lunes, 23 de marzo de 2015

CARTA DE VENTA



          En el tapete de láminas acuñadas en diversas formas que se observan sembradas en su mayoría con esqueletos de aluminio de las antenas de televisión y lazos estirados con toda clases de ropa y trapos de colores que entretenidos se echan a volar con el viento. Cientos de casas hechas de lepa y otras tantas vestidas de cartón se apilan para contener el frío en las faldas de una pequeña colina, bordada de caminitos con gradas de terrón. Con  desagües a flor de tierra matizada con fétidos olores de desechos y lejía, chorrean en saltos de catarata hasta el fondo del barranco. Callejas que salen y se desprenden de un amplio boulevard que divide a los desposeídos de los afortunados de casas de concreto y verjas de perfiles de hierro pintado de negro y alambre de púas que delimitaba el solar detentado por los acaudalados que le hacen cambiar de nombre de barrial que se cae al abismo, a una planicie llamada  “Condado”
          Avenidas auxiliares que se tropiezan con portones eléctricos con guardianía, que franquea la entrada de cualquier persona. Autos de todo lujo, limosinas de corte oficial, seguidas por camionetas blindadas con un piquete de guaruras, que apenas enseñan la nariz  y apuntan sus armas, en su afán de ocultismo cuando proveen de seguridad a un magnate o un funcionario.
          Por dentro donde la vida es otra, las inmensas mansiones, se ven pálidas cuando los postes en forma de candelabros encienden sus luces para señalar la zigzagueante entrada a la Quinta. Palaciegos lugares que se ven atiborrados de superfluos festines de chicos bien, pudientes hombres de negocios que ostentosos participan de las fulgurantes fiestas de oro y lujo. Un grupo de elegantes vestidos de gendarmes, funcionan de acomodadores que se prestan entonces a dar cabida a los invitados que se apean en la puerta, mientras su Mercedes o Jaguar es llevado al área de parqueo. El aparato represivo del anfitrión ha puesto a un grupo de fortachones quienes apostados en la puerta revisan las credenciales de los asistentes.
          Trajes y joyas se entretienen en el centro de la pista donde las parejas se divierten con la música de una banda que retumba sus timbales y su explosión de luces que rebalsan en figurines de las bien dispuesta mesas de vestido elegante, deambulan y se  acomodan los pingüinos de esmoquin, con efervescente copas de champagne, que encopetadas esperan con vivas ansias y ojos desorbitados el desfile de las féminas llevadas para el deleite de los invitados. Una bacanal que se antoja de muchos kilates, altas modas desfile de de odaliscas en velos transparentes. Las mesas exquisitamente decoradas que contienen  figuras de maja desnuda esculpida en hielo, abundantes viandas que van desde caviar extranjero, huevos de parlama y otros tantos buqués de comida de mariscos, ricas recetas afrodisíacas.
          Después de una fanfarrea un séquito de damas es puesta en fila de exposición, que desciende de una escalinata en forma de caracol, con atuendos sensuales, como que se efectuara una venta de esclavas. Los caballeros puestos de pie cada quien se aproxima para hacer el contacto de las chicas de corta edad que desfilan como regalos sensuales para los afortunados amigos del anfitrión. La fiesta estalla con tiras y confetis que recrudece con lo sensual de los bailes, que estremece el lugar con toda clase ademanes con carácter de orgía.
          Las habitaciones del segundo nivel se ven atiborradas con la frecuencia de visitas por los sátiros, que corretean semidesnudos detrás de las damiselas que juegan a las escondidas entre los almohadones y camas circulares de faldones de seda, donde las cabriolas sexuales se adelantan a cualquier actividad de depravación.
