miércoles, 25 de marzo de 2015

SE FUE PARA EL NORTE



          En el ocaso de la campiña, cuando los azacuanes revolotean oficiosos sobre la copa de los árboles, el resplandor del escondido sol, proyecta las montañas, el tenue sereno se esparce por los parajes y el canto de las chicharras que aumentan de tono dentro de la simpática concertina de  los bichos nocturnos se ven reflejadas en la cáscara de los encinos. Prestos a enfrentar al Goliat de la aventura, la refrescante mañana de la primavera, los aleja de sus pintorescas casitas del altiplano.
          La vorágine inicia como pecado cuando en medio de asaltar los trenes, inicien el sufrimiento de las requisiciones de los llamados impuestos de rescate que ha veces tardado mas de la cuenta, los dólares se esfuman en los bolsillos de los coyotes. La tranza de las extorsiones, moneda fácil para seguir para delante se agotan como el líquido y la comida que consumen agrediendo a los mal nutridos que respiran polvo y comen bagazo, porque ya no se les humedece ni la lengua y se les retuerce el intestino.
          Una casuchita tirita en miedo en el centro de una refriega que alarma los alrededores, cuando los fogonazos que se despiden a través de la ventana y el traqueteo de la metralla entra en tartaja resonancia, en el capitulo que refrenda en dolor, ayes! y gritos disonantes que culminan una actuación de un grupo de encapuchados que huyen en fila india, tras sarcástico asesinato de prisioneros ejecutados a mansalva.   
                    Las pintas en las paredes del inmueble puntualizan con sangre la comisión de una masacre de inmigrantes, la violación inmisericorde de mujeres que fueron raptadas en las veredas de los riscos, o en los caminitos desérticos, las ponen en usufructo de batallones de desalmados que en estas tierras áridas reclaman el peaje de tantas inocentes sin documentos, que buscan un poco de esperanza o la consecución de un sueño a cambio del estupro.
          Las aves de rapiñas anidan en los fétidos olores de muerte que dan cuenta de un pedazo de cielo que se nubla en el tráfico de romeristas caminantes que pasan por los zarzales con sigilo donde van dejando gotas de sudor y anhelos. Tan solo pagando dádivas un puñado logran sobrevivir porque ajustan dinero, los demás sucumben a los requerimientos de los grupos malévolos de muerte.
          Este puñado de sobrevivientes se arrastran entre las arenas, en la clásica procesión de harapos, pies descalzos y rescoldos de agua embotellada, asumiendo detrás de los espejismos del cansancio haciéndole ánimo en su dura tarea, arropados en chamarras por las noches que les protegen del frío, o le coronan como turbantes para evitar la quemada  del recalcitrante sol de la jornada matutina. Los árboles para guarecerse han desaparecido, han caído de pie como tantos muchos que se aventuraron algún día.
          Entre tanto grupo armado se debaten los pocos que en alguna vez salieron sonrientes de las bondades de su tierra. Poco a poco se van alejados de sus traumas de estas bandas que los atacan y los exprimen. Los enormes muros y tecnología de las barras y las estrellas se ciernen sobre la línea casi imaginaria de lo que un día fue una demarcación de país. Parece ser el último escollo para los que se aventaron, de las hordas que iniciaron allá en su tierra han sido diezmadas, se cuentan entre los muertos y los que no regresaron, los que sufrieron de cautiverio y las mujeres que se vieron obligadas a carga un mísero pecado de prostituirse, en cuyo caso se ven limitadas por el temor de ser señaladas de regresar preñadas o se convirtieron en esclavas del sexo.
          Niños y jóvenes que se vieron enganchados por organizaciones de desalmados, implantándoles una mágica ideas del país de los sueños, de salarios abundantes, de espejos multicolores que pintan prosperidad y grandes cosas brillantes del otro lado. El dorado norte para la consecución de dinero abundante y de fantasía        
          Y no solo es el llegar, muchas veces es el mantenerse, tras los rechazos y discriminaciones que el “ser latino” implica,  librar una encarnizada lucha con propios e inmigrantes de otros lados, estos, que por ser fuereños, con mano no muy bien calificada deben de sudar el doble para mendingar unos cuantos billetes, que sirvan no solo para mantenerse, sino también para exportar a sus familias.
