En
el tapete de láminas acuñadas en diversas formas que se observan sembradas en
su mayoría con esqueletos de aluminio de las antenas de televisión y lazos
estirados con toda clases de ropa y trapos de colores que entretenidos se echan
a volar con el viento. Cientos de casas hechas de lepa y otras tantas vestidas
de cartón se apilan para contener el frío en las faldas de una pequeña colina,
bordada de caminitos con gradas de terrón. Con
desagües a flor de tierra matizada con fétidos olores de desechos y
lejía, chorrean en saltos de catarata hasta el fondo del barranco. Callejas que
salen y se desprenden de un amplio boulevard que divide a los desposeídos de
los afortunados de casas de concreto y verjas de perfiles de hierro pintado de
negro y alambre de púas que delimitaba el solar detentado por los acaudalados
que le hacen cambiar de nombre de barrial que se cae al abismo, a una planicie
llamada “Condado”
Avenidas
auxiliares que se tropiezan con portones eléctricos con guardianía, que franquea
la entrada de cualquier persona. Autos de todo lujo, limosinas de corte
oficial, seguidas por camionetas blindadas con un piquete de guaruras, que
apenas enseñan la nariz y apuntan sus
armas, en su afán de ocultismo cuando proveen de seguridad a un magnate o un
funcionario.
Por
dentro donde la vida es otra, las inmensas mansiones, se ven pálidas cuando los
postes en forma de candelabros encienden sus luces para señalar la zigzagueante
entrada a la
Quinta. Palaciegos lugares que se ven atiborrados de
superfluos festines de chicos bien, pudientes hombres de negocios que
ostentosos participan de las fulgurantes fiestas de oro y lujo. Un grupo de elegantes
vestidos de gendarmes, funcionan de acomodadores que se prestan entonces a dar
cabida a los invitados que se apean en la puerta, mientras su Mercedes o Jaguar
es llevado al área de parqueo. El aparato represivo del anfitrión ha puesto a
un grupo de fortachones quienes apostados en la puerta revisan las credenciales
de los asistentes.
Trajes
y joyas se entretienen en el centro de la pista donde las parejas se divierten
con la música de una banda que retumba sus timbales y su explosión de luces que
rebalsan en figurines de las bien dispuesta mesas de vestido elegante,
deambulan y se acomodan los pingüinos de
esmoquin, con efervescente copas de champagne, que encopetadas esperan con
vivas ansias y ojos desorbitados el desfile de las féminas llevadas para el
deleite de los invitados. Una bacanal que se antoja de muchos kilates, altas
modas desfile de de odaliscas en velos transparentes. Las mesas exquisitamente
decoradas que contienen figuras de maja
desnuda esculpida en hielo, abundantes viandas que van desde caviar extranjero,
huevos de parlama y otros tantos buqués de comida de mariscos, ricas recetas
afrodisíacas.
Después
de una fanfarrea un séquito de damas es puesta en fila de exposición, que
desciende de una escalinata en forma de caracol, con atuendos sensuales, como
que se efectuara una venta de esclavas. Los caballeros puestos de pie cada
quien se aproxima para hacer el contacto de las chicas de corta edad que
desfilan como regalos sensuales para los afortunados amigos del anfitrión. La
fiesta estalla con tiras y confetis que recrudece con lo sensual de los bailes,
que estremece el lugar con toda clase ademanes con carácter de orgía.
Las
habitaciones del segundo nivel se ven atiborradas con la frecuencia de visitas
por los sátiros, que corretean semidesnudos detrás de las damiselas que juegan
a las escondidas entre los almohadones y camas circulares de faldones de seda,
donde las cabriolas sexuales se adelantan a cualquier actividad de depravación.