          En uno de los salones una bella joven lucha denodadamente, mientras alguien la empuja y la trata desvestir por encima de una mesa de billar, sus quejas y gritos se ven minimizados por el escándalo de la fiesta de los alrededores. El vestido de organdí le ha sido rasgado de la parte anterior, mientras ella se niega a ser ultrajada por la fuerza. No sabe si cubrirse los senos o proteger su ropa interior la que es jalada con violencia en todas direcciones. Se zafa y se lanza hacia al suelo donde logra escabullirse de su atacante, quien la persigue por todo el salón, la acorrala en una esquina y con fuerte bofetón la hace caer al suelo. El triunfante hombre la recoge desmayada y la introduce en el salón donde la posee con lujo de sadismo.      Varias horas después ella vuelve a su conciencia, ha sido dejada en uno de los sofás, el silencio es la tónica, los restos de su traje apenas le sirven para cubrir su vilipendiado cuerpo, la cabeza le da vueltas por los vinos y los alucinógenos que le fueron suministrados, estos recién han terminado de surtir sus efectos.        Todo pasa por el cargo de conciencia brevemente, pues ha recibido anticipado una buena suma de dinero, para desempeñar su labor de diversión de sexo servidora; descalza se dirige hacia los vestidores del primer nivel con el fin de recuperar la ropa propia.
          En el salón todo es un despilfarro, parejas tirados en el piso, borrachos que se detienen de los balcones en búsqueda de la sobriedad y el equilibrio. Pero en fin ella logra encontrar el camerino, donde unas chicas hacen la espera para que las trasladen al punto del burdel de donde fueron recogidas.
          En un clásico mutismo abordan una furgoneta que las conduce a su destino.
--- Como que te fue mal?.--- le interroga una de las chicas --- tenés tremendo bofetón en la mejía que vas a necesitar ponerte hielo a una libra de bistec.---
--- Vaya sino, ---Y se toca el área, haciendo una mueca de dolor---Ese hijo de p…, me golpeó….--- suelta unas lágrimas --- Como que si en precio la paliza estuviera incluida…---
          Tal y como en su pasado, la bofetada le hace la memoria ese sufrimiento, que la hizo sufrir en tanto representó en trauma del abuso a través del amante de su madre, quien para mantenerla alejada de su lado, fue vendida a una red de trata de blancas y puesta a disposición de los mejores enganchadores proxenetas, para ofrecerla como trofeo. Era tan solo una jovencita de apenas 18 años de edad, cuya belleza había impresionados a los mercaderes de la carne y calificada como de primera clase.
--- Me vendiste mamá--- Era la frase que giraba por su mente.
          La niña de la mano de su hermano menor transita ordenadamente rumbo a su covacha, venía de la escuelita de párvulos del asentamiento, con sus sandalias de plástico irrumpe en un de los caminos de tierra que metros mas abajo  la banqueta de la entrada de su domicilio. La puerta de hojalata con el anuncio de una bebida carbonatada que sirve de portal está atrancada por lo que somata con los puños para dejarse escuchar, haciendo que la mujer en su interior le permita el paso. La señora con evidente señales de agitación, despeinada y desalineada, trata por todos los medios de alisarse la falda y el delantal por encimo de ella.
--- Mamá…! Y a usted que le pasa, está enferma?. ---
--- Nada mija, estaba ocupada allí adentro.--- en ese instante aparece un hombre un tanto entrado en años, arreglándose la camisa blanca dentro del  cinturón del pantalón.--- Estaba arreglando unas cuentas con don Chomo!.---
          La chica no le dice nada pero con la mirada le hace saber que sospecha de cualquier mala pasada engarzada a la mentira le dice la madre.
          Don Chomo, que mientras se sacude su amplio bigote, se abre paso y casi sin decir palabra abandona el lugar, en el umbral de la puerta mientras restriega el cuello sucio de su atuendo, reclama:
--- Entonces vengo la semana entrante por el resto, Blanquita y piense en el trato que le propuse.---
          Sin mas se retira mientras limpia con su pañuelo el sudor de su calvicie y con sus toscas manos se sacude maliciosamente. De camino desaparece en los callejones aledaños, silbando una tonada.
