miércoles, 8 de abril de 2015

EN EL PAIS DE LAS FABULAS



          En el país de las fábulas y de las historias fantásticas, existía un reino donde las nubes eran como un collar de perlas purificadas en tréboles de verdes montañas y cascadas de diamantes morados que como un verso pintaban las aves nocturnas que danzaban en suntuosa coreografía de ballet. Manadas de cisnes acicalados que se esconden en los parejas de las lagunetas de azul celeste, donde en su actuación estiraban su bello cuello, tan largo como el pensamiento, ávidos de aventuras, se hacían acompañarse de la danza de las palmas que saludaban agachándose ante la pálida luna, que coqueteaba con los celajes de la campiña.
          En las acuarelas del lugar, había un castillo, con trinos de ruiseñor, donde vivía una princesa de cándida belleza de mágicos sentimientos y  cabellos color oro que adornados con sus verdes ojos, gustaba de cantar sus alegrías desde el balcón de su habitación. Siempre usaba un  elegante vestido de rosa de múltiples fustanes, un lazo rojo que prendía de su cintura, que le ayudaba a sacudir su abombado traje. Su bello rostro enseñaba la adolescencia salpicaba de picardía por sus gráciles movimientos y  ademanes, le gustaba tararear mientras alisaba sus hermosas calcetas blancas que le cubrían desde las zapatillas de charol hasta las rodillas.
          Irene, la chiquilla, saltaba de alegría con aire de primavera, junto a sus amigas las luciérnagas que iluminaban el escenario del carrusel de su corta vida. Atenta escuchaba los versos de una poesía que relataba travesuras y alegrías de los jóvenes caballeros que le hacían el cortejo, pretendientes que en sus ilusiones abordaban los campos llenos de flores donde se colaban para hacerle un guiño, o un disimulado saludo, seguido de una genuflexión ceremoniosa. Las mejillas de la chica se le llenaban de rubor y con un inocente gesto se ocultaba tras un pañuelo de seda, mientras se hacía la desentendida.
          Los jardines exquisitos poblados de bastones de dulce, gotas de chocolate que se desprendían de los árboles de eucalipto del amplio jardín, donde pastaban con señorío los pegazos pintados de azul. Las cristalinas fuentes que salpicaban a los clarineros que en su vespertino baño se sacudían en el calor del campo. Mientras caminaba en la vereda reluciente, la chiquilla volaba a tomar asiento en una de las banca de turrón, mientras los conejos le hacían valla a un joven caballero se acercaba lleno de valor para proponerle una charla de amistad. Un reloj de oro prende de la solapa de se traje, chaleco cuadriculado y sombrero de Bombín complementan su elegante indumentaria, su mensaje, lo hace arrepentido en un intento de extender la mano, con un saludo corto tartamudo a la vez que el sombrero se le cae y rueda a los pies de la princesa, que no oculta la risa del acontecimiento. El chico angustiado, recoge su prenda y trata de escaparse, pero en un arranque de actitud se acerca con la intención sentarse a un costado de la chica, tímido y tembloroso manipula las alas del sombrero dándole varias vueltas se anima a iniciar una charla, que justo se ve entrecortado por el ímpetu de ella en una cortante respuesta negativa, se pone de pie y dándole la espalda hace una salida lenta hacia extremo del jardín, donde las damiselas de compañía hacen grupo de chismografía , voltea su rostro y ve que el joven, va en pos de ella, se hace indiferente al acelerar el paso y se mezcla con el grupo de las chicas que retozan con sus abanicos mientras comentar el atrevimiento.
          Ocultos en los arbustos otros chicos observan el fiasco y se burlan de tan adherente mutis, risas y conjeturas son los impulsos, para no darse por vencidos en la cacería de las damas y optan por retirarse a diseñar nuevas estrategias.
          A la niña nadie le interesa y asume una actitud de celestina para con sus compañeras, no se vean asediadas por los mejor calificados de la legión de jóvenes que corren en los salones del palacio, donde en un juego de tenta y escondidas, diluyen los atrevimientos de ellos.
