En
el país de las fábulas y de las historias fantásticas, existía un reino donde
las nubes eran como un collar de perlas purificadas en tréboles de verdes
montañas y cascadas de diamantes morados que como un verso pintaban las aves
nocturnas que danzaban en suntuosa coreografía de ballet. Manadas de cisnes
acicalados que se esconden en los parejas de las lagunetas de azul celeste,
donde en su actuación estiraban su bello cuello, tan largo como el pensamiento,
ávidos de aventuras, se hacían acompañarse de la danza de las palmas que saludaban
agachándose ante la pálida luna, que coqueteaba con los celajes de la campiña.
En
las acuarelas del lugar, había un castillo, con trinos de ruiseñor, donde vivía
una princesa de cándida belleza de mágicos sentimientos y cabellos color oro que adornados con sus verdes
ojos, gustaba de cantar sus alegrías desde el balcón de su habitación. Siempre
usaba un elegante vestido de rosa de
múltiples fustanes, un lazo rojo que prendía de su cintura, que le ayudaba a
sacudir su abombado traje. Su bello rostro enseñaba la adolescencia salpicaba
de picardía por sus gráciles movimientos y
ademanes, le gustaba tararear mientras alisaba sus hermosas calcetas
blancas que le cubrían desde las zapatillas de charol hasta las rodillas.
Irene,
la chiquilla, saltaba de alegría con aire de primavera, junto a sus amigas las luciérnagas
que iluminaban el escenario del carrusel de su corta vida. Atenta escuchaba los
versos de una poesía que relataba travesuras y alegrías de los jóvenes
caballeros que le hacían el cortejo, pretendientes que en sus ilusiones
abordaban los campos llenos de flores donde se colaban para hacerle un guiño, o
un disimulado saludo, seguido de una genuflexión ceremoniosa. Las mejillas de
la chica se le llenaban de rubor y con un inocente gesto se ocultaba tras un
pañuelo de seda, mientras se hacía la desentendida.
Los
jardines exquisitos poblados de bastones de dulce, gotas de chocolate que se
desprendían de los árboles de eucalipto del amplio jardín, donde pastaban con
señorío los pegazos pintados de azul. Las cristalinas fuentes que salpicaban a
los clarineros que en su vespertino baño se sacudían en el calor del campo. Mientras
caminaba en la vereda reluciente, la chiquilla volaba a tomar asiento en una de
las banca de turrón, mientras los conejos le hacían valla a un joven caballero
se acercaba lleno de valor para proponerle una charla de amistad. Un reloj de
oro prende de la solapa de se traje, chaleco cuadriculado y sombrero de Bombín
complementan su elegante indumentaria, su mensaje, lo hace arrepentido en un
intento de extender la mano, con un saludo corto tartamudo a la vez que el sombrero
se le cae y rueda a los pies de la princesa, que no oculta la risa del
acontecimiento. El chico angustiado, recoge su prenda y trata de escaparse,
pero en un arranque de actitud se acerca con la intención sentarse a un costado
de la chica, tímido y tembloroso manipula las alas del sombrero dándole varias
vueltas se anima a iniciar una charla, que justo se ve entrecortado por el ímpetu
de ella en una cortante respuesta negativa, se pone de pie y dándole la espalda
hace una salida lenta hacia extremo del jardín, donde las damiselas de compañía
hacen grupo de chismografía , voltea su rostro y ve que el joven, va en pos de
ella, se hace indiferente al acelerar el paso y se mezcla con el grupo de las
chicas que retozan con sus abanicos mientras comentar el atrevimiento.
Ocultos
en los arbustos otros chicos observan el fiasco y se burlan de tan adherente
mutis, risas y conjeturas son los impulsos, para no darse por vencidos en la
cacería de las damas y optan por retirarse a diseñar nuevas estrategias.
A
la niña nadie le interesa y asume una actitud de celestina para con sus
compañeras, no se vean asediadas por los mejor calificados de la legión de
jóvenes que corren en los salones del palacio, donde en un juego de tenta y
escondidas, diluyen los atrevimientos de ellos.