En
uno de los salones una bella joven lucha denodadamente, mientras alguien la
empuja y la trata desvestir por encima de una mesa de billar, sus quejas y
gritos se ven minimizados por el escándalo de la fiesta de los alrededores. El
vestido de organdí le ha sido rasgado de la parte anterior, mientras ella se
niega a ser ultrajada por la fuerza. No sabe si cubrirse los senos o proteger
su ropa interior la que es jalada con violencia en todas direcciones. Se zafa y
se lanza hacia al suelo donde logra escabullirse de su atacante, quien la
persigue por todo el salón, la acorrala en una esquina y con fuerte bofetón la
hace caer al suelo. El triunfante hombre la recoge desmayada y la introduce en
el salón donde la posee con lujo de sadismo. Varias
horas después ella vuelve a su conciencia, ha sido dejada en uno de los sofás,
el silencio es la tónica, los restos de su traje apenas le sirven para cubrir
su vilipendiado cuerpo, la cabeza le da vueltas por los vinos y los
alucinógenos que le fueron suministrados, estos recién han terminado de surtir
sus efectos. Todo pasa por el cargo
de conciencia brevemente, pues ha recibido anticipado una buena suma de dinero,
para desempeñar su labor de diversión de sexo servidora; descalza se dirige
hacia los vestidores del primer nivel con el fin de recuperar la ropa propia.
En
el salón todo es un despilfarro, parejas tirados en el piso, borrachos que se
detienen de los balcones en búsqueda de la sobriedad y el equilibrio. Pero en
fin ella logra encontrar el camerino, donde unas chicas hacen la espera para
que las trasladen al punto del burdel de donde fueron recogidas.
En
un clásico mutismo abordan una furgoneta que las conduce a su destino.
--- Como que te fue mal?.--- le
interroga una de las chicas --- tenés tremendo bofetón en la mejía que vas a
necesitar ponerte hielo a una libra de bistec.---
--- Vaya sino, ---Y se toca el área,
haciendo una mueca de dolor---Ese hijo de p…, me golpeó….--- suelta unas
lágrimas --- Como que si en precio la paliza estuviera incluida…---
Tal
y como en su pasado, la bofetada le hace la memoria ese sufrimiento, que la
hizo sufrir en tanto representó en trauma del abuso a través del amante de su
madre, quien para mantenerla alejada de su lado, fue vendida a una red de trata
de blancas y puesta a disposición de los mejores enganchadores proxenetas, para
ofrecerla como trofeo. Era tan solo una jovencita de apenas 18 años de edad,
cuya belleza había impresionados a los mercaderes de la carne y calificada como
de primera clase.
--- Me vendiste mamá--- Era la frase
que giraba por su mente.
La
niña de la mano de su hermano menor transita ordenadamente rumbo a su covacha,
venía de la escuelita de párvulos del asentamiento, con sus sandalias de
plástico irrumpe en un de los caminos de tierra que metros mas abajo la banqueta de la entrada de su domicilio. La
puerta de hojalata con el anuncio de una bebida carbonatada que sirve de portal
está atrancada por lo que somata con los puños para dejarse escuchar, haciendo
que la mujer en su interior le permita el paso. La señora con evidente señales
de agitación, despeinada y desalineada, trata por todos los medios de alisarse
la falda y el delantal por encimo de ella.
--- Mamá…! Y a usted que le pasa, está
enferma?. ---
--- Nada mija, estaba ocupada allí
adentro.--- en ese instante aparece un hombre un tanto entrado en años,
arreglándose la camisa blanca dentro del cinturón del pantalón.--- Estaba arreglando unas
cuentas con don Chomo!.---
La
chica no le dice nada pero con la mirada le hace saber que sospecha de
cualquier mala pasada engarzada a la mentira le dice la madre.
Don
Chomo, que mientras se sacude su amplio bigote, se abre paso y casi sin decir
palabra abandona el lugar, en el umbral de la puerta mientras restriega el
cuello sucio de su atuendo, reclama:
--- Entonces vengo la semana
entrante por el resto, Blanquita y piense en el trato que le propuse.---
Sin
mas se retira mientras limpia con su pañuelo el sudor de su calvicie y con sus
toscas manos se sacude maliciosamente. De camino desaparece en los callejones
aledaños, silbando una tonada.
