Rincón
de la tierra salvaje, que huele a hormigo de marimba, con lagos de azul cielo
que reposan en las verdes colas del Quetzal. Frondosos sauces milenarios que se
yerguen hacia el cielo y son remembranza del pasado indiano. Entre cruces y
monumentos piramidales en medio de la selva de concertina criolla. Allí es donde
deambulan los saraguates encantados, de columpios sobre verdes lianas arropando
sus gritos de caudillos inocentes. Aguadas
y lagunetas milenarias que reviven las sabanas, con los peces tradicionales, el
blanco y los caracoles faroleros que rondan en las aguas como guardianas de los
swampos. Manto de pescadores, asiento de patos silvestres que sacuden sus alas
para espantar el calor de la temporada. Escuchando el trote de los elegantes
venados que recorren los pastizales en busca de sus prolongada época de celo.
Veredas
adornadas con ramas de pimienta gorda y flores de pito, que recorren como
multitud el paso del jabalí; al vuelo las guacamayas multicolores prendidas y
en danzas de sutil movimiento sobre los chico zapote. En sus faldas prestos
emergen desperdigados los monolitos enfrentados cara al sol, que envejecen con
los jeroglíficos, iluminados con sus máscaras de faenas de chirimía eterna.
Historia
de deidades, caciques de gran alcurnia, curanderos de las artes que esculpieron
en piedra las voces y las pinturas sagradas. Como las descendencias de los
hijos del jaguar y la culebra alada que se maquillan en la misteriosa y
sempiterno campiña. Allá en el infinito, se planta la portentosa estructura de
escalinatas y piedras que asombran a los propios y extraños “El Gran Jaguar”,
milenario vestigio de la cultura de un pueblo, como un lienzo pintado en el
cielo cubierto de ramas de árboles que respiran en señorial abolengo, cuando se
adorna en las plazas del pueblo.
En
las orillas selváticas alrededor, se escuchan los chillidos de los monos
acróbatas que celebran en conjunto con las parvadas de las aves que en maromas
saludan al gigante, mientras los místicos sacerdotes se empinan en la cúspide
mostrando las tinajas del POM, que en serpenteantes listones de humo que se
encumbra hacia los aposentos del dios TZULTAKA, en busca de bendiciones en pos
de las cosechas del ciclo. Oraciones en lengua Maya, responsos de humildes
pedidos a la naturaleza para la subsistencia.
Los
pobladores que artesanalmente se entregan al trabajo fecundo del cultivo de la
tierra y a sus insólitos artes de escultura, se acomodan en los mercados con el
fin de ofrecer sus tesoros de barro y plumas, de Jade. Chinchines de tecomate
con piedras en su interior para ensamblar el ritmo de las melodías de chirimía
y cascarón de tortuga.
Las
mujeres en otros menesteres, el tejido multicolor y la elaboración de del
Cak´ic o el atol de masa con frijol y chile. Las demás se aglomeran a la orilla
de la entrada del río a hacer su oficio de lavado de ropa, amarrada su cabeza y
descubriendo el pecho por ausencia del güipil, mostrando su morena piel, de pecho
estilizados con sabor juvenil sin haber amamantado. Otras con el niño a tuto,
en su envolvente perraje de vivos rojos dispuestas entre voces de arrullo a
adormitar con su clásico meneadito. La límpida corriente bordea sus cuerpos
parcialmente cubierto con el corte, sumidas en la charla y parloteo de las
cosas del mandado y los chismes del poblado.
La
procesión se hace con tinaja al cinto, que les hace mover las caderas en el
equilibrio que les da el muchachito en brazos y el canasto de ropa en la cabeza...
Las hijas diez añeras colaboran en llevar prendidas al corte a los más
pequeños, que completan la caravana de multicolor de una familia numerosa.
La
plaza mayor punto de reunión se ve atiborrado de las hojas de Xate, manadas de
chuntos a punto de sacrificio, que cantan sus últimos sonsonetes antes de ser
usados en la gastronomía. Los volcanes de hojas de sal y el sibaque materiales
necesarios para la celebración de la toma del caldo de chunto y los tamales
blancos. Las ollas de Boj resplandecen calientes como el Elixir de la bebida de los dioses…
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