jueves, 17 de septiembre de 2015

EL RETRATO



          El retrato en medio de la oscuridad, prendido de moho, un recuerdo que cuelga solitario en la buhardilla del salón, colocado con algún propósito. Ya lejos de la vidriera desalineada como única entrada de luz, se encuentra vestido de telarañas, bañado en polvo y rocío de polilla. Con los  vidrios viejos, opacos en puntos de resaca que disimulan estáticos la fotografía de una inolvidable pareja que se tomaban cariñosamente de la mano y lucían sus elegantes, vestimentas traje de anchas solapas, leontina de oro y levita, y la dama de largos vestidos a toda pompa, de guantes largos y sombrilla recostada en su brazo que cuelga con toda elegancia y sombrero de organdí.
          En la habitación hacía gala de sus muebles antiguos, sillas forradas de terciopelo que por el tiempo se habían ennegrecido, cojines bordados con el típico olor ha guardado, varias mesas que se recostaban en sus deterioradas tres patas, cubiertas con una fina capa de polvo. En centro de la habitación, un florero de gardenias marchitas se despenicaban por su costado y se caían cuando el escaso viento soplaba a través de la puerta con el asomo al verse sacudidas por las cortinas que franquean la entrada.
          Truena el picaporte, rechina la hoja de la puerta cuando de puntitas se presenta la sombra del mayordomo, en sus manos carga una bandeja con una pletórica copa, dirigiéndose al fondo donde un sofá que se encuentra de espalda. Se inclina a un costado y ofrece la bebida al sujeto que reposa contencioso en el lugar. Después de dos flemosas y desgarradoras tosidas, se incorpora, se empina  la copa la coloca sobre el borde del taburete a su izquierda, levanta la mano y con un pañuelo despide al ujier.
          Como a hurtadillas la sombra se desvanece del lugar y la soledad se hace silenciosa una vez más. El tipo se incorpora y levanta los brazos para estirar su humanidad. Camina arrastrando parsimoniosamente sus pantuflas, con sus huesudas manos entre las bolsas, se dirige hacia donde permanece prendido el cuadro. Saca sus espejuelos y mira fijamente la fotografía.
          El recuerdo le hace renacer una historia en los confines de la memoria, se pasa la mano sobre la frente que le hace gesticular de dolor, luego somata fuertemente con el puño la pared, lleno de congoja y con lágrimas en sus hundidos ojos, moja  las arrugas de sus párpados, luego susurra débilmente:
“Tantos años han pasado, cuando tu ausencia se volvió definitiva y se tornó nada mas que un recuerdo unas cuantas lágrimas fueron despedidas y derramadas con pena en mi conciencia.”
“esta vida se tornó en un suplicio sin tu presencia. Esta fotografía es tan solo una herida que abre junto a mis inolvidables recuerdos, una herida que se desangra poco a poca”.
          Retornó a su butaca toma la copa e ingiere el resto de su contenido y se desploma pesadamente… a dormir el sueño de los justos.

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