domingo, 18 de enero de 2015

EL CALLEJON



          En el fondo del callejón, allí donde las derruidas paredes sudan de rayas, manchas y antiguos grafitis, que con el tiempo se han venido descascarando del repello, dejando desnudos los decantados adobes de paja, orilla que se recubre de monte que crece en sus esquineros de la escurridiza banqueta que se utiliza de antro de reunión de un grupo de facinerosos quienes amparados por la penumbra de la noche, despenican con voces altisonantes y carcajadas las tramas de sus propias fechorías.
          Las luces provenientes desde el poste de la esquina apenas se proyecta dejando tenues sombras sobre la densa bruma de una nube que se extiende sobre sus cabezas, mientras la brisa de la madrugada hace mella, acompañándose del gélido frío de la época.
          Un punto rojo encendido que deambula entre uno y otro de los sujetos, que hace barullo de carcajadas singulares, en su vuelo de lapsos de silencio y remilgos de alharaca a pesar del horario. Gritos de sórdidas sanciones de danzas macabras que completan ademanes de sátiras producidas por efectos de los alucinógenos.
          El sonido de letargo de las sirenas que corretean alocadamente por las callejuelas, poniendo en alerta a los noctámbulos que estrechaban filas y se esconden en la proximidad del evento. Huyen  despavoridos como sombras se que se mueven a paso redoblado, escurriéndose como fantasmas por la penumbra, arrastrando su imagen etérea, mientras se esfuman y desaparecen en todas direcciones, dejando una estela de temor sarcástico en las huellas del sereno que humedecen el ambiente.
          Al paso de las horas y localizando el sonido de las sirenas se dibuja la escena de una tragedia, bajo una lona de los cuerpos de socorro se tiende en la loza de cemento del bulevar, acompañada silenciosamente por una veladora, una víctima yace en el suelo en medio de un resabio de sangre. Las partidas de curiosos se acercan hasta donde los listones de amarillo franquean el espacio, los murmullos de toda clase se comentarios circulan de una boca a la boca, mientras las chamarras negras con las siglas MP en la espalda, pepenan casquillo y depositan las etiquetas con números en los linderos de la escena del crimen. En espera de la autoridad para recoger los despojos del occiso.
          Mas adelante una seguidilla de detonaciones se enclavan a la vuelta de una de las esquinas, un tiroteo se establece, cruzando de carrera de una banqueta hasta las cercanías de una glorieta que se adorna de bugambilia, donde las bancas de piedra sirven de parapeto a los delincuentes que se hacen fuertes repeliendo el ataque de la policía, que persiguen acuciosamente a los perpetradores. El escándalo repercute en lo sombrío de la soledad, donde los humeantes fusiles vomitan fuego lastimando el viento y escupiendo plomo.
          Uno de los forajidos cae abatido por proyectiles de la fuerza policial, después de haberse enfrentado en la fuga por haber participado en el asalto y muerte de un piloto víctima de la extorsión, mientras otros dos después de una larga persecución son capturados por las patrullas, que les cortaron la retirada.
          Los tabloides de la prensa se hacen alarmistas con sendos titulares, la fotografía de la portada enseña cruelmente los caídos en la refriega, una cuarenta y cinco con muestras de casquillos reposa al costado de un cuerpo y el agreste comentario al pie describe el momento justo en que el sicario se hace acreedor al rosario de petardos que le cegaron la vida. En el pie de página reza que los detenidos fueron conducidos a tribunales a responder por su canallada.  .
          En el sitio del ataque se han hechas las investigaciones y recogido el cadáver del delincuente, todo ha vuelto a su normalidad, la calle se ha llenado de sereno, los caza noticias de la televisión se apostan en todos los ángulos para llevar las mejores grabaciones del atentado, el comentarista con sendo tacuche entrevista a los encartados en el asunto.
          El silencio de las siguientes horas, con la presencia de los rigores de clima frío, se ve interrumpido por el paso de un motorista que cargado de los diarios pretende llegar a la puerta de los consumidores que prestos madrugan para ver despuntar el alba, tras los primeros rayos del sol, ya ni se asombran al darse por enterados de las traginoticias que contienen las hojas amarillas del diario, de las pasadas horas.
          El callejón amaneció sereno, el viento se encarga de hacer revolotear los papeles que tapizan las aceras en el fondo, las colillas de la yerba estrujadas en los bordes de la banqueta, marcan un territorio de consumo de la pandilla que se reúne. El vecino de al lado sale vestido de calzón corto, tenis y gorra de lana, a su diaria faena de ejercicios, cuidando de no pisar las excretas que algún trasnochado se le ocurrió dejar bajo el dintel de una de puertas, las lámparas han cesado su iluminación, a lo largo de la avenida ya circulan los buses rojos, que alteran el orden con sendos gritos de los brochas que anuncian su destino con estridentes sonidos de bocina que despiertan al resto del vecindario.
          Un microbus se hace a la entrada hasta colocarse en el zaguán de una vivienda, sonado su claxon en repetidas ocasiones. Dos niños con sendos bolsones en la espalda se despiden de la madre quien le entrega a la encargada de vehículo después de echarles la bendición y lanzarles un beso de despedida. Con forme calienta el día el flujo de vehículos aumenta hasta congestionarse. Los pasajeros prendidos como garrapatas se tambalean en el pescante de las puertas, mientras los movimientos abruptos del bus los zangolotean como ganado en su interior. La necesidad de llegar al chance o a las escuelas, permiten que los abusados tashtuleen a la patojas y los cacos bolseen a los demás.
          La vida sigue su curso, los patojos muchos de ellos vagos y otros de capiusa se dan cita con la pelota de cuero y se hacen a la chamusca que revienta vidrios, tejas y golpean estruendosamente los zaguanes de las casas. Los grito se ponen en contrapunto de las vulgaridades orales y de maltrato junto a las faltas de respeto a los habitantes, que temerosos se asomas a las ventanas, precavidos quizás para no recibir un golpe o un atropello lanzados por boca de aquellos muchachos, que se sienten abusadores, dueños del espacio y que pintan de mareros. El sonido de la alarma de uno de los autos se hace cadencioso y fastidia con cada trallazo del balón que rebota en su lámina; una dama sale y pone fin a la sirena, mientras los hechores se hacen los desentendidos y silban hacia el cielo como quien disimuladamente dan un yo no fui..
          Son las horas de la tarde, el sueño nos hace presa del post almuerzo, el silencio invade el callejón. Una hilarante carcajada resuena el ambiente, un par de adolescentes se revuelcan en la banqueta en tremenda detallada, el resto del grupo observa pasivamente como sovigean a la chica, que se sacude el polvo que le prende de la espalda, los niños pequeños disimulan sus risas tapándose la boca mientras imaginan de que se trata la abrazadera, luego aparece el de la bicicleta que la recuesta en una de las paredes e insiste en querer participar en el jolgorio. El colocho de la patineta ha hecho su arribo y entonces empieza la gritadera de las otras dos muchachas que se ven perseguidas por los sátiros, que las arrinconan bajo el arbolito. El bombero pone acomedimiento mediante sus consejos, sus hijos vestidos de deportistas se anclan en el dintel de la puerta de su casa, los del palomar corren a esconderse en su vivienda.

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