Prendido
en su habitación de muelles y bielas, el pajarillo se estaciona frente a la
ventana de su salida. Su nido, el reloj fue enclavado en la pared de la sala, la
figura de la fachada es un modelo de casita de madera forjada es la carátula de
un antiguo reloj de mil batallas. El péndulo milenario se mueve en un tictac al
aire mientras mira de sur a norte, se estira hacia el suelo recordando el
tronco de una palmera . Su carátula pintada de blanco, como la luna en
plenilunio, cuyas pistas dan los recorridos en redondo de las maratonistas que
se alistan a corren como en el velódromo al rededor de un centro donde nacen las
atletas, trío de agujas que recorren una detrás de otra a un ritmo diferente.
La delgada, finita corretea en segundos los doce espacios de cinco palitos que
desembocan en los números del 1 al 12, la larguirucha de mediana velocidad que
se santigua cada 60 brincos de la anterior, dando un pasito y que marca
básicamente en forma parsimoniosa, movimientos
acompasados de minutos que empujan a la corta y regordetas que se sienta en su
lentitud a la espera todo el recorrido de una vuelta marcando cada hora que le
da el banderazo cuando sale para que después de estacionarse en cada uno de los
números grandes que coronan el silencio de cada una de las 24 que marcan un
día.
Cada
vez que la fina y la larga se juntan en
el copete de las 12, entonces camina la
corta que le ha costado caminar, entonces un fenómeno se produce: Se abre la
ventana en la carátula y de un instante sale un pajarillo, hace su saludo
aristocrático y el discurso de CU-CU se hace presente además, las campanas del
interior de la caja que de una escala descendente de repiques de cilindros
metálicos señalando una cantidad de veces que representan el número de horas
que corresponde.
Así
se llevan los segundos, los minutos y las horas, proyectando en medidas toda
una vida, con los viajes mágicos del pajarillo.
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