La
madre se dirige a la cama donde alisa las sábanas y sacude los alrededores,
como quien quiere olvidar el suceso y encontrarse con su realidad. La niña la
encara:
---Que tanto hace ese tal Chomo,
aquí en la covacha…---
---Hay mija, la vida está difícil y
con las deudas que dejó el desgraciado de tu tata, tengo que estar haciendo
cachitas para poder pagarle el dinerito que le debemos a este señor, que dicho
sea de paso se a portado gente con no meternos presos por el asunto…---
--- Ese don a mi no me agrada, no ve
pues que cuando se asoma por aquí, y usted no está, es mero manos ligeras,
quiere esta abrazándome, me apechuga y le gusta estar tentando, cosa que a mi
no me agrada. Con decirle que un día cuando regrese de la escuela, atranque la
puerta y me fui a palanganear en baño detrás del tonel, y no va creer, el viejo
shuco, no se como hizo y empujó tranca, me estaba vigiando cuando estaba sin
ropa, me asustó mamá y le tire una palangana de agua y se salió al darse cuenta
que usted venía.---
--- Esas son las cosas que le pasan
a uno cuando no hay hombre en la casa, y por cierto el mismo me ha estado
insistiendo que te de para que vayas a atenderlo a su casa como empleada.---
--- Ni se le vaya ocurrir hacerlo,
suficiente con lo que usted lo atiende…!, cuando viene y está sola---
Pasaban
los días y el tal Chomo frecuentaba la covacha, buscando en especial la presencia
de la niña, siempre tratando de aparearse a la muchacha y ha veces con la
benevolencia de su madre, quien se hacia la desentendida cuando el le tocaba
sus nalguitas, o se atrevía lanzar comentarios tales como, “como que ya le
están creciendo sus chichitas”.
Si
la adolescencia ya la tenía a flor de piel y cada vez era mas agraciada con
belleza corporal, algunos muchachos la chuleaban por las calles, destacando su
bien conformado cuerpecito y la belleza de pelo, toda una florcita en medio de
un arrabal de zarzales, rodeada de manadas de lobos hambrientos.
En
cierta ocasión cuando regresó de la escuela encontró en casa a su madre
envuelta en un gran llanto y al mentado don Chomo quien la recibió con un
intento de abrazarla. Ella se resistió y se apegó a su madre.
--- Mamá, que le pasa, tenía ratos
de no verla llorar, que tiene, algo le hizo este viejo mie…---
---Viene el señor Chomo a reclamar
el pago de una letra de la deuda y la verdad es que no tengo dinero para
pagarla, por lo que me amenaza diciendo que me va a echar a la policía sino
pago. ---
--- Además ofrece que la solución a
la mano de la situación, es que yo te entregue con él para su servicio, que lo
que ofrece es pagar por tu trabajo, y de allí descontaría los abonos de la
deuda---
--- Por su puesta en mi casa ---
comento Chomo.---vas a tener lo que se te antoje, donde vivir, comida y una que
otra granjería según te portes --- continuó --- Así que no se hable mas tráete
tu ropa, tus cosas y vamos!…
Una
vez sentenciada la cosa no hubo marcha atrás, la jovencita con una congoja en
el corazón y unas cuantas lágrimas de rabia, optó por hacerle caso a la madre y
salió del asentamiento que la había visto crecer, hacia la casa de agiotista,
quien se frotaba las manos de haber conseguido el propósito de engatusarlas.
Los
primeros días, efectuaba la limpieza de las habitaciones pero cuando llegaba su
patrón buscaba mantenerse encerrada en un cuarto, que a pesar de que gozaba de
algunas comodidades no le daba nada de confianza, especialmente cuando la otra
empleada de la cocina se ausentaba.
Una
tarde mientras hacía sus labores en el interior de la sala comedor, apareció
Chomo, quien ni lento, ni perezoso de lanzó en pos de ellas, tomándole de la
cintura y acorralándola en una de las esquinas de la habitación. El bigote del
hombre le pasó por la mejilla y los labios cubiertos de saliva le rozaron su
boca, ella con sus brazos y manos intentó quitárselo de encima, hasta que la
mano burda se la introdujo entre las piernas. Dio un brinco y logró zafarse hasta
que en el intento de huir, cayó al suelo. Chomo le cayó encima y le dio
tremendo bofetón en el cachete que la dejó sin sentido.
Un
par de horas después recuperó el sentido, se encontró desnuda en la cama del
sátiro.
--- Me vendiste mamá--- era la frase
que giraba por su mente.
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