          La migra se vuelve como la epidemia de esconderse,  a veces correr por su vida o un pasaje de retorno, fichados, maltratados y humillados sin haber saboreado la libertad, las bondades del mundo de las hamburguesas chatarra los seven eleven o los dollar tree, donde se compra como de paca. En otros casos la desgracia de las pandillas juveniles, la oproviosidad de la droga y lo siniestro de las bandas.
          Ahora quizás se tornaron en un recuerdo, la familia con múltiples penas ayudó a conseguir la plata, vendieron la parcela, empeñaron las cosechas o simplemente se vieron engatusadas por inescrupulosas, que además cobraron en especie o con la virginidad de una muchacha.
           El cuadro con una foto de vestido de quince años, reposa en la repisa de la casa, con flores de esperanza, las lágrimas de una abuela que recorre con su rosario cuantas veces puede para pedirle a buen Dios que cuide a cu patoja. El padre que se le antoja pensar en el castillo de naipes que cuelga alrededor del espíritu del primogénito que se fue encomendado a traer billetes verdes para hacer su casa, o recuperar una yunta de bueyes para la siembra y sacar adelante a la familia.
          Las semanas se han hecho cansadas, las noticias cada vez menos frecuentes y la angustia se rebalsa de la charla dominical en la capilla de la iglesia, sin llegara entender que en el pasado era mas fácil embarcarse en estas aventuras que en la actualidad son causa de muerte.
          Como las noticias vuelan y corren mas cuando no son buenas, los cientos de vuelos que arrastran indocumentados que al menos lograron llegar vivos en un viaje extremadamente caro como de turismo donde les programaron la visitas de diferentes centros de detención y puestos de migrantes que tan solo pisaron la grada de una correccional de inmigración o de una de tanta iglesias que se dedican a protegerlos del otro lado, antes de ser lanzados pie con geta a sus respectivos países tercermundistas.
          Las discriminaciones a la orden del día, donde sin pena ni gloria o aun amparados por un uniforme agreden inmisericordemente a los mojados que hacen tareas rechazadas por los propios gringos, como las mas degradantes y humillantes en la faz de la tierra.
          Lo mas paupérrimo es del connacional que habiendo tenido un éxito, se olvida de lo que dejó atrás, esposa e hijos, cuando de pronto cortan el cordón umbilical y dejan sin oxígeno a familiares, por haber fincado una nueva familia en esas latitudes y ahora con esposa e hijos americanos, ya solo hablan en inglés y reniegan de su origen indiano maya.
          El otro grupo es el de los que nunca se supo de su paradero y que quizás ahora forman parte de delincuentes en el paso por otras fronteras, o que son parte de las candentes arenas del desierto, en fosas comunes o cementerios clandestinos. Los crespones negros en el dintel de la puerta de sus viviendas, familiares que agotaron sus últimas lágrimas en búsqueda de sus paraderos y que forman parte de las grandes listas de desaparecidos y sin perdón, legionarios que nunca vieron la luz de la libertad.
SE FUE PARA EL NORTE, Y NUNCA VOLVIO!      

EL CANTO DE LA SIRENA



           En el silencio de la tarde tibia, el arrastre de los vientos que le conducían a través de la límpida agua, es el trayecto de la canoa que se desplazaba anónima desde el oeste hasta despedir los últimos rayos del sol. El chapaleo de los remos que se sumergían a la derecha e izquierda empujaba en pequeños tumbos las olas que se mostraban como fustanes en la proa.
