lunes, 29 de junio de 2015

ADOLESCENTES



          Sonó presta la campana del patio de la escuela y el sonido del relajo se extendió por todos lados, el corretear de las alumnas se tornó en trepidante estampida al acercarse la hora de la salida. Una tras otra formaban filas con mochila en mano o acomodando sus libros en los brazos para hacer el final de una jornada de estudios. Repicó una vez mas, la regordeta directora alza su brazo con la pita en la mano obligando a través de una orden a que se retome el silencio. El banderazo de salida se hace y todas en orden forman filas para salir del establecimiento, las mas pequeñas a espera de sus padres quienes les esperan para conducirlas.
          El último pelotón se acerca al frontispicio, las mayores que con paso de señoritas salen a caminando no tan ligero hacia la banqueta de la boca calle. Un poco de colorete por allí, un pintalabios escondido o el coqueto arreglo del cabello las induce a penetrar a la aventura de tarde que se presta para ser admirada por los muchachos haciéndoles espera, se recuestan sobre las paredes de las casas vecinas.
          Los grupos les salen al encuentro sobre el tropel de las chicas que se diluyen entre saludos y empujones. En la esquina está Segismundo con una sudadera de color beige de una de esas Universidades gringas, que son el look de última moda, con un efímero saludo de su mano le hace saber a la joven un “aquí estoy, ven hacia mi”. Ella con su estilo especial de coquetería trota emocionada hacia su lado, se le enfrenta y con un saludo de choque de las palmas de las manos y luego de puños, le da un efusivo “Hola”. Le entrega su bolsón y juntos se abren espacio tomados de la mano entre los compañeros del grupo y se dirigen calle abajo.
          Una ráfaga de viento inunda el espacio que levanta la falda de la muchacha, a toda prisa ella con sus manos oculta sus piernas mientras se arrima a la pared. Un chiflido de alerta, y un que hermosas piernas es enviado por alguno de los compañeros, que se gozan de tan inesperado acontecimiento. Ella voltea su rostro y les hace fasciculaciones y les enseña la lengua, los aprovechados se retoza del espectáculo, la continua caminata se da con unos cuantos pasos abandonando el lugar abrazada de su pareja.
          La empedrada calle cuesta arriba se alarga entre los longevos árboles y marquesinas de jardín que los lleva hasta la cúpula del cielo. La iglesia del Cerro del Carmen, donde varias parejas ya se han hecho presentes en las bancas cubiertas de bougambilias, la fresca sombra les hace fiesta para detenerse a platicar, a mostrarse en caricias y besos del encuentro vespertino.
          Adelina hace un espacio y se sienta sobre la grama, cuidando que el uniforme no se ensucie y  la delate en casa de su ronda donde estuvo parte de su tiempo del final de la tarde. Después de invitarle a sentarse, pescuecea para ver si no hay alguien que pueda conocerla y lleve la mala nueva con su madre. Segismundo se sienta a la par y sin decir palabra arranca algunas hojas de la grama y las utiliza para hacerle cosquillas en sus orejas, mientras el rubor de su cara se hace presente, ella se recuesta sobre su hombro y luego como quien no quiere se le acerca y la besa. No hay muchas palabras, el brazo rodea su cintura y se repite el movimiento que termina con un estruendoso choque de labios.
          Tomados de la mano bajan haciendo freno sobre las piedras y la cuneta del camino, una sonrisa ilumina el rostro de ambos, ella lleva una corona en si pelo una petunia de tallo corto que le fue entregada para embellecerla. Los caminitos de laja que circundan el paseo serpentean a lo ancho del cerro, los recovecos de las glorietas les permite arrejuntarse en las bancas y repetir la dosis de los besos, el corazón se les agita y les hace rubicunda las mejillas. El ha perdido la cordura la aprieta en contra del paredón y las curiosas manos pasan entretenidas entre la falda y la blusa que se arrugan con los movimientos. Adelina se retira con su cuello  bañado de sudor y su respiración se torna agitada, empuja su pareja y se corre, tomada de la cintura aunque mostrando resistencia regresa a los brazos de Segismundo, quien la aprieta nuevamente y la atrae para acariciarle con su cachete parte del cuello, la niña un tanto incómoda lo retira nuevamente, pero luego se refugia en el pecho del agraciado. Le toma la mano y lo conduce por los caminos hacia la salida, caminando en círculos y danzando en cabriolas, para hacerse mas apetecida.
          Las palabras son cortas y escasas, no pasan de un te amo con pálida respuesta de UN delirante si YO TAMBIEN, lo que les pone la piel de gallina y los consume el éxtasis del momento. El la acerca y la abraza por la espalda, mientras ella recuesta su cabellera haciéndole cosquillas con su pelo, una suave sonrisa se dibuja en la cara de Adelina cuando le acaricia la oreja con la punta de su lengua.
          El hondo repicar de las campanas de bronce que provienen de la iglesia, les alerta que el tiempo ha transcurrido sin sentir y que los celajes se pintan en el cielo indicado que es el inicio de la tarde noche. Las seis de la tarde, las parvadas de aves se han iniciado a acomodar en las ramas de los bosques de los alrededores. Con un tanto de desesperación ella arrastra a su compañero hacia donde se encuentra la salida del parque, donde arregla y confecciona su uniforme y alisa su blusa, un medio retoque del cabello, presto para abandonar el sitio. Las tintineadas luces de alumbrado público empiezan a hacerse presentes en la parada del bus donde se han acumulado un buen número de personas que van en dirección a las colonias.
          Parado frente a la tienda de la esquina Segismundo observa a la chica de sus amores cuando aborda la camioneta y la busca  aparecer en alguna de las ventanas. En el penúltimo asiento se abre una ventana y la chica asoma su cabeza con su mano le lanza un beso a su enamorado que simplemente le hace una gesticulación de recibido y agrado ante tal momento
          Un te veo mañana vibra en el ambiente cuando después de la despedida lejana, el chico le mueve la mano, con una mirada de admirable orgullo y le muestra un corazón construido con sus manos dedicado con todo el sentimiento.
  

