Pegado
al ring de un teléfono, esperaba tu llamado o tu regreso, en mi cabeza rondaba la
respuesta siempre platónica de un quizás, ó aun te recuerdo, eso circulaba en
los anhelos de mi espíritu, te falle o no aguantaste y eso era parte del rollo,
dejaste tus canciones en la habitación y tu fresco olor sobre la almohada.
El
tiempo había sido un factor de la reyerta y una octava de desconfianza había
desembocado en tu salida de mi vida. La maleta de recuerdos había traspasado el
umbral de la puerta y se había disuelto junto a todas aquellas ilusiones que
nos prometimos en el ayer. La aventura que te llevó a romper esa armonía, tenía
vísperas de venganza. O simplemente caíste en los brazos de la lujuria,
saltando de una relación llena de sobresaltos y peleas conyugales domésticas de
poca importancia al cenit de un mundo de lujos y glamour que te llevó fuera del epíteto de
sentimentalismos a un pedestal de fantasía, en una lisonjera vida de
libertinaje y vicio. Tu innegable belleza te abrió el camino para probar otros
mundos, fuera de la poca comodidad que poseía.
La
desesperanza me hizo presa del castigo, que en un arrebato de ira sacudí cuanta
cosa tenía en el buró, todo aquello que me traía algo a la memoria lo lancé por
el suelo, aquella foto donde abrazados disfrutábamos de una paradisíaca playa,
la libreta de citas de tu antiguo trabajo y el cenicero donde colocabas tus pulseras
y aretes, pagaron las cuentas de mi rabieta, al destrozarse de un manotazo junto
a la pared.
Me
agarré de los cabellos para hacerme un mea culpa, del porque no haber templado
mi ira o saber mediar el como enfrentar cuerdamente el problema. Una
explicación a tiempo, o a lo mejor un fingido perdón de tu parte. Tomé mi
chaqueta y salí como un desesperado a deambular por las calles, quizás el aire
fresco me devolvía la serenidad o me apaciguaba la congoja, las lágrimas que
escasas se mostraban en mis ojos, derramaban mis penas y hacían que las borrara
quitándome los anteojos.
Metí
las manos en las bolsas del pantalón en búsqueda de unas monedas, me detuve
frente al chiclero de la esquina, quien me aprovisionó un par de cigarrillos me
envolví en el humo para recostarme en la escalinata de la pasarela a ver pasar gente,
rostros y caracteres, que me incitaran a dejar esa molestia que me embargaba en
la mente.
Prendí
el segundo cigarrillo mientras caminé a paso ligero de regreso al apartamento, donde
entre tanta calamidad de desorden busque el aparato de teléfono que había quedado mal trecho después del lanzamiento.
Funcionaba lo coloqué de nuevo en la mesa, con la leve esperanza de que
llamaras. Esa había sido la promesa
cuando te encontré en uno de esos restaurante de comida rápida acompañada de un
par de jóvenes, degustabas un vaso de café, quizás para mitigar la resaca, vestías
una de esas minifaldas que te fascinaban, al verme te acercaste con un
cigarrillo en la boca, que te hacía cerrar uno de tus ojos, me franqueaste el
paso, temiendo un reclamo por la compañía.
--- Espera!--- indicaste --- No me
vayas hacer una escena…, deja que las cosas se enfríen y te llamo por teléfono
charlamos y te explico.---
Me
quedé mudo, quizás frisado por lo que opte en darme media vuelta, refugiándome
en el sanitario de hombres. Cuando salí, habías desaparecido con tus
acompañantes. Hice de tripas corazón y como si no hubiese pasado nada abandoné
el lugar.
Me
di cuenta que mi actitud no había sido coherente, pero la violencia no me
ayudaba en nada, me miraba como un juguete a quien pasado de moda había
terminado en el cajón de los recuerdos y no significaba nada en tu vida. Esa
misma tarde, tomé el autobús que me condujo al campus de la Universidad, donde con
mi prolongada ausencia me hacía parecer como que era la primera que visitaba el
recinto. Allí me encontré a un amigo que sentado en una de las bancas hojeaba
un libro.