En
el fondo la caballeriza lejos del mundo y
atento a la vida de fiesta vive un joven, un mancebo, empleado de pobre cuna
que su labor se circunscribe a atender las caballerizas y la cuadra de equinos.
A pesar de su trabajo es un joven con educación, sencillo y amable, que se
dedica eficientemente a sus obligaciones y servir a sus patrones.
Muy de mañana él asea a los caballos,
en especial a un potro azabache que le pertenece a Irene, donde tiene especial
cuidado con el animal lo cepilla hasta
mantenerlo brillantes, lo saca de paseo en los corrales donde le enseña la
obediencia y a trotar con buen paso. Los días que la princesa sale de paseo se
encarga eficientemente de ensillarlo le coloca adecuadamente sus arreos, luego
los lleva al área de servicio donde hace la espera y colabora con la niña a
montar con delicadeza su cabalgaduras.
Cierto
día, llegan a avisarle de un accidente que ha sufrido la señorita Irene. Mientras
cabalgaba con unas amigas en las orillas del río, tuvo una caída y al no
encontrar a nadie de la familia, el joven tomó un caballo y se dirigió al encuentro de la niña. La halló tirada en el
pasto con un tobillo lastimado, llorando su dolor, sus compañeras en cambio optaban
por cubrirla del sol con sus sombrillas y sacudirse con sus abanicos, Sin
prestarle auxilio.
Esteban
se acercó con todo cuidado y con mucho respeto le preguntó sobre su estado,
luego de examinarle la pierna, la tomó en sus brazos y la llevó cargada hasta
la casa, donde. el mancebo con sus hábiles manos le practicó un masaje para repara
la zafadura.
Ella
al agradecerle el heroico acto, lo mira a los ojos y sin quererlo le nace un
inusitado interés por el chico, además le pide que siempre que salga de paseo le
acompañe como su guardián y protector, lo cual acepta de muy buena gana.
Después
de algún tiempo Esteban que alternaba sus obligaciones con las salidas cada vez
mas frecuentes con la princesa es mal informado ante el padre de la princesa de
no cumplir a cabalidad con las tareas encomendadas en la caballeriza y es despedido
del palacio con deshonra, a pesar de los reclamos de Irene que debido a la tristeza
por la perdida de su amigo el protector, se enoja con sus padres y se
enclaustra en sus habitaciones. Herida por las calumnias de los otros pretendientes
decide abandonar el castillo y recluirse en un convento. Donde pasa gran parte
de su adolescencia, sin tomar los hábitos se entrega a la oración y la
penitencia.
Su
hermoso alazán extrañaba también a su ama y un día se escapó del palacio dirigiéndose
hasta los campos del monasterio donde los peones del lugar intentaron
capturarle, el caballo se tornó salvaje y corrió por las praderas, hasta hacerse
del paradero de Esteban, quien trabajaba como jornalero al otro lado del río. Al
reconocerlo le lanzó varios relinchos, para acercársele insistió a través de
cabriolas, buscar a la princesa.
Lo
montó en pelo y le hizo galopar hasta llegar al monasterio, la divisó que se
encontraba prendida de una ventana viendo la vida pasar. Ella les reconoció, el
corcel se detuvo abruptamente y lanzó al
jinete por los aires, cayendo a los pies del ventanal. La felicidad se le reflejó en el rostro y
corrió a su encuentro.
Ella
se había transformado en una bella dama, cuyo resplandor le iluminaba su
belleza. Presto, Esteban la ve y le manifiesta que le permita rescatarla, que
sus oraciones y suspiros han sido escuchados de volver a encontrar a la dueña
de su corazón.
Irene
con muestras de alegría, le manifiesta
que ella se encuentra enamorada de él, pero que para aceptar su solicitud y por
las promesas al buen Dios, debe de ser cortejada, con la aprobación de sus
padres.
Hoy
es día de felicidad la comarca se da cita en los umbrales del palacio, donde se
celebra el enlace de una pareja sin par, la bella princesa Irene con Esteban el
humilde joven de las caballerizas.
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