          La Piraña el nombre, cuyo caparazón se descascaraba de la pintura por su constante contacto con el agua salóbrega del canal, el lanchón que había desembocado en la laguna, se atoraba en ramas de un árbol caído. El lanchero en búsqueda del mejor sitio para su artesanía de pesca acomoda la canoa cerca de la orilla donde el tul no ha crecido suficiente. Las nubes de zancudos se han alborotado por la penumbra y se dedican a ensartarse en la cobriza piel del lanchero. La piedra de regular tamaño amarrada por la punta es lanzada como ancla, a su costado que la mantiene firme, los escasos movimientos se producen cuando el hombre se pone de pie y con tu atarraya en el brazo la lanza, apoyada con sus manos  como un círculo casi perfecto al hace contacto con la superficie del agua que se hunde por acción de los plomos que tiene en sus bordes; con toda delicadeza la desplaza al borde superior mientras la recoge acercándola a la proa, la sacude vigorosamente, mientras la deposita sobre la borda sobre el piso. Uno que otro pez adormitado se encuentra atrapado en tejida malla, estos brincan al sentirse fuera de su elemento, cada uno de los capturados son depositados en un canasto que sirve de almacén a la pesca del día. Otros cuatro intentos se ejecutan, pero al ver que es escasa la producción decide abandonar la tarea, enrolla la malla y la acomoda en una esquina, pone en práctica entonces sacando los botes con hilo nylon, coloca carnada en el anzuelo y los dirige hacia el extremo donde se levantan las lechugas.
          Los graznidos y los ruidos de las aves que aparecen al principio de la  noche se esparcen en el vaho que asciende de las aguas al cambiar el clima, el encanto de la noche se hace mas evidente al no aparecer la luna que se encuentra escondida tras veraniega distancia, los cientos de luceros que titilan en el límpido cielo inmerso en la oscurana, sin asomo de nubes.  Acomodado en su barca sosteniendo los hilos, mientras en sus pensamientos están lo de la suerte de ser un buen pescador.
          El sobón producido con el contacto de un fósforo con su caja de lumbre  quema la punta de un cigarrillo que como un tizón se disuelve en humo, cuando lo aspira y una nube le envuelve el rostro, por debajo del sombrero. Los locos patos de agua se levantan asustados con sus tradicionales ruidos y hacen su retorno a las lagunetas escondidas, cuando algún animal grande, quizás un lagarto se lanza haciendo un escándalo al caer, lo sigue un inesperado silencio que lo ubica en los alrededores, como una señal de precaución por los predadores del agua, el resto de los sonidos es la sinfonía natural que se produce en los bordes e interior del río,  matizado por las ráfagas del ambiente húmedo del lugar y el coro de los sapos que en variados tonos se acompasan con el sonar de las chicharras.
          El nylon se atilinta y sobreviene algunos jalones, que lo ponen sobre aviso, inmediatamente recoge el hilo que se ve recompensado con un guapote que viene prendido al anzuelo. Al menos habrá algo para la comida. Repone la carnada y la vuelve a lanzar.
          El tiempo transcurre junto al los acordes de la noche, que se humedece con el sereno, a lo lejos se distingue un armonioso canto que circula por las mansas agua, esto lo alerta, se distingue una aguda voz que cada vez se escucha mas cercana y con mayor intensidad. Se pone de pie y trata de orientar su oído hacia el lugar donde proviene el sonido, un frigorífico calosfrío le invade el cuerpo, la piel como de gallina le crece como salpullido cuando en lontananza ve aparecer otra canoa que lentamente se desplaza por la corriente de río, con una fantasmagórica persona que la guía con una vara larga de bambú.
          Cubierto por el manto de la oscuridad se acurruca para darse por no enterado de la proximidad del canto que proviene cada vez mas cerca de la lancha que se hace en dirección hacia donde él se encuentra, la visibilidad se va haciendo cada vez mejor ante la proximidad, el temor le invade pero se incorpora como haciéndole fuerza a lo desconocido. Sentada en la proa una persona se muestra, se distingue como una mujer envuelta en ropajes extraños y con un velo que le cubre el rostro, la canoa continua su viaje hacia el encuentro, hacia él, colisionándole por mitad, ensartándose cerca del centro, lo que lo hace caer de espaldas. Al golpe reacciona sacando fuerzas de flaqueza enfrenta la situación, se acomoda el sombrero y sostiene el corvo en su diestra.