LA CIGARRA



          Pepe cigarra, asomando sus bigotes en el trasero de una hoja, sacudía en ronco estridor sus transparentes alas, el triste llamado a la naturaleza para las primeras lluvias.
---Chirrrriín…chirrín—y un ciento de veces restregaba su violineta para llamar la atención.
          Curioso asomaba sus ojos al cielo con la esperanza que aparezcan los nubarrones cargado de agua, en respuesta a su petitorio, somata sus patas traseras para hacerse ritmo y sacudiendo su esqueleto en armonía, insta que los miembros de su tropa le hagan segunda en la concertina de la cálida tarde.
          Los vientos corren del norte, empujando las nubes que se hacen retrecheras al pasar por las montañas, lo caliente del clima hace sudar a la tierra y llenar de sed a las plantas. El escuálido riachuelo se ha adelgazado por efecto de la dieta de lluvia y las rocas se broncean el lomo en las ardientes arenas.
          Los cantos de petitorio siguen como letanía mientras el cachetón sol mira a sus alrededores  adhiriéndose a la proclama. Las flores ya no suspiran, las hojas se disipan de color café cuando en franco deceso se arrastran por los suelos.
          Pepe cigarra y su prole, hacen un segundo aire para poner a tono los tambores y los violines, rascan con vehemencia bajo los matorrales, el último grito de protesta, pero el cielo se empecina en no  mostrar las lágrimas de chubasco.
---Chirrrriín…chirrín—y un ciento de veces mas se prolonga el discurso de los músicos.
---Chirrrriín…chirrín—y un ciento de veces,  el milagro se produce
          De pronto los negros nubarrones inundan el firmamento, los truenos se hacen acompañar de los relámpagos que alumbran con sorpresa la faz de la campiña. Dos, tres gotas se estrellan en el suelo y toda la comunidad se hace a la esperanza de voltear hacia el cielo. Otros truenos y el viento se hace el enojado, soplado arremolinadamente hacia la campiña, un leve chubasco que alborota el calor y las cigarras responde con un último canto.
          El diluvio se hace presente y la vida se hace nuevamente, el chapuzón sobre las flores las obliga a tomar un baño sin despojarse de sus pétalos, las lagartijas juegan a la pelota con las gotas que regocijan el milagro. Mientras los caminitos de agua se engordan para alimentas los riachuelos.
          Pepe cigarra, guarda sus instrumentos, el concierto ha terminado y los aplausos del final de la función se escuchan a lo largo de los jardines. La sinfonía fue todo un éxito, el público agradecido se hace al jaripeo para disfrutar la bendición de la lluvia

