En
el silencio de la tarde tibia, el arrastre de los vientos que le conducían a
través de la límpida agua, es el trayecto de la canoa que se desplazaba anónima
desde el oeste hasta despedir los últimos rayos del sol. El chapaleo de los
remos que se sumergían a la derecha e izquierda empujaba en pequeños tumbos las
olas que se mostraban como fustanes en la proa.
La Piraña el nombre, cuyo
caparazón se descascaraba de la pintura por su constante contacto con el agua
salóbrega del canal, el lanchón que había desembocado en la laguna, se atoraba
en ramas de un árbol caído. El lanchero en búsqueda del mejor sitio para su
artesanía de pesca acomoda la canoa cerca de la orilla donde el tul no ha
crecido suficiente. Las nubes de zancudos se han alborotado por la penumbra y
se dedican a ensartarse en la cobriza piel del lanchero. La piedra de regular
tamaño amarrada por la punta es lanzada como ancla, a su costado que la mantiene
firme, los escasos movimientos se producen cuando el hombre se pone de pie y
con tu atarraya en el brazo la lanza, apoyada con sus manos como un círculo casi perfecto al hace
contacto con la superficie del agua que se hunde por acción de los plomos que
tiene en sus bordes; con toda delicadeza la desplaza al borde superior mientras
la recoge acercándola a la proa, la sacude vigorosamente, mientras la deposita
sobre la borda sobre el piso. Uno que otro pez adormitado se encuentra atrapado
en tejida malla, estos brincan al sentirse fuera de su elemento, cada uno de
los capturados son depositados en un canasto que sirve de almacén a la pesca
del día. Otros cuatro intentos se ejecutan, pero al ver que es escasa la
producción decide abandonar la tarea, enrolla la malla y la acomoda en una
esquina, pone en práctica entonces sacando los botes con hilo nylon, coloca
carnada en el anzuelo y los dirige hacia el extremo donde se levantan las
lechugas.
Los
graznidos y los ruidos de las aves que aparecen al principio de la noche se esparcen en el vaho que asciende de
las aguas al cambiar el clima, el encanto de la noche se hace mas evidente al
no aparecer la luna que se encuentra escondida tras veraniega distancia, los
cientos de luceros que titilan en el límpido cielo inmerso en la oscurana, sin
asomo de nubes. Acomodado en su barca
sosteniendo los hilos, mientras en sus pensamientos están lo de la suerte de
ser un buen pescador.
El
sobón producido con el contacto de un fósforo con su caja de lumbre quema la punta de un cigarrillo que como un
tizón se disuelve en humo, cuando lo aspira y una nube le envuelve el rostro,
por debajo del sombrero. Los locos patos de agua se levantan asustados con sus
tradicionales ruidos y hacen su retorno a las lagunetas escondidas, cuando
algún animal grande, quizás un lagarto se lanza haciendo un escándalo al caer, lo
sigue un inesperado silencio que lo ubica en los alrededores, como una señal de
precaución por los predadores del agua, el resto de los sonidos es la sinfonía
natural que se produce en los bordes e interior del río, matizado por las ráfagas del ambiente húmedo
del lugar y el coro de los sapos que en variados tonos se acompasan con el
sonar de las chicharras.
El
nylon se atilinta y sobreviene algunos jalones, que lo ponen sobre aviso,
inmediatamente recoge el hilo que se ve recompensado con un guapote que viene
prendido al anzuelo. Al menos habrá algo para la comida. Repone la carnada y la
vuelve a lanzar.
El
tiempo transcurre junto al los acordes de la noche, que se humedece con el
sereno, a lo lejos se distingue un armonioso canto que circula por las mansas
agua, esto lo alerta, se distingue una aguda voz que cada vez se escucha mas
cercana y con mayor intensidad. Se pone de pie y trata de orientar su oído
hacia el lugar donde proviene el sonido, un frigorífico calosfrío le invade el cuerpo,
la piel como de gallina le crece como salpullido cuando en lontananza ve
aparecer otra canoa que lentamente se desplaza por la corriente de río, con una
fantasmagórica persona que la guía con una vara larga de bambú.
Cubierto
por el manto de la oscuridad se acurruca para darse por no enterado de la
proximidad del canto que proviene cada vez mas cerca de la lancha que se hace
en dirección hacia donde él se encuentra, la visibilidad se va haciendo cada
vez mejor ante la proximidad, el temor le invade pero se incorpora como
haciéndole fuerza a lo desconocido. Sentada en la proa una persona se muestra, se
distingue como una mujer envuelta en ropajes extraños y con un velo que le
cubre el rostro, la canoa continua su viaje hacia el encuentro, hacia él, colisionándole
por mitad, ensartándose cerca del centro, lo que lo hace caer de espaldas. Al
golpe reacciona sacando fuerzas de flaqueza enfrenta la situación, se acomoda
el sombrero y sostiene el corvo en su diestra.
Se
trata de una mujer cubierta con velos que se posesiona y se presenta flotando en el anden de la otra lancha,
mientras canta en tonos agudos se le acerca le invita. El la ve fijamente, la
belleza con el cuerpo desnudo lo seduce al despojarse de sus vestimentas
haciéndole caer en la tentación, al tenerla muy de cerca le intenta abrazar
convirtiéndose entonces, en un escuálido esqueleto que le envuelve en una nube
de energía malévola.
El
manto se posesionó del lanchero que cae fulminado por un rayo en el interior de
su canoa…
Cerca
del muelle donde el lodazal se hace grande, donde los cocos partidos en dos se
bambolean en la orilla, con el movimientos de las aguas, los restos de madera
se hacen parte de la marea, lugar donde varias canoas se sumergen hasta la
mitad con el embate de las olas, parece un cementerio de lanchas, allí volteada
con un agujero en el centro se encuentra semi destruida “La
Piraña”.
Dicen
que la encontraron parcialmente hundida y a la deriva, donde rescataron al
pescador que aún con vida se aferraba a no salir de ella, gritaba desaforado, con
la mente perdida y balbuceando incoherencias, encogido sobre su propio cuerpo,
tenía ataques de convulsiones.
Fue
llevado hasta su vivienda titiritando de frío o a lo mejor de miedo, la luz de
sus ojos se había perdido y los globos oculares estaban totalmente en blanco. Recibió
entonces sahumerios y baños de la chilca, fue visitado por los curanderos del
lugar, nada fue efectivo El hombre ahora deambula por los patios del rancho
apaciguadamente se deja pasar su tiempo sentado a la orilla de una hamaca, con
su ceguera total, y de mente perdida en la distancia de pensamientos ausentes.
Tarareando una canción desconocida. Cuando la luna se esconde se
escucha por las noches, una tonada que proviene del río, que lo hace que
se levante y cubra sus oídos.
Se
lo chupo la bruja del pantano opinan los conocedores del pueblo. La sirena de
mar que quedo atrapada en el río, al caer en el remolino de la boca barra.
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