Sonó
presta la campana del patio de la escuela y el sonido del relajo se extendió
por todos lados, el corretear de las alumnas se tornó en trepidante estampida
al acercarse la hora de la salida. Una tras otra formaban filas con mochila en
mano o acomodando sus libros en los brazos para hacer el final de una jornada
de estudios. Repicó una vez mas, la regordeta directora alza su brazo con la
pita en la mano obligando a través de una orden a que se retome el silencio. El
banderazo de salida se hace y todas en orden forman filas para salir del
establecimiento, las mas pequeñas a espera de sus padres quienes les esperan
para conducirlas.
El
último pelotón se acerca al frontispicio, las mayores que con paso de señoritas
salen a caminando no tan ligero hacia la banqueta de la boca calle. Un poco de
colorete por allí, un pintalabios escondido o el coqueto arreglo del cabello
las induce a penetrar a la aventura de tarde que se presta para ser admirada
por los muchachos haciéndoles espera, se recuestan sobre las paredes de las
casas vecinas.
Los
grupos les salen al encuentro sobre el tropel de las chicas que se diluyen
entre saludos y empujones. En la esquina está Segismundo con una sudadera de
color beige de una de esas Universidades gringas, que son el look de última
moda, con un efímero saludo de su mano le hace saber a la joven un “aquí estoy,
ven hacia mi”. Ella con su estilo especial de coquetería trota emocionada hacia
su lado, se le enfrenta y con un saludo de choque de las palmas de las manos y
luego de puños, le da un efusivo “Hola”. Le entrega su bolsón y juntos se abren
espacio tomados de la mano entre los compañeros del grupo y se dirigen calle
abajo.
Una
ráfaga de viento inunda el espacio que levanta la falda de la muchacha, a toda
prisa ella con sus manos oculta sus piernas mientras se arrima a la pared. Un
chiflido de alerta, y un que hermosas piernas es enviado por alguno de los
compañeros, que se gozan de tan inesperado acontecimiento. Ella voltea su
rostro y les hace fasciculaciones y les enseña la lengua, los aprovechados se retoza
del espectáculo, la continua caminata se da con unos cuantos pasos abandonando
el lugar abrazada de su pareja.
La
empedrada calle cuesta arriba se alarga entre los longevos árboles y
marquesinas de jardín que los lleva hasta la cúpula del cielo. La iglesia del
Cerro del Carmen, donde varias parejas ya se han hecho presentes en las bancas
cubiertas de bougambilias, la fresca sombra les hace fiesta para detenerse a
platicar, a mostrarse en caricias y besos del encuentro vespertino.
Adelina
hace un espacio y se sienta sobre la grama, cuidando que el uniforme no se
ensucie y la delate en casa de su ronda donde
estuvo parte de su tiempo del final de la tarde. Después de invitarle a
sentarse, pescuecea para ver si no hay alguien que pueda conocerla y lleve la
mala nueva con su madre. Segismundo se sienta a la par y sin decir palabra
arranca algunas hojas de la grama y las utiliza para hacerle cosquillas en sus
orejas, mientras el rubor de su cara se hace presente, ella se recuesta sobre
su hombro y luego como quien no quiere se le acerca y la besa. No hay muchas
palabras, el brazo rodea su cintura y se repite el movimiento que termina con
un estruendoso choque de labios.
Tomados
de la mano bajan haciendo freno sobre las piedras y la cuneta del camino, una
sonrisa ilumina el rostro de ambos, ella lleva una corona en si pelo una
petunia de tallo corto que le fue entregada para embellecerla. Los caminitos de
laja que circundan el paseo serpentean a lo ancho del cerro, los recovecos de
las glorietas les permite arrejuntarse en las bancas y repetir la dosis de los
besos, el corazón se les agita y les hace rubicunda las mejillas. El ha perdido
la cordura la aprieta en contra del paredón y las curiosas manos pasan entretenidas
entre la falda y la blusa que se arrugan con los movimientos. Adelina se retira
con su cuello bañado de sudor y su
respiración se torna agitada, empuja su pareja y se corre, tomada de la cintura
aunque mostrando resistencia regresa a los brazos de Segismundo, quien la
aprieta nuevamente y la atrae para acariciarle con su cachete parte del cuello,
la niña un tanto incómoda lo retira nuevamente, pero luego se refugia en el
pecho del agraciado. Le toma la mano y lo conduce por los caminos hacia la
salida, caminando en círculos y danzando en cabriolas, para hacerse mas
apetecida.
Las
palabras son cortas y escasas, no pasan de un te amo con pálida respuesta de UN
delirante si YO TAMBIEN, lo que les pone la piel de gallina y los consume el
éxtasis del momento. El la acerca y la abraza por la espalda, mientras ella
recuesta su cabellera haciéndole cosquillas con su pelo, una suave sonrisa se
dibuja en la cara de Adelina cuando le acaricia la oreja con la punta de su
lengua.
El
hondo repicar de las campanas de bronce que provienen de la iglesia, les alerta
que el tiempo ha transcurrido sin sentir y que los celajes se pintan en el
cielo indicado que es el inicio de la tarde noche. Las seis de la tarde, las
parvadas de aves se han iniciado a acomodar en las ramas de los bosques de los
alrededores. Con un tanto de desesperación ella arrastra a su compañero hacia
donde se encuentra la salida del parque, donde arregla y confecciona su
uniforme y alisa su blusa, un medio retoque del cabello, presto para abandonar
el sitio. Las tintineadas luces de alumbrado público empiezan a hacerse
presentes en la parada del bus donde se han acumulado un buen número de
personas que van en dirección a las colonias.
Parado
frente a la tienda de la esquina Segismundo observa a la chica de sus amores
cuando aborda la camioneta y la busca
aparecer en alguna de las ventanas. En el penúltimo asiento se abre una
ventana y la chica asoma su cabeza con su mano le lanza un beso a su enamorado
que simplemente le hace una gesticulación de recibido y agrado ante tal momento
Un
te veo mañana vibra en el ambiente cuando después de la despedida lejana, el
chico le mueve la mano, con una mirada de admirable orgullo y le muestra un
corazón construido con sus manos dedicado con todo el sentimiento.