UN BESO




       Luego de sentir lo cercanos que se encontraban o cuan próximos se habían arrimado, al percibir lo tenue de su aliento, les seducía, enternecían a tal grado que llenaban de lágrimas sus pupilas, eso hacía resaltar los poros de la piel que se veían sacudidos por un calofrío en sul cuerpo. Un primer beso.
          Imaginando cosas, nubes y estrellas de cálidos sollozos que recorrían las puritanas ideas, con el candor de los sentidos plasmado en pálidos sueños de adolescentes, donde tres versos sacados de un papel, un guiño de tierno atardecer, lo necesario para iniciar un vínculo de dos patojos que se encontraban en los albores de la vida.
          Tomados de las manos en el secreto de una esquina, pespuntaban en piropos los monosílabos de una charla de todo sentimiento. Un SI, con solicitud muy distinguida de abrazo prendido a la cintura y un beso cálido, suave no más que el roce de labios, en el filo de una banqueta.
          La alegría inmensa con un cerrar de ojos con despertar ilusionado. Seguido de la emoción, sin olvido, sin cargo de conciencias de una primera vez, que aún con sabor a miel, era pináculo de una travesura. Ese único beso que transformaría en insomnio las estrofas de una canción en aventura.

jueves, 25 de junio de 2015

SELVA DE CAK´IC Y BOJ



          Rincón de la tierra salvaje, que huele a hormigo de marimba, con lagos de azul cielo que reposan en las verdes colas del Quetzal. Frondosos sauces milenarios que se yerguen hacia el cielo y son remembranza del pasado indiano. Entre cruces y monumentos piramidales en medio de la selva de concertina criolla. Allí es donde deambulan los saraguates encantados, de columpios sobre verdes lianas arropando sus gritos de caudillos inocentes.    Aguadas y lagunetas milenarias que reviven las sabanas, con los peces tradicionales, el blanco y los caracoles faroleros que rondan en las aguas como guardianas de los swampos. Manto de pescadores, asiento de patos silvestres que sacuden sus alas para espantar el calor de la temporada. Escuchando el trote de los elegantes venados que recorren los pastizales en busca de sus prolongada época de celo.
          Veredas adornadas con ramas de pimienta gorda y flores de pito, que recorren como multitud el paso del jabalí; al vuelo las guacamayas multicolores prendidas y en danzas de sutil movimiento sobre los chico zapote. En sus faldas prestos emergen desperdigados los monolitos enfrentados cara al sol, que envejecen con los jeroglíficos, iluminados con sus máscaras de faenas de chirimía eterna.
          Historia de deidades, caciques de gran alcurnia, curanderos de las artes que esculpieron en piedra las voces y las pinturas sagradas. Como las descendencias de los hijos del jaguar y la culebra alada que se maquillan en la misteriosa y sempiterno campiña. Allá en el infinito, se planta la portentosa estructura de escalinatas y piedras que asombran a los propios y extraños “El Gran Jaguar”, milenario vestigio de la cultura de un pueblo, como un lienzo pintado en el cielo cubierto de ramas de árboles que respiran en señorial abolengo, cuando se adorna en las plazas del pueblo.
          En las orillas selváticas alrededor, se escuchan los chillidos de los monos acróbatas que celebran en conjunto con las parvadas de las aves que en maromas saludan al gigante, mientras los místicos sacerdotes se empinan en la cúspide mostrando las tinajas del POM, que en serpenteantes listones de humo que se encumbra hacia los aposentos del dios TZULTAKA, en busca de bendiciones en pos de las cosechas del ciclo. Oraciones en lengua Maya, responsos de humildes pedidos a la naturaleza para la subsistencia.
