillos reposa al costado de un cuerpo y el agreste
comentario al pie describe el momento justo en que el sicario se hace acreedor
al rosario de petardos que le cegaron la vida. En el pie de página reza que los
detenidos fueron conducidos a tribunales a responder por su canallada. .
En
el sitio del ataque se han hechas las investigaciones y recogido el cadáver del
delincuente, todo ha vuelto a su normalidad, la calle se ha llenado de sereno, los
caza noticias de la televisión se apostan en todos los ángulos para llevar las
mejores grabaciones del atentado, el comentarista con sendo tacuche entrevista
a los encartados en el asunto.
El
silencio de las siguientes horas, con la presencia de los rigores de clima
frío, se ve interrumpido por el paso de un motorista que cargado de los diarios
pretende llegar a la puerta de los consumidores que prestos madrugan para ver
despuntar el alba, tras los primeros rayos del sol, ya ni se asombran al darse
por enterados de las traginoticias que contienen las hojas amarillas del
diario, de las pasadas horas.
El
callejón amaneció sereno, el viento se encarga de hacer revolotear los papeles que
tapizan las aceras en el fondo, las colillas de la yerba estrujadas en los
bordes de la banqueta, marcan un territorio de consumo de la pandilla que se
reúne. El vecino de al lado sale vestido de calzón corto, tenis y gorra de
lana, a su diaria faena de ejercicios, cuidando de no pisar las excretas que
algún trasnochado se le ocurrió dejar bajo el dintel de una de puertas, las
lámparas han cesado su iluminación, a lo largo de la avenida ya circulan los
buses rojos, que alteran el orden con sendos gritos de los brochas que anuncian
su destino con estridentes sonidos de bocina que despiertan al resto del
vecindario.
Un
microbus se hace a la entrada hasta colocarse en el zaguán de una vivienda,
sonado su claxon en repetidas ocasiones. Dos niños con sendos bolsones en la
espalda se despiden de la madre quien le entrega a la encargada de vehículo
después de echarles la bendición y lanzarles un beso de despedida. Con forme
calienta el día el flujo de vehículos aumenta hasta congestionarse. Los
pasajeros prendidos como garrapatas se tambalean en el pescante de las puertas,
mientras los movimientos abruptos del bus los zangolotean como ganado en su
interior. La necesidad de llegar al chance o a las escuelas, permiten que los
abusados tashtuleen a la patojas y los cacos bolseen a los demás.
La
vida sigue su curso, los patojos muchos de ellos vagos y otros de capiusa se
dan cita con la pelota de cuero y se hacen a la chamusca que revienta vidrios,
tejas y golpean estruendosamente los zaguanes de las casas. Los grito se ponen
en contrapunto de las vulgaridades orales y de maltrato junto a las faltas de
respeto a los habitantes, que temerosos se asomas a las ventanas, precavidos quizás
para no recibir un golpe o un atropello lanzados por boca de aquellos muchachos,
que se sienten abusadores, dueños del espacio y que pintan de mareros. El
sonido de la alarma de uno de los autos se hace cadencioso y fastidia con cada
trallazo del balón que rebota en su lámina; una dama sale y pone fin a la sirena,
mientras los hechores se hacen los desentendidos y silban hacia el cielo como
quien disimuladamente dan un yo no fui..
Son
las horas de la tarde, el sueño nos hace presa del post almuerzo, el silencio
invade el callejón. Una hilarante carcajada resuena el ambiente, un par de
adolescentes se revuelcan en la banqueta en tremenda detallada, el resto del
grupo observa pasivamente como sovigean a la chica, que se sacude el polvo que
le prende de la espalda, los niños pequeños disimulan sus risas tapándose la
boca mientras imaginan de que se trata la abrazadera, luego aparece el de la
bicicleta que la recuesta en una de las paredes e insiste en querer participar
en el jolgorio. El colocho de la patineta ha hecho su arribo y entonces empieza
la gritadera de las otras dos muchachas que se ven perseguidas por los sátiros,
que las arrinconan bajo el arbolito. El bombero pone acomedimiento mediante sus
consejos, sus hijos vestidos de deportistas se anclan en el dintel de la puerta
de su casa, los del palomar corren a esconderse en su vivienda.
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