          Se trata de una mujer cubierta con velos que se posesiona y se presenta  flotando en el anden de la otra lancha, mientras canta en tonos agudos se le acerca le invita. El la ve fijamente, la belleza con el cuerpo desnudo lo seduce al despojarse de sus vestimentas haciéndole caer en la tentación, al tenerla muy de cerca le intenta abrazar convirtiéndose entonces, en un escuálido esqueleto que le envuelve en una nube de energía malévola.
          El manto se posesionó del lanchero que cae fulminado por un rayo en el interior de su canoa…

          Cerca del muelle donde el lodazal se hace grande, donde los cocos partidos en dos se bambolean en la orilla, con el movimientos de las aguas, los restos de madera se hacen parte de la marea, lugar donde varias canoas se sumergen hasta la mitad con el embate de las olas, parece un cementerio de lanchas, allí volteada con un agujero en el centro se encuentra semi destruida  “La Piraña”.
          Dicen que la encontraron parcialmente hundida y a la deriva, donde rescataron al pescador que aún con vida se aferraba a no salir de ella, gritaba desaforado, con la mente perdida y balbuceando incoherencias, encogido sobre su propio cuerpo, tenía ataques de convulsiones.         
          Fue llevado hasta su vivienda titiritando de frío o a lo mejor de miedo, la luz de sus ojos se había perdido y los globos oculares estaban totalmente en blanco. Recibió entonces sahumerios y baños de la chilca, fue visitado por los curanderos del lugar, nada fue efectivo El hombre ahora deambula por los patios del rancho apaciguadamente se deja pasar su tiempo sentado a la orilla de una hamaca, con su ceguera total, y de mente perdida en la distancia de pensamientos ausentes. Tarareando una canción desconocida. Cuando la luna se esconde  se  escucha por las noches, una tonada que proviene del río, que lo hace que se levante y cubra sus oídos.
          Se lo chupo la bruja del pantano opinan los conocedores del pueblo. La sirena de mar que quedo atrapada en el río, al caer en el remolino de la boca barra.   

EN LA PENUMBRA



          La clásica penumbra arrulla en sereno los primaverales remansos de la explanada del lago, los escasos rayos se reflejan extraños a la pálida luna, en el agua es un espejo que muestran las ilusiones de un sueño de una pareja, que recuerda las mocedades de un escondido milagro, quizás nunca olvidado.
          Con la tenue agua que circunda alrededor del cuello de la chica, que juguetea con el pálpito de su corazón que reclaman con sus latidos el imaginario de una aventura de su pareja. Ojos tiernos como azabache, de inolvidable rostro color cobrizo, labios púrpura de Jacaranda, de vibrar sereno que delicadamente sellan pétalos de ardiente sentimiento. El juego de la marea traduce en ondas las melodías de un amor que desborda en el tiempo y la distancia.
          Las luces prendidas en la playa titilan en armónica caída del sereno que se cierne y resalta la magnificencia de lo blanco de la playa, mientras los grillos conducen el ritmo de la entrada de la noche. Las aguas permanecen tibias y los sapos saltan alegremente sobre las hojas de la flor de loto, chapoteando la naturaleza de un concierto de enamorados. El agraciado joven se ve emocionado en espíritu y ambos se sonrojan como los capullos de los nardos tiernos buscan refugio en los remansos, donde las chicharras les hacen burla a su timidez.
          El chico emerge de la zambullida en la oscurana, invitando a su pareja a imitarlo, mientras de un salto le toma de la cintura y la lanza por encima de su cabeza, para un splash acrobático que termina con una reunión de frente para experimentar un cálido beso, un abrazo que apasiona y  retiene apego, un escapismo de juguete que suelta en sonrisas una cabriola acrobática, que salpica las caricias de un fuga. La suave sensación que representa su largo cabello que reposa en el rubor de escalofríos de todo su cuerpo, le hace devolver el suave roce mediante un pellizco en la mejilla de su pareja, que se sumerge en sensuales caricias el encuentro.
          La luna se hace la desentendida cuando de junto en un abrazo, los chicos emergen sobre la arena con la música para enamorarse, las blancas toallas se ciernen alrededor del cuerpo, después de un pequeño trote que les lleva hacia el manto de grama que constituye su nido. Tras un breve consenso abandonan el lugar vistiendo su ropa de calle y se dirigen de la mano a través de la vereda que les lleva por los caminos sin interrumpir el idilio de abrazos y besos.