          Los pobladores que artesanalmente se entregan al trabajo fecundo del cultivo de la tierra y a sus insólitos artes de escultura, se acomodan en los mercados con el fin de ofrecer sus tesoros de barro y plumas, de Jade. Chinchines de tecomate con piedras en su interior para ensamblar el ritmo de las melodías de chirimía y cascarón de tortuga.    
          Las mujeres en otros menesteres, el tejido multicolor y la elaboración de del Cak´ic o el atol de masa con frijol y chile. Las demás se aglomeran a la orilla de la entrada del río a hacer su oficio de lavado de ropa, amarrada su cabeza y descubriendo el pecho por ausencia del güipil, mostrando su morena piel, de pecho estilizados con sabor juvenil sin haber amamantado. Otras con el niño a tuto, en su envolvente perraje de vivos rojos dispuestas entre voces de arrullo a adormitar con su clásico meneadito. La límpida corriente bordea sus cuerpos parcialmente cubierto con el corte, sumidas en la charla y parloteo de las cosas del mandado y los chismes del poblado.
          La procesión se hace con tinaja al cinto, que les hace mover las caderas en el equilibrio que les da el muchachito en brazos y el canasto de ropa en la cabeza... Las hijas diez añeras colaboran en llevar prendidas al corte a los más pequeños, que completan la caravana de multicolor de una familia numerosa.
          La plaza mayor punto de reunión se ve atiborrado de las hojas de Xate, manadas de chuntos a punto de sacrificio, que cantan sus últimos sonsonetes antes de ser usados en la gastronomía. Los volcanes de hojas de sal y el sibaque materiales necesarios para la celebración de la toma del caldo de chunto y los tamales blancos. Las ollas de Boj resplandecen calientes como el Elixir  de la bebida de los dioses…

DESAYUNO



           Tu cuerpo reposa entre almohadones, sedas indelebles que delinean en reposo el sueño de una musa de tierna portada que muestra sus atributos de mujer, entre fábulas y seducción.
          Hoy quiero verte de madrugada, presenciar la aurora de cálido amanecer. Salir de entre las sábanas para contemplar como los pajarillos te cantan a la vida. El milagro de un nuevo día.
          Al murmullo de las calles que recorren los citadinos en el corre y corre del trabajo, bullangueros niños que en parvadas desfilan alegremente hacia la escuela. Un ambulante que ofrece con su pregón las noticias pintadas en un tabloide, opacados únicamente por los rechinidos de un humeante bus urbano
          El fresco olor de un desayuno tradicional circula por tu habitación, ese olor a café recién percolado y el rico aroma de champurrada calientita, los bollos dorados de los recién salidos del horno, que nos invita a degustar un suculento plato de frijol en pepita y un par de huevos estrellados.
          Te veo cubierta de ese velo delicado, de pantuflas rosadas y exquisita bata semi transparente, elegante presencia cuando asomas en el desayunador con un turbante de toalla, como recién salida de la ducha. Que contraste esos bellos ojos aun no delineados por el maquillaje  con el arpegio de mujer con aroma a belleza. Cuando cruzas coquetamente las piernas muestras radiante uno de los muslos.
          En tus delicadas manos obran unos bollos recién untados de mantequilla, que se antojan deliciosos, se derriten entre tus sensuales labios. Una servilleta bordada de corazones te sirven para limpiar la comisuras, en una extravagante manera de coquetería.
          Verte en el tras luz de la ventana mueve mis instintos de un sensual sortilegio que delinean lo bien conformado cuerpo. Se agitan las pasiones y se engalana el pensamiento de una pintura medieval que resalta tras los velos un apasionado conjunto de ideales y pecado.