La
clásica penumbra arrulla en sereno los primaverales remansos de la explanada
del lago, los escasos rayos se reflejan extraños a la pálida luna, en el agua es
un espejo que muestran las ilusiones de un sueño de una pareja, que recuerda las
mocedades de un escondido milagro, quizás nunca olvidado.
Con
la tenue agua que circunda alrededor del cuello de la chica, que juguetea con el
pálpito de su corazón que reclaman con sus latidos el imaginario de una
aventura de su pareja. Ojos tiernos como azabache, de inolvidable rostro color
cobrizo, labios púrpura de Jacaranda, de vibrar sereno que delicadamente sellan
pétalos de ardiente sentimiento. El juego de la marea traduce en ondas las
melodías de un amor que desborda en el tiempo y la distancia.
Las
luces prendidas en la playa titilan en armónica caída del sereno que se cierne
y resalta la magnificencia de lo blanco de la playa, mientras los grillos
conducen el ritmo de la entrada de la noche. Las aguas permanecen tibias y los
sapos saltan alegremente sobre las hojas de la flor de loto, chapoteando la naturaleza
de un concierto de enamorados. El agraciado joven se ve emocionado en espíritu y
ambos se sonrojan como los capullos de los nardos tiernos buscan refugio en los
remansos, donde las chicharras les hacen burla a su timidez.
El
chico emerge de la zambullida en la oscurana, invitando a su pareja a imitarlo,
mientras de un salto le toma de la cintura y la lanza por encima de su cabeza,
para un splash acrobático que termina con una reunión de frente para
experimentar un cálido beso, un abrazo que apasiona y retiene apego, un escapismo de juguete que
suelta en sonrisas una cabriola acrobática, que salpica las caricias de un fuga.
La suave sensación que representa su largo cabello que reposa en el rubor de
escalofríos de todo su cuerpo, le hace devolver el suave roce mediante un
pellizco en la mejilla de su pareja, que se sumerge en sensuales caricias el
encuentro.
La
luna se hace la desentendida cuando de junto en un abrazo, los chicos emergen
sobre la arena con la música para enamorarse, las blancas toallas se ciernen
alrededor del cuerpo, después de un pequeño trote que les lleva hacia el manto
de grama que constituye su nido. Tras un breve consenso abandonan el lugar vistiendo
su ropa de calle y se dirigen de la mano a través de la vereda que les lleva por
los caminos sin interrumpir el idilio de abrazos y besos.
La
calle ancha se abre paso junto a la plaza, donde las luces resaltan los postes
de la feria. Los petardos salpican en humo junto a la puerta de la iglesia, que
cierran el acompañamiento de la procesión del patrono del lugar. Mientras tanto
la gran rueda de Chicago se marea en vueltas arrastrando sus canastos llenos de
participantes, los altoparlantes de las polacas que anuncian con estribillos el
aparecimiento de las figuras de la tómbola de los premios. Los grupos de
jóvenes que se hacen cola en las casetas del tiro al blanco, para mostrar su
habilidad de quebrar bombillos, o animales fabricados de madera, en búsqueda de
hacerse acreedores de un premio.
La
pareja se ha hecho espacio en la mesa frente a la garnachería, a degustar unas
tortillas con carnes o un trozo de churro recién dorado con el enorme vaso de
fresco de rosa de Jamaica. El es todo sonrisa, mientras bajo la mesa acaricia
las manos de la chica, que se pone chinita y erizada después de escuchar
innumerables veces la canción que se antoja de moda en la feria.
Llenos
de promesas y de una atracción comprometida con tan solo un hermoso contacto
visual que fija la mirada como perdida en el firmamento que deambula en las
estrellas, mientras ella con su angelical rostro de fantasía arregla su cabello
con un sentimiento de ilusión, que busca dar respuesta a lo reflejado en las
interrogantes de las preguntas y promesas emitidas en un guiño o en una
gesticulación.
Junto
a las improvisadas tiendas que ofrecen los dulces tradicionales, los algodones
de azúcar circulan, prendidos en varas, cuelgan elegantes en rosado y azul,
llamando la atención de los chicos adolescentes quienes al comerlos les manchas
los labios, la frente y la punta de la nariz, que luego la depositan como seña
en las mejillas en las niñas en el instante que les depositan un beso.
Un
oso de peluche se antoja de regalo para perpetuar el día y la fecha, premio que
representa una afirmación que va mas allá de las caricias de una cita, la concertación para asistir con
elegante vestimenta al salón de baile. La fiesta que rebosante de alegría
resplandece en su aromático olor a pino que se esparce por toda la pista. Las
notas de la marimba y el chunga, chunga, chunga del violón y la batería, marcan
el ritmo de las melodías, los saltarines bailadores se prestan a las barridas
de los ritmos mas picantes de la época del verano.
A pesar de la ola de calor la pareja
se desliza en un abrazo de cachetillo con las canciones románticas, y aprovechando
su cercanías susurran al oído las palabras lindas y lisonjeras que se traducen
en un atractivo verbal de amor. Un jamás te olvidaré de un beso furtivo que
hace que la chica levante la vista y busque en la ventana donde se encuentra la
madre que es quien la cuida, la hace retirase un tanto para disimular o
reiniciar un nuevo paso de baile, con una advertencia de no volver hacerlo, no
mas que dentro del salón.
La
penumbra se disipa y en un descanso del instrumento musical, cada pareja sale a
gozar un del sereno y del viento cálido que recorre las afueras del salón. En
un santiamén, aparece la progenitora quien se interpone en medio de la pareja,
la chica se suelta de la mano, se sonroja y se hace la desentendida porque
supone una llamada de atención, hay un cruce de miradas como cara de pocos
amigos pero todo se restablece cuando a los acordes de la música se jalan el
uno al otro y desaparecen en el interior del festín.
El
jolgorio termina y cada uno vuelta a su casa, la chica en la ventana de su
cuarto observa los presagios de la luna que tiende a extinguirse en el
horizonte, dejando una estela de luz de las emociones e ilusiones que le llevaron
a vivir un cuento de hadas. Un suspiro es el corolario de ese momento que le
rebosa en el pecho, esa tierna remembranza que a lo mejor mañana se vuelva
eterna.
El
chico, por su lado, se tumba en su camastrón recordando los pasos de esas
caricias, idilio que le da esperanza, las añoranzas de tener en brazos a la
mujer bonita de sus sueños. Repasa mentalmente cada uno de los acciones y momentos
que penetraron en su alma después de saber que el cariño es compartido y que
durará por la eternidad.
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