          La calle ancha se abre paso junto a la plaza, donde las luces resaltan los postes de la feria. Los petardos salpican en humo junto a la puerta de la iglesia, que cierran el acompañamiento de la procesión del patrono del lugar. Mientras tanto la gran rueda de Chicago se marea en vueltas arrastrando sus canastos llenos de participantes, los altoparlantes de las polacas que anuncian con estribillos el aparecimiento de las figuras de la tómbola de los premios. Los grupos de jóvenes que se hacen cola en las casetas del tiro al blanco, para mostrar su habilidad de quebrar bombillos, o animales fabricados de madera, en búsqueda de hacerse acreedores de un premio.
          La pareja se ha hecho espacio en la mesa frente a la garnachería, a degustar unas tortillas con carnes o un trozo de churro recién dorado con el enorme vaso de fresco de rosa de Jamaica. El es todo sonrisa, mientras bajo la mesa acaricia las manos de la chica, que se pone chinita y erizada después de escuchar innumerables veces la canción que se antoja de moda en la feria.
          Llenos de promesas y de una atracción comprometida con tan solo un hermoso contacto visual que fija la mirada como perdida en el firmamento que deambula en las estrellas, mientras ella con su angelical rostro de fantasía arregla su cabello con un sentimiento de ilusión, que busca dar respuesta a lo reflejado en las interrogantes de las preguntas y promesas emitidas en un guiño o en una gesticulación.
          Junto a las improvisadas tiendas que ofrecen los dulces tradicionales, los algodones de azúcar circulan, prendidos en varas, cuelgan elegantes en rosado y azul, llamando la atención de los chicos adolescentes quienes al comerlos les manchas los labios, la frente y la punta de la nariz, que luego la depositan como seña en las mejillas en las niñas en el instante que les depositan un beso.
          Un oso de peluche se antoja de regalo para perpetuar el día y la fecha, premio que representa una afirmación que va mas allá de las caricias de una  cita, la concertación para asistir con elegante vestimenta al salón de baile. La fiesta que rebosante de alegría resplandece en su aromático olor a pino que se esparce por toda la pista. Las notas de la marimba y el chunga, chunga, chunga del violón y la batería, marcan el ritmo de las melodías, los saltarines bailadores se prestan a las barridas de los ritmos mas picantes de la época del verano.
                              A pesar de la ola de calor la pareja se desliza en un abrazo de cachetillo con las canciones románticas, y aprovechando su cercanías susurran al oído las palabras lindas y lisonjeras que se traducen en un atractivo verbal de amor. Un jamás te olvidaré de un beso furtivo que hace que la chica levante la vista y busque en la ventana donde se encuentra la madre que es quien la cuida, la hace retirase un tanto para disimular o reiniciar un nuevo paso de baile, con una advertencia de no volver hacerlo, no mas que dentro del salón.
          La penumbra se disipa y en un descanso del instrumento musical, cada pareja sale a gozar un del sereno y del viento cálido que recorre las afueras del salón. En un santiamén, aparece la progenitora quien se interpone en medio de la pareja, la chica se suelta de la mano, se sonroja y se hace la desentendida porque supone una llamada de atención, hay un cruce de miradas como cara de pocos amigos pero todo se restablece cuando a los acordes de la música se jalan el uno al otro y desaparecen en el interior del festín.
          El jolgorio termina y cada uno vuelta a su casa, la chica en la ventana de su cuarto observa los presagios de la luna que tiende a extinguirse en el horizonte, dejando una estela de luz de las emociones e ilusiones que le llevaron a vivir un cuento de hadas. Un suspiro es el corolario de ese momento que le rebosa en el pecho, esa tierna remembranza que a lo mejor mañana se vuelva eterna.
          El chico, por su lado, se tumba en su camastrón recordando los pasos de esas caricias, idilio que le da esperanza, las añoranzas de tener en brazos a la mujer bonita de sus sueños. Repasa mentalmente cada uno de los acciones y momentos que penetraron en su alma después de saber que el cariño es compartido y que durará por la eternidad.

