Imaginando
cosas, nubes y estrellas de cálidos sollozos que recorrían las puritanas ideas,
con el candor de los sentidos plasmado en pálidos sueños de adolescentes, donde
tres versos sacados de un papel, un guiño de tierno atardecer, lo necesario
para iniciar un vínculo de dos patojos que se encontraban en los albores de la
vida.
Tomados
de las manos en el secreto de una esquina, pespuntaban en piropos los
monosílabos de una charla de todo sentimiento. Un SI, con solicitud muy
distinguida de abrazo prendido a la cintura y un beso cálido, suave no más que el
roce de labios, en el filo de una banqueta.
La
alegría inmensa con un cerrar de ojos con despertar ilusionado. Seguido de la
emoción, sin olvido, sin cargo de conciencias de una primera vez, que aún con
sabor a miel, era pináculo de una travesura. Ese único beso que transformaría
en insomnio las estrofas de una canción en aventura.
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