Trasnochando
bajo la luna, embriagada de historias y de musas que alborotan los sentidos. Surgen
las tertulias domingueras que traen reminiscencias de la adolescencia, cuando una
pareja tomada de las manos saludan a la primavera en un transitar alrededor de
un kiosco, mientras el cálido sereno recoge las notas bullangueras de una banda
de concierto inspirada bajo las frondosas bugambilias, de un sonsonete de boleros
romántico que les hace retozar en las bancas del parque.
Vibrantes
encuentros de dos seres que en punta se demuestran atracción, cariño, quizás
amor, buscando en el calor del otro, el apego de la juventud en pleno apogeo,
experimentando el cortejo.
Tras
los sauces llorones que se sacuden el viento, rascando los nidos de los pájaros
que osan pernoctar en sus ramas, se figuran las hábiles manos de un enamorado
grabando en el cuerpo del tronco, un corazón con las iniciales de su chica,
mientras le jura amor para todo el tiempo. Ella con su tímida expresión de
rubor se entrega en sus brazos, aceptando la mentira del Casanova.
Ojos
tristes que vienen del llanto, la joven que se confiesa a la luz de los
farolas, cuenta la tragicomedia de abandono, de un cúmulo de ofrecimientos,
ilusiones no cumplidas que le acongojan el corazón, la mano le quedó vacía y
una promesa no cumplida le lastimó el espíritu. Aquel muchacho que le ofreció
el sol y las estrellas, se fugó con la ilusión a cuestas y varios besos en el
bolsillo, remedando las telenovelas, sátiras del despecho, al haber desgranado a
la bella flor y trocarla por capricho.
Son
tan solo ilusiones, el mágico espejo del alma se empaña con ellas, efímeras,
dulces, que te llevan al pináculo de la existencia y luego te lanzan a la
incierta soledad, como cuando los celajes pasan y se vuelven historia. La vida
sigue su curso y habrá otro sauce, otra banca del parque, nuevas promesas y el
renacer de otra emocionante quimera.
Hasta
que esta ilusión se torne realidad, ya
por imperecedera o por cansancio, al fin y al cabo. Una ilusión
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