lunes, 23 de marzo de 2015

CARTA DE VENTA



          En el tapete de láminas acuñadas en diversas formas que se observan sembradas en su mayoría con esqueletos de aluminio de las antenas de televisión y lazos estirados con toda clases de ropa y trapos de colores que entretenidos se echan a volar con el viento. Cientos de casas hechas de lepa y otras tantas vestidas de cartón se apilan para contener el frío en las faldas de una pequeña colina, bordada de caminitos con gradas de terrón. Con  desagües a flor de tierra matizada con fétidos olores de desechos y lejía, chorrean en saltos de catarata hasta el fondo del barranco. Callejas que salen y se desprenden de un amplio boulevard que divide a los desposeídos de los afortunados de casas de concreto y verjas de perfiles de hierro pintado de negro y alambre de púas que delimitaba el solar detentado por los acaudalados que le hacen cambiar de nombre de barrial que se cae al abismo, a una planicie llamada  “Condado”
          Avenidas auxiliares que se tropiezan con portones eléctricos con guardianía, que franquea la entrada de cualquier persona. Autos de todo lujo, limosinas de corte oficial, seguidas por camionetas blindadas con un piquete de guaruras, que apenas enseñan la nariz  y apuntan sus armas, en su afán de ocultismo cuando proveen de seguridad a un magnate o un funcionario.
          Por dentro donde la vida es otra, las inmensas mansiones, se ven pálidas cuando los postes en forma de candelabros encienden sus luces para señalar la zigzagueante entrada a la Quinta. Palaciegos lugares que se ven atiborrados de superfluos festines de chicos bien, pudientes hombres de negocios que ostentosos participan de las fulgurantes fiestas de oro y lujo. Un grupo de elegantes vestidos de gendarmes, funcionan de acomodadores que se prestan entonces a dar cabida a los invitados que se apean en la puerta, mientras su Mercedes o Jaguar es llevado al área de parqueo. El aparato represivo del anfitrión ha puesto a un grupo de fortachones quienes apostados en la puerta revisan las credenciales de los asistentes.
          Trajes y joyas se entretienen en el centro de la pista donde las parejas se divierten con la música de una banda que retumba sus timbales y su explosión de luces que rebalsan en figurines de las bien dispuesta mesas de vestido elegante, deambulan y se  acomodan los pingüinos de esmoquin, con efervescente copas de champagne, que encopetadas esperan con vivas ansias y ojos desorbitados el desfile de las féminas llevadas para el deleite de los invitados. Una bacanal que se antoja de muchos kilates, altas modas desfile de de odaliscas en velos transparentes. Las mesas exquisitamente decoradas que contienen  figuras de maja desnuda esculpida en hielo, abundantes viandas que van desde caviar extranjero, huevos de parlama y otros tantos buqués de comida de mariscos, ricas recetas afrodisíacas.
          Después de una fanfarrea un séquito de damas es puesta en fila de exposición, que desciende de una escalinata en forma de caracol, con atuendos sensuales, como que se efectuara una venta de esclavas. Los caballeros puestos de pie cada quien se aproxima para hacer el contacto de las chicas de corta edad que desfilan como regalos sensuales para los afortunados amigos del anfitrión. La fiesta estalla con tiras y confetis que recrudece con lo sensual de los bailes, que estremece el lugar con toda clase ademanes con carácter de orgía.
          Las habitaciones del segundo nivel se ven atiborradas con la frecuencia de visitas por los sátiros, que corretean semidesnudos detrás de las damiselas que juegan a las escondidas entre los almohadones y camas circulares de faldones de seda, donde las cabriolas sexuales se adelantan a cualquier actividad de depravación.
