El
retrato en medio de la oscuridad, prendido de moho, un recuerdo que cuelga
solitario en la buhardilla del salón, colocado con algún propósito. Ya lejos de
la vidriera desalineada como única entrada de luz, se encuentra vestido de
telarañas, bañado en polvo y rocío de polilla. Con los vidrios viejos, opacos en puntos de resaca que
disimulan estáticos la fotografía de una inolvidable pareja que se tomaban
cariñosamente de la mano y lucían sus elegantes, vestimentas traje de anchas solapas,
leontina de oro y levita, y la dama de largos vestidos a toda pompa, de guantes
largos y sombrilla recostada en su brazo que cuelga con toda elegancia y
sombrero de organdí.
En
la habitación hacía gala de sus muebles antiguos, sillas forradas de terciopelo
que por el tiempo se habían ennegrecido, cojines bordados con el típico olor ha
guardado, varias mesas que se recostaban en sus deterioradas tres patas, cubiertas
con una fina capa de polvo. En centro de la habitación, un florero de gardenias
marchitas se despenicaban por su costado y se caían cuando el escaso viento
soplaba a través de la puerta con el asomo al verse sacudidas por las cortinas
que franquean la entrada.
Truena
el picaporte, rechina la hoja de la puerta cuando de puntitas se presenta la sombra
del mayordomo, en sus manos carga una bandeja con una pletórica copa, dirigiéndose
al fondo donde un sofá que se encuentra de espalda. Se inclina a un costado y
ofrece la bebida al sujeto que reposa contencioso en el lugar. Después de dos
flemosas y desgarradoras tosidas, se incorpora, se empina la copa la coloca sobre el borde del taburete
a su izquierda, levanta la mano y con un pañuelo despide al ujier.
Como
a hurtadillas la sombra se desvanece del lugar y la soledad se hace silenciosa
una vez más. El tipo se incorpora y levanta los brazos para estirar su
humanidad. Camina arrastrando parsimoniosamente sus pantuflas, con sus huesudas
manos entre las bolsas, se dirige hacia donde permanece prendido el cuadro.
Saca sus espejuelos y mira fijamente la fotografía.
El
recuerdo le hace renacer una historia en los confines de la memoria, se pasa la
mano sobre la frente que le hace gesticular de dolor, luego somata fuertemente
con el puño la pared, lleno de congoja y con lágrimas en sus hundidos ojos,
moja las arrugas de sus párpados, luego
susurra débilmente:
“Tantos años han pasado, cuando tu
ausencia se volvió definitiva y se tornó nada mas que un recuerdo unas cuantas
lágrimas fueron despedidas y derramadas con pena en mi conciencia.”
“esta vida se tornó en un suplicio
sin tu presencia. Esta fotografía es tan solo una herida que abre junto a mis inolvidables
recuerdos, una herida que se desangra poco a poca”.
Retornó
a su butaca toma la copa e ingiere el resto de su contenido y se desploma
pesadamente… a dormir el sueño de los justos.
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