jueves, 25 de junio de 2015

SELVA DE CAK´IC Y BOJ



          Rincón de la tierra salvaje, que huele a hormigo de marimba, con lagos de azul cielo que reposan en las verdes colas del Quetzal. Frondosos sauces milenarios que se yerguen hacia el cielo y son remembranza del pasado indiano. Entre cruces y monumentos piramidales en medio de la selva de concertina criolla. Allí es donde deambulan los saraguates encantados, de columpios sobre verdes lianas arropando sus gritos de caudillos inocentes.    Aguadas y lagunetas milenarias que reviven las sabanas, con los peces tradicionales, el blanco y los caracoles faroleros que rondan en las aguas como guardianas de los swampos. Manto de pescadores, asiento de patos silvestres que sacuden sus alas para espantar el calor de la temporada. Escuchando el trote de los elegantes venados que recorren los pastizales en busca de sus prolongada época de celo.
          Veredas adornadas con ramas de pimienta gorda y flores de pito, que recorren como multitud el paso del jabalí; al vuelo las guacamayas multicolores prendidas y en danzas de sutil movimiento sobre los chico zapote. En sus faldas prestos emergen desperdigados los monolitos enfrentados cara al sol, que envejecen con los jeroglíficos, iluminados con sus máscaras de faenas de chirimía eterna.
          Historia de deidades, caciques de gran alcurnia, curanderos de las artes que esculpieron en piedra las voces y las pinturas sagradas. Como las descendencias de los hijos del jaguar y la culebra alada que se maquillan en la misteriosa y sempiterno campiña. Allá en el infinito, se planta la portentosa estructura de escalinatas y piedras que asombran a los propios y extraños “El Gran Jaguar”, milenario vestigio de la cultura de un pueblo, como un lienzo pintado en el cielo cubierto de ramas de árboles que respiran en señorial abolengo, cuando se adorna en las plazas del pueblo.
          En las orillas selváticas alrededor, se escuchan los chillidos de los monos acróbatas que celebran en conjunto con las parvadas de las aves que en maromas saludan al gigante, mientras los místicos sacerdotes se empinan en la cúspide mostrando las tinajas del POM, que en serpenteantes listones de humo que se encumbra hacia los aposentos del dios TZULTAKA, en busca de bendiciones en pos de las cosechas del ciclo. Oraciones en lengua Maya, responsos de humildes pedidos a la naturaleza para la subsistencia.
          Los pobladores que artesanalmente se entregan al trabajo fecundo del cultivo de la tierra y a sus insólitos artes de escultura, se acomodan en los mercados con el fin de ofrecer sus tesoros de barro y plumas, de Jade. Chinchines de tecomate con piedras en su interior para ensamblar el ritmo de las melodías de chirimía y cascarón de tortuga.    
          Las mujeres en otros menesteres, el tejido multicolor y la elaboración de del Cak´ic o el atol de masa con frijol y chile. Las demás se aglomeran a la orilla de la entrada del río a hacer su oficio de lavado de ropa, amarrada su cabeza y descubriendo el pecho por ausencia del güipil, mostrando su morena piel, de pecho estilizados con sabor juvenil sin haber amamantado. Otras con el niño a tuto, en su envolvente perraje de vivos rojos dispuestas entre voces de arrullo a adormitar con su clásico meneadito. La límpida corriente bordea sus cuerpos parcialmente cubierto con el corte, sumidas en la charla y parloteo de las cosas del mandado y los chismes del poblado.
          La procesión se hace con tinaja al cinto, que les hace mover las caderas en el equilibrio que les da el muchachito en brazos y el canasto de ropa en la cabeza... Las hijas diez añeras colaboran en llevar prendidas al corte a los más pequeños, que completan la caravana de multicolor de una familia numerosa.
          La plaza mayor punto de reunión se ve atiborrado de las hojas de Xate, manadas de chuntos a punto de sacrificio, que cantan sus últimos sonsonetes antes de ser usados en la gastronomía. Los volcanes de hojas de sal y el sibaque materiales necesarios para la celebración de la toma del caldo de chunto y los tamales blancos. Las ollas de Boj resplandecen calientes como el Elixir  de la bebida de los dioses…

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