          En uno de los salones una bella joven lucha denodadamente, mientras alguien la empuja y la trata desvestir por encima de una mesa de billar, sus quejas y gritos se ven minimizados por el escándalo de la fiesta de los alrededores. El vestido de organdí le ha sido rasgado de la parte anterior, mientras ella se niega a ser ultrajada por la fuerza. No sabe si cubrirse los senos o proteger su ropa interior la que es jalada con violencia en todas direcciones. Se zafa y se lanza hacia al suelo donde logra escabullirse de su atacante, quien la persigue por todo el salón, la acorrala en una esquina y con fuerte bofetón la hace caer al suelo. El triunfante hombre la recoge desmayada y la introduce en el salón donde la posee con lujo de sadismo.      Varias horas después ella vuelve a su conciencia, ha sido dejada en uno de los sofás, el silencio es la tónica, los restos de su traje apenas le sirven para cubrir su vilipendiado cuerpo, la cabeza le da vueltas por los vinos y los alucinógenos que le fueron suministrados, estos recién han terminado de surtir sus efectos.        Todo pasa por el cargo de conciencia brevemente, pues ha recibido anticipado una buena suma de dinero, para desempeñar su labor de diversión de sexo servidora; descalza se dirige hacia los vestidores del primer nivel con el fin de recuperar la ropa propia.
          En el salón todo es un despilfarro, parejas tirados en el piso, borrachos que se detienen de los balcones en búsqueda de la sobriedad y el equilibrio. Pero en fin ella logra encontrar el camerino, donde unas chicas hacen la espera para que las trasladen al punto del burdel de donde fueron recogidas.
          En un clásico mutismo abordan una furgoneta que las conduce a su destino.
--- Como que te fue mal?.--- le interroga una de las chicas --- tenés tremendo bofetón en la mejía que vas a necesitar ponerte hielo a una libra de bistec.---
--- Vaya sino, ---Y se toca el área, haciendo una mueca de dolor---Ese hijo de p…, me golpeó….--- suelta unas lágrimas --- Como que si en precio la paliza estuviera incluida…---
          Tal y como en su pasado, la bofetada le hace la memoria ese sufrimiento, que la hizo sufrir en tanto representó en trauma del abuso a través del amante de su madre, quien para mantenerla alejada de su lado, fue vendida a una red de trata de blancas y puesta a disposición de los mejores enganchadores proxenetas, para ofrecerla como trofeo. Era tan solo una jovencita de apenas 18 años de edad, cuya belleza había impresionados a los mercaderes de la carne y calificada como de primera clase.
--- Me vendiste mamá--- Era la frase que giraba por su mente.
          La niña de la mano de su hermano menor transita ordenadamente rumbo a su covacha, venía de la escuelita de párvulos del asentamiento, con sus sandalias de plástico irrumpe en un de los caminos de tierra que metros mas abajo  la banqueta de la entrada de su domicilio. La puerta de hojalata con el anuncio de una bebida carbonatada que sirve de portal está atrancada por lo que somata con los puños para dejarse escuchar, haciendo que la mujer en su interior le permita el paso. La señora con evidente señales de agitación, despeinada y desalineada, trata por todos los medios de alisarse la falda y el delantal por encimo de ella.
--- Mamá…! Y a usted que le pasa, está enferma?. ---
--- Nada mija, estaba ocupada allí adentro.--- en ese instante aparece un hombre un tanto entrado en años, arreglándose la camisa blanca dentro del  cinturón del pantalón.--- Estaba arreglando unas cuentas con don Chomo!.---
          La chica no le dice nada pero con la mirada le hace saber que sospecha de cualquier mala pasada engarzada a la mentira le dice la madre.
          Don Chomo, que mientras se sacude su amplio bigote, se abre paso y casi sin decir palabra abandona el lugar, en el umbral de la puerta mientras restriega el cuello sucio de su atuendo, reclama:
--- Entonces vengo la semana entrante por el resto, Blanquita y piense en el trato que le propuse.---
          Sin mas se retira mientras limpia con su pañuelo el sudor de su calvicie y con sus toscas manos se sacude maliciosamente. De camino desaparece en los callejones aledaños, silbando una tonada.
