domingo, 18 de enero de 2015

PASEO DE GATO.




          El estilizado gato deambula tomado de la mano de la pálida luna, con estirones y remilgos se mueve sobre las mojadas tejas, maullando en el sereno que se ha depositado en ráfagas de viento en el trayecto de las húmedas cornisas.
          La sombra de la mañanera concertina se desarrolla en las copas de los árboles, donde los dormitorios de los pájaros se sacuden para darle la bienvenida al renaciente día. Parvadas multicolores que revolotean en el infinito que traen los recuerdos de los vientos de la primavera. El desperezado solito se madruga de su soñoliento paisaje ausente durante su vuelta al mundo.
          El felino se escurre por los peldaños por debajo de las láminas, en la palestra de entrepaño del techo abruptamente se asoma sigiloso a observar a través de un agujero de la canaleta. Sacude sus bigotes y estira sus patas bostezando sus pensamientos. 
          Frente a él, la antigua fuente de tres copas donde se han aglomerado los pajarillos que dulcemente se hacen mercaderes sacudiendo sus pintas plumas al darse un chapuzón, lo que les hace recordar el calorcito de los primeros rayos del astro rey, las orejas de las mariposas, mostrando erguidas sus antenas, se planean en saltos para depositarse en los pétalos de las rosas de donde admiran las mieles del corazón de sus flores predilectas.
          El consuelo de la mañana se ve acompañado con el canto de los gallos que después de sacudir sus alas y afinar su gaznate, sale imponente a correteas a las gallinas que rascan acuciosas en búsqueda de los gusanitos que les sirven de entretención, durante el suculento desayuno en las cazuelas del corral.
          La modorra le vence y el varsino gato deambula hasta acomodarse bajo el viejo sillón de la alacena para reposar después de sus paseos nocturnos a todo lo ancho de las vecinales, remeda con ronroneos, mientras se enrosca para encontrar nido, a la vez que lame su cola y acicala sus garras para entrarle al sueño. La noche fue tranquila, sin novedades, la clásica caza de ratones fue escasa y aun en su tránsito por las ollas de la  cocina, ni un solo pedazo de pan fue encontrado, con el estómago sin llenar prefiere entrar en el reposo para maullar y repetir su ronda después de pasada la comida del almuerzo de la casa.
          La vibrante actividad del día no se ve interrumpida por el acucioso ladrido de los perros, que se denotan en presencia, exigiendo su plato de comida para la salida de los jinetes, vaqueros que viajan a toda libertad hacia los campos. En las parcelas, de su trabajo de diario  buscan los hatos de ganado que se han descuidado, alejándose de la vista de los labriegos, empujados con la ayuda de  la caballería son conducidos desde los mas recónditos lugares hasta donde les surten su alimento en las chozas donde les extraen a mano los cubos de leche cruda. Pasada la hora de la comida el gato asoma su presencia en el cubículo de la cocina, donde a todo vapor se prepara el cuajo que da como resultado los derivados, el requesón y crema, que al ser batidas salpican en la batea los trozas de queso que rebotan con el suelo, con toda delicadeza, el minino aprovecha su chance de saborear los bodoques que saltan de las manos de las mujeres, cuando brincan del comal cuando se mezclan con la masa, que constituyen los mamachos. Uno que otro pollo se entromete por allí para hacerle la competencia y tragarse de un solo las bolitas de masa.
          Es una tarde esplendorosa y los arañazos no se hacen esperar en los almohadones del sofá, tras enroscar la cola y rascarse los bigotes, vuelve al sopor de la siesta, sacude su cabeza y crispa su lomo mientras se deposita en el espacio como nido en el sentadero. Un cuarto de hora de dormilonas faciculaciones, mientras alguien se acomoda en el mismo sentadero y lo expulsa para ronronear a otro lado, regresa y haciéndose un contorneo se sobigea en los pies del fulano que compite por el espacio. Al ver que esa estrategia no le es favorable decide abandonar el recinto, de un salto se encarama en la mesa y luego pasa por debajo del dintel de la ventana donde como trampolín lo usa para lanzarse al corredor y tras una carrera se sube al tejado a buscar otra aventura.  

                   

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