          La madre se dirige a la cama donde alisa las sábanas y sacude los alrededores, como quien quiere olvidar el suceso y encontrarse con su realidad. La niña la encara:
---Que tanto hace ese tal Chomo, aquí en la covacha…---
---Hay mija, la vida está difícil y con las deudas que dejó el desgraciado de tu tata, tengo que estar haciendo cachitas para poder pagarle el dinerito que le debemos a este señor, que dicho sea de paso se a portado gente con no meternos presos por el asunto…---
--- Ese don a mi no me agrada, no ve pues que cuando se asoma por aquí, y usted no está, es mero manos ligeras, quiere esta abrazándome, me apechuga y le gusta estar tentando, cosa que a mi no me agrada. Con decirle que un día cuando regrese de la escuela, atranque la puerta y me fui a palanganear en baño detrás del tonel, y no va creer, el viejo shuco, no se como hizo y empujó tranca, me estaba vigiando cuando estaba sin ropa, me asustó mamá y le tire una palangana de agua y se salió al darse cuenta que usted venía.---
--- Esas son las cosas que le pasan a uno cuando no hay hombre en la casa, y por cierto el mismo me ha estado insistiendo que te de para que vayas a atenderlo a su casa como empleada.---
--- Ni se le vaya ocurrir hacerlo, suficiente con lo que usted lo atiende…!, cuando viene y está sola---
          Pasaban los días y el tal Chomo frecuentaba la covacha, buscando en especial la presencia de la niña, siempre tratando de aparearse a la muchacha y ha veces con la benevolencia de su madre, quien se hacia la desentendida cuando el le tocaba sus nalguitas, o se atrevía lanzar comentarios tales como, “como que ya le están creciendo sus chichitas”.
          Si la adolescencia ya la tenía a flor de piel y cada vez era mas agraciada con belleza corporal, algunos muchachos la chuleaban por las calles, destacando su bien conformado cuerpecito y la belleza de pelo, toda una florcita en medio de un arrabal de zarzales, rodeada de manadas de lobos hambrientos.
          En cierta ocasión cuando regresó de la escuela encontró en casa a su madre envuelta en un gran llanto y al mentado don Chomo quien la recibió con un intento de abrazarla. Ella se resistió y se apegó a su madre.
--- Mamá, que le pasa, tenía ratos de no verla llorar, que tiene, algo le hizo este viejo mie…---
---Viene el señor Chomo a reclamar el pago de una letra de la deuda y la verdad es que no tengo dinero para pagarla, por lo que me amenaza diciendo que me va a echar a la policía sino pago. ---
--- Además ofrece que la solución a la mano de la situación, es que yo te entregue con él para su servicio, que lo que ofrece es pagar por tu trabajo, y de allí descontaría los abonos de la deuda---
--- Por su puesta en mi casa --- comento Chomo.---vas a tener lo que se te antoje, donde vivir, comida y una que otra granjería según te portes --- continuó --- Así que no se hable mas tráete tu ropa, tus cosas y vamos!…
          Una vez sentenciada la cosa no hubo marcha atrás, la jovencita con una congoja en el corazón y unas cuantas lágrimas de rabia, optó por hacerle caso a la madre y salió del asentamiento que la había visto crecer, hacia la casa de agiotista, quien se frotaba las manos de haber conseguido el propósito de engatusarlas. 
          Los primeros días, efectuaba la limpieza de las habitaciones pero cuando llegaba su patrón buscaba mantenerse encerrada en un cuarto, que a pesar de que gozaba de algunas comodidades no le daba nada de confianza, especialmente cuando la otra empleada de la cocina se ausentaba.
          Una tarde mientras hacía sus labores en el interior de la sala comedor, apareció Chomo, quien ni lento, ni perezoso de lanzó en pos de ellas, tomándole de la cintura y acorralándola en una de las esquinas de la habitación. El bigote del hombre le pasó por la mejilla y los labios cubiertos de saliva le rozaron su boca, ella con sus brazos y manos intentó quitárselo de encima, hasta que la mano burda se la introdujo entre las piernas. Dio un brinco y logró zafarse hasta que en el intento de huir, cayó al suelo. Chomo le cayó encima y le dio tremendo bofetón en el cachete que la dejó sin sentido.
          Un par de horas después recuperó el sentido, se encontró desnuda en la cama del sátiro.
--- Me vendiste mamá--- era la frase que giraba por su mente.

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