          La madre se dirige a la cama donde alisa las sábanas y sacude los alrededores, como quien quiere olvidar el suceso y encontrarse con su realidad. La niña la encara:
---Que tanto hace ese tal Chomo, aquí en la covacha…---
---Hay mija, la vida está difícil y con las deudas que dejó el desgraciado de tu tata, tengo que estar haciendo cachitas para poder pagarle el dinerito que le debemos a este señor, que dicho sea de paso se a portado gente con no meternos presos por el asunto…---
--- Ese don a mi no me agrada, no ve pues que cuando se asoma por aquí, y usted no está, es mero manos ligeras, quiere esta abrazándome, me apechuga y le gusta estar tentando, cosa que a mi no me agrada. Con decirle que un día cuando regrese de la escuela, atranque la puerta y me fui a palanganear en baño detrás del tonel, y no va creer, el viejo shuco, no se como hizo y empujó tranca, me estaba vigiando cuando estaba sin ropa, me asustó mamá y le tire una palangana de agua y se salió al darse cuenta que usted venía.---
--- Esas son las cosas que le pasan a uno cuando no hay hombre en la casa, y por cierto el mismo me ha estado insistiendo que te de para que vayas a atenderlo a su casa como empleada.---
--- Ni se le vaya ocurrir hacerlo, suficiente con lo que usted lo atiende…!, cuando viene y está sola---
          Pasaban los días y el tal Chomo frecuentaba la covacha, buscando en especial la presencia de la niña, siempre tratando de aparearse a la muchacha y ha veces con la benevolencia de su madre, quien se hacia la desentendida cuando el le tocaba sus nalguitas, o se atrevía lanzar comentarios tales como, “como que ya le están creciendo sus chichitas”.
          Si la adolescencia ya la tenía a flor de piel y cada vez era mas agraciada con belleza corporal, algunos muchachos la chuleaban por las calles, destacando su bien conformado cuerpecito y la belleza de pelo, toda una florcita en medio de un arrabal de zarzales, rodeada de manadas de lobos hambrientos.
          En cierta ocasión cuando regresó de la escuela encontró en casa a su madre envuelta en un gran llanto y al mentado don Chomo quien la recibió con un intento de abrazarla. Ella se resistió y se apegó a su madre.
--- Mamá, que le pasa, tenía ratos de no verla llorar, que tiene, algo le hizo este viejo mie…---
---Viene el señor Chomo a reclamar el pago de una letra de la deuda y la verdad es que no tengo dinero para pagarla, por lo que me amenaza diciendo que me va a echar a la policía sino pago. ---
--- Además ofrece que la solución a la mano de la situación, es que yo te entregue con él para su servicio, que lo que ofrece es pagar por tu trabajo, y de allí descontaría los abonos de la deuda---
--- Por su puesta en mi casa --- comento Chomo.---vas a tener lo que se te antoje, donde vivir, comida y una que otra granjería según te portes --- continuó --- Así que no se hable mas tráete tu ropa, tus cosas y vamos!…
          Una vez sentenciada la cosa no hubo marcha atrás, la jovencita con una congoja en el corazón y unas cuantas lágrimas de rabia, optó por hacerle caso a la madre y salió del asentamiento que la había visto crecer, hacia la casa de agiotista, quien se frotaba las manos de haber conseguido el propósito de engatusarlas. 
          Los primeros días, efectuaba la limpieza de las habitaciones pero cuando llegaba su patrón buscaba mantenerse encerrada en un cuarto, que a pesar de que gozaba de algunas comodidades no le daba nada de confianza, especialmente cuando la otra empleada de la cocina se ausentaba.
          Una tarde mientras hacía sus labores en el interior de la sala comedor, apareció Chomo, quien ni lento, ni perezoso de lanzó en pos de ellas, tomándole de la cintura y acorralándola en una de las esquinas de la habitación. El bigote del hombre le pasó por la mejilla y los labios cubiertos de saliva le rozaron su boca, ella con sus brazos y manos intentó quitárselo de encima, hasta que la mano burda se la introdujo entre las piernas. Dio un brinco y logró zafarse hasta que en el intento de huir, cayó al suelo. Chomo le cayó encima y le dio tremendo bofetón en el cachete que la dejó sin sentido.
          Un par de horas después recuperó el sentido, se encontró desnuda en la cama del sátiro.
--- Me vendiste mamá--- era la frase que giraba por su mente.