Corre
agitado sobre los lánguidos rieles, cargado de chicos de amplias sonrisas. El
silbato se hace elegante cuando confirma su llegada a su casa la estación, el
trasbordo es efectivo los muchachos ávidos de unas cuantas vueltas mas, se
alborotan para permanecer en sus asientos, mientras otros se buscan sitio donde
sentarse. El trencito recorre con su parcimonia los espacios de las vueltas y
los túneles, anunciando con su campana el paso por las pasarelas.
Cientos
de globos le iluminan la cara y el elegante maquinista con su brazo en la
ventana se hace sonrisas con los observadores que vigilan a sus niños. Chu-Chu,
camina cuando hace la vuelta por el jardín, retorna por la fuente donde se
salpica. La algarabía de los pasajeros se hace grito al ver a sus padres en el
trayecto y con su mano extendida dicen un adiós hasta la otra vuelta.
La
máquina y cuatro vagones componen el trencito, uno pintado de rojo, el segundo
de amarillo, luego uno verde y otro de azul, cada uno en sus puertas muestran en
letras grandes “El vagón de las ilusiones”. Mientras la orgullosa máquina con
chimenea de sombrero sobre un cilindro de fantasía conduce a los bosques de
maravilla a todos los emocionados chiquillos.
Los
que se visten de maquinistas, con calzón de overol rayado de azul con blanco,
la cachucha con visera, se engalana con un pañuelo rojo en el pescuezo, para
dirigir durante el trayecto, mientras la música de ambiente le acompaña con
“Ferrocarril de los altos”
La
salida es un contrasentido, algunos niños bajan rebosantes de felicidad,
mientras otros empurrados hacen berrinche, pues deseaban continuar de
pasajeros. El trencito es el atractivo del parque y se mantiene en un carrusel
de movimiento, cautivando a la chiquillada y a los adultos brindándoles alegría
y orgullo. ¿Quién tuvo alguna vez la ilusión de montar el Trencito?
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