jueves, 17 de septiembre de 2015

LA ODALISCA



          El canto de las aves amaneció junto al resplandeciente sol y el fresco rocío danzando en los vientos matinales a la espera del calor del verano. Recostada en la hamaca del patio una joven estiraba sus brazos sacudiendo la modorra del sueño, su estética figura se incorporaba mientras los vaivenes rechinaban en los güindados lazos de las armellas. El remanso de sus pensamientos circula trascendentes en su memoria, mientras jugueteaba con un libro de lectura que porta en sus manos. De a poco se acomodaba un tanto de lado para imaginarse que la oda proyectada en su mente con los arabescos personajes le traía historias épicas a su pensamiento. Después de colocar el libro abierto sobre su pecho, mira hacia el cielo y suspira con un hondo sentimiento, cierra sus ojos y en minutos transcurren acelerados junto a su corazón, la vorágine de la fantasía revolotea en imágenes de un drama, un capítulo de amor, que le angustia por su contenido reflejado en las letras de la narrativa. Retoma, entonces a la lectura con toda su atención:
          En el pasadizo del palacio, una odalisca recorre junto a sus escoltas hasta la habitación del sultán, sus elegantes vestimentas de transparente sedalina,  se encienden con el sonido de las lentejas de oro y plata que le tintinean alrededor de su velos que cubren  las escasas sedas que apenas cubren su morena piel, la sensualidad que se ve reflejadas con la poca luz que penetra en el umbral del recinto.
            Sin decir palabra se acerca sumisamente hasta el lecho del gran señor quien le toma de la mano y hace que se detenga frente  a él. Su mano calzada con anillos en cada dedo recorren suavemente su cuello deshilando lo negro de su cabello que cae delicadamente sobre su espalda: un broche se suelta descubriendo su espalda y mientras el vestido se escurre descubre sus bellos senos que denotan un fino temblor, su recorrido hacia el abdomen y se solaza con una piedra preciosa que se engarza en el ombligo y enseña el contorno de sus entre piernas.
            Toda una hermosa mujer, de pies a cabeza, de ojos grandes y negros, que el portento de su belleza enseña mas que humildad quizás miedo al verse totalmente despojada de sus vestimentas. Las seductoras líneas de sus caderas que adornan sus delicados muslos, completan la radiante armonía de una morisca exuberante.
            El se acerca por la espalda y seduce con sus labios el contorno de los hombros, la secuencia de una fina barba que le afronta calofríos, cuando con sus hábiles manos recrean sus senos. En un mutismo extremo el Sultán le da una vuelta de noventa grados y la envuelve en su túnica de terciopelo, elegantemente con misticismo, bordada en sus orillas con pespuntes de oro de filigrana y piedras preciosas. Ella cierra sus ojos y cae de su peso, en su escasa voluntad sobre los brazos del amo, quien la deposita en los almohadones de su lecho…
            Los maravillosos rayos del astro rey se enseñan por los balcones de la habitación, junto a la esquina de la cama se arropa en cuclillas la concubina, lágrimas brotan de sus ojos, cuando las canciones del amanecer le hacen conciencia de su trágico final.
            El sultán ha dado sus órdenes y las damiselas asistentes, corren oficiosas a vestir a la joven a cumplir con su epitafio. Su mas extraordinario vestido arremangados de múltiples velos, las zapatillas de adornos el perlas y un exquisito turbante que envuelve su cabellera con un rubí en la cabecera. Elegantemente vestida, parte hacia el final. El cadalso.
            En un instante se abre la puerta de donde aparecen los soldados blandiendo sus sables de acero, quienes sin mayor esfuerzo la conducen hacia el gran patio. El verdugo le espera para ejecutar su sanción. Como un corolario siniestro de la vida del Sultán en sus cuentos Arabes. La odalisca finaliza su vida tras una mágica aventura por los jardines en flor. Sin sentencia y sin amor”.

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