          En el fondo  la caballeriza lejos del mundo y atento a la vida de fiesta vive un joven, un mancebo, empleado de pobre cuna que su labor se circunscribe a atender las caballerizas y la cuadra de equinos. A pesar de su trabajo es un joven con educación, sencillo y amable, que se dedica eficientemente a sus obligaciones y servir a sus patrones.    
Muy de mañana él asea a los caballos, en especial a un potro azabache que le pertenece a Irene, donde tiene especial cuidado con el animal  lo cepilla hasta mantenerlo brillantes, lo saca de paseo en los corrales donde le enseña la obediencia y a trotar con buen paso. Los días que la princesa sale de paseo se encarga eficientemente de ensillarlo le coloca adecuadamente sus arreos, luego los lleva al área de servicio donde hace la espera y colabora con la niña a montar con delicadeza su cabalgaduras.
          Cierto día, llegan a avisarle de un accidente que ha sufrido la señorita Irene. Mientras cabalgaba con unas amigas en las orillas del río, tuvo una caída y al no encontrar a nadie de la familia, el joven tomó un caballo y se dirigió  al encuentro de la niña. La halló tirada en el pasto con un tobillo lastimado, llorando su dolor, sus compañeras en cambio optaban por cubrirla del sol con sus sombrillas y sacudirse con sus abanicos, Sin prestarle auxilio.
          Esteban se acercó con todo cuidado y con mucho respeto le preguntó sobre su estado, luego de examinarle la pierna, la tomó en sus brazos y la llevó cargada hasta la casa, donde. el mancebo con sus hábiles manos le practicó un masaje para repara la zafadura.
          Ella al agradecerle el heroico acto, lo mira a los ojos y sin quererlo le nace un inusitado interés por el chico, además le pide que siempre que salga de paseo le acompañe como su guardián y protector, lo cual acepta de muy buena gana.
          Después de algún tiempo Esteban que alternaba sus obligaciones con las salidas cada vez mas frecuentes con la princesa es mal informado ante el padre de la princesa de no cumplir a cabalidad con las tareas encomendadas en la caballeriza y es despedido del palacio con deshonra, a pesar de los reclamos de Irene que debido a la tristeza por la perdida de su amigo el protector, se enoja con sus padres y se enclaustra en sus habitaciones. Herida por las calumnias de los otros pretendientes decide abandonar el castillo y recluirse en un convento. Donde pasa gran parte de su adolescencia, sin tomar los hábitos se entrega a la oración y la penitencia.
          Su hermoso alazán extrañaba también a su ama y un día se escapó del palacio dirigiéndose hasta los campos del monasterio donde los peones del lugar intentaron capturarle, el caballo se tornó salvaje y corrió por las praderas, hasta hacerse del paradero de Esteban, quien trabajaba como jornalero al otro lado del río. Al reconocerlo le lanzó varios relinchos, para acercársele insistió a través de cabriolas, buscar a la princesa.
          Lo montó en pelo y le hizo galopar hasta llegar al monasterio, la divisó que se encontraba prendida de una ventana viendo la vida pasar. Ella les reconoció, el corcel se detuvo abruptamente y  lanzó al jinete por los aires, cayendo a los pies del ventanal.  La felicidad se le reflejó en el rostro y corrió a su encuentro.
          Ella se había transformado en una bella dama, cuyo resplandor le iluminaba su belleza. Presto, Esteban la ve y le manifiesta que le permita rescatarla, que sus oraciones y suspiros han sido escuchados de volver a encontrar a la dueña de su corazón.
          Irene con muestras de alegría,  le manifiesta que ella se encuentra enamorada de él, pero que para aceptar su solicitud y por las promesas al buen Dios, debe de ser cortejada, con la aprobación de sus padres.
          Hoy es día de felicidad la comarca se da cita en los umbrales del palacio, donde se celebra el enlace de una pareja sin par, la bella princesa Irene con Esteban el humilde joven de las caballerizas.

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