---Ratos tengo de no verte, pensé
que habías tirado la toalla…---
--- Si así fue, --- no te imaginás,
cosas de la vida, y vos que es de tu vida?---
--- Pues por allí mano, haciéndole
yemas a la cosa.--- Y vos, estás hecho una piltrafa.---
--- Si mano… fijate que me enrolé
con una chava, esta se fugó de su casa y nos pusimos a vivir juntos, pero la
aventura me cayó al pecho, me enamoré, después de unos cuantos líos, se
desencantó y al poco tiempo me botó y me abandonó dejó por otro.
---Vaya mano así pasa, una vez te
sacan lo que pueden, luego se echan a la droga, olvidándose de vos.---
--- Lo peor es que sigo enamorado de
ella y la verdad me hace falta…
Me
tomó de la chaqueta y me sacudió:
--- No estás para esos trances,
recuperate y para eso necesitas tener otra cara, estas en la pura desgracia,
deberías cambiar de aspecto y retomar tus estudio, ya sabes que como tu cuate
te puedo apoyar.
Me
había dado al abandono por lo que acepté los consejos y regresé a casa con el
fin de tomar un baño y rasurarme, un cambio de ropa me sentó bien para afrontar
otras actividades que había dejado de hacer. A pesar que4 siempre algo me
apretaba en el pecho, tomé el camino de la recuperación.
Las
lloviznas de la época se hicieron presentes, el tableteo sobre la lámina era
como un lamento, que remedaba la soledad del apartamento, todo se mantenía
hecho un desorden, sobre el diván una caja de cartón con una tajada de pizza a
medio comer y latas de gaseosas y no se diga las gavetas a medio abrir y los
volcanes de ropa, amontonadas en la cabecera de la cama. El sonido de un timbre
me hizo despertar, no ubiqué la hora por la ventisca que presentaba, llegué
hasta teléfono, contesté. Era ella se escuchaba mal, quejumbrosa como quien
pide perdón, me indicó que estaba sola y abandonada en algún lugar cerca de la
costa, por que el calor le agobiaba, me dijo que si podía buscarme, que quería
regresar.
No
estaba dispuesto a sufrir de nuevo la colección de problemas que me había
tocado vivir, pero aun sentía algo por ella.
---Comprendo --- me dijo --- cometí
un grave error, pero no tengo a quien recurrir.---
Obstinado
y con cargo de conciencia, me embaucó nuevamente, obtuve a través sus
indicaciones de que regresarías. Quizás nuevamente ilusionado hice un remolino
de poner en orden las pocas cosas que tenía, entre ellas mis pensamientos,
hasta dejar una resplandeciente armonía mis sentimientos, querría darte una
buena impresión, como que no había pasado nada, que ni un recuerdo empañaba
nuestro reencuentro.
Allí
estabas en el dintel de la puerta, bella como siempre, la licra negra te hacía
resaltar lo hermoso de tu cuerpo, te acompañabas con un maletín de esos que se
hacen rodar. Te invité a entrar, te acercaste como un gato a acariciarme y
ronronearme en el oído, susurros cariñosos que me hicieron poner la piel de
gallina. Te tiraste al diván cruzando coquetamente las piernas.
Me
sentí extraño ya no era esa manera melosa como nos tratábamos, había un abismo
entre mis ideas y tus locuras. Las caricias se habían reducido al mínimo y la
indiferencia se volcaba en las actitudes, tanto así que la escarcha se había
apoderado del lecho y los períodos de ausencia tuyas eran cada vez mas
prolongadas.
El
apartamento se había convertido en un refugio, mas que un nido de amor. A mi
regreso de los estudios me encontraba con tu ausencia o con recados escritos a
mano donde me indicaban que manifestaban tu necesidad de salir a la calle,
luego de tus llegadas tarde con el pestilente olor a licor te enchamarrabas ignorándome,
especialmente los fines de semana.
Hasta
que se llegó el día, una vez mas sin discusión alguna te descubrí con una
maleta sobre la mesa, sin mediar palabra me pusiste una mano sobre el pecho y
la locura prevaleció en tus instintos.
---YA NO MAS!---insistí--- VETE DE
UNA BUENA VEZ!
Dando
media vuelta sobre la entrada y con lujo de violencias somataste la puerta y te
perdiste en la bruma de la tarde…
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