El
canto de las aves amaneció junto al resplandeciente sol y el fresco rocío danzando
en los vientos matinales a la espera del calor del verano. Recostada en la
hamaca del patio una joven estiraba sus brazos sacudiendo la modorra del sueño,
su estética figura se incorporaba mientras los vaivenes rechinaban en los
güindados lazos de las armellas. El remanso de sus pensamientos circula
trascendentes en su memoria, mientras jugueteaba con un libro de lectura que
porta en sus manos. De a poco se acomodaba un tanto de lado para imaginarse que
la oda proyectada en su mente con los arabescos personajes le traía historias
épicas a su pensamiento. Después de colocar el libro abierto sobre su pecho,
mira hacia el cielo y suspira con un hondo sentimiento, cierra sus ojos y en
minutos transcurren acelerados junto a su corazón, la vorágine de la fantasía
revolotea en imágenes de un drama, un capítulo de amor, que le angustia por su
contenido reflejado en las letras de la narrativa. Retoma, entonces a la lectura
con toda su atención:
“En el
pasadizo del palacio, una odalisca recorre junto a sus escoltas hasta la
habitación del sultán, sus elegantes vestimentas de transparente sedalina, se encienden con el sonido de las lentejas de
oro y plata que le tintinean alrededor de su velos que cubren las escasas sedas que apenas cubren su morena
piel, la sensualidad que se ve reflejadas con la poca luz que penetra en el
umbral del recinto.
Sin decir palabra se acerca
sumisamente hasta el lecho del gran señor quien le toma de la mano y hace que
se detenga frente a él. Su mano calzada
con anillos en cada dedo recorren suavemente su cuello deshilando lo negro de
su cabello que cae delicadamente sobre su espalda: un broche se suelta descubriendo
su espalda y mientras el vestido se escurre descubre sus bellos senos que
denotan un fino temblor, su recorrido hacia el abdomen y se solaza con una
piedra preciosa que se engarza en el ombligo y enseña el contorno de sus entre
piernas.
Toda una hermosa mujer, de pies a
cabeza, de ojos grandes y negros, que el portento de su belleza enseña mas que humildad
quizás miedo al verse totalmente despojada de sus vestimentas. Las seductoras
líneas de sus caderas que adornan sus delicados muslos, completan la radiante
armonía de una morisca exuberante.
El se acerca por la espalda y seduce
con sus labios el contorno de los hombros, la secuencia de una fina barba que
le afronta calofríos, cuando con sus hábiles manos recrean sus senos. En un
mutismo extremo el Sultán le da una vuelta de noventa grados y la envuelve en
su túnica de terciopelo, elegantemente con misticismo, bordada en sus orillas
con pespuntes de oro de filigrana y piedras preciosas. Ella cierra sus ojos y
cae de su peso, en su escasa voluntad sobre los brazos del amo, quien la
deposita en los almohadones de su lecho…
Los maravillosos rayos del astro rey
se enseñan por los balcones de la habitación, junto a la esquina de la cama se
arropa en cuclillas la concubina, lágrimas brotan de sus ojos, cuando las
canciones del amanecer le hacen conciencia de su trágico final.
El sultán ha dado sus órdenes y las
damiselas asistentes, corren oficiosas a vestir a la joven a cumplir con su
epitafio. Su mas extraordinario vestido arremangados de múltiples velos, las
zapatillas de adornos el perlas y un exquisito turbante que envuelve su
cabellera con un rubí en la cabecera. Elegantemente vestida, parte hacia el
final. El cadalso.
En un instante se abre la puerta de
donde aparecen los soldados blandiendo sus sables de acero, quienes sin mayor
esfuerzo la conducen hacia el gran patio. El verdugo le espera para ejecutar su
sanción. Como un corolario siniestro de la vida del Sultán en sus cuentos
Arabes. La odalisca finaliza su vida tras una mágica aventura por los jardines
en flor. Sin sentencia y sin amor”.
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