Viajando en las alas de los ángeles,
para coronar los últimos días de este año, donde la quietud endulza la pureza
del alma, y poder engalanar las sonrisas de un milagro verdadero, Noche buena, es
el convite, mostrado en el regazo de una
habitación, con la iniciativa de mantener viva, lo que por décadas ha sido el
juego de la historia, con mensajes que se hacen sonar en las cuerdas de una
guitarra con la elaboración de la pastorela tradicional de familia que lleva a emocionantes
momentos de una melodía que hace una vez por año, la fantástica arquitectura, labor de manos de un
conglomerado artífice y familiar.
Recuerdos
benévolos que principiaron con alegrías, cuando con el paso por los años, miles
de figuras y altares que mostraron vasos de cristal pletóricos de vino, diseños
de pinturas en medio de los eventos, rezos, canto de villancicos entre las doce
campanadas de un antiguo reloj compañero del tiempo que sutilmente caminaron junto
a los antepasados, iniciadores de la tradición en la elaboración de los
nacimientos, pastorelas importadas de la España, apuntaladas y mejoradas en este paraíso
de las Américas.
El
cándido aroma que circula en el helado clima, que cayendo de las alturas como
confeti, en copos de nieve como adornos de algodón que sirven de escenario a
una de las noches del fin de año. Junto a lo cálido de un solar que apunta con
santidad apostado ante los ardientes leños de una chimenea cuya luz entona el
ambiente, se hace el foro. La mesa esta lista con todo su esplendor, con la
muestra de prontitud, un humeante tarro de chocolate que se antoja complaciente
con galletas de avena de diferentes formas y encopetadas con turrón salpicado
con canela. El mantel de gala que recubierto con servilletas blancas, se
muestra a todo lo ancho pintado de flores de pascua y hojas de pino verde.
Portentoso los cubiertos metálicos y la brillante cristalería engalanan el
sitio.
Junto
al rincón, emerge un pinabete con luces de colores, bombas de cristal y los
collares de manzanilla, que se muestra en
columpios, con infinidad de figuras. Una enorme estrella plateada que señala
con esplendor brillante a la cumbre de los cielos. Luces que titilan, saltando
de las ramas con los muñecos navideños y los dulces de bastón
Una
cueva hecha de papel, sitio exacto donde radica un pesebre abrigado por el buey
y la mula, en un manto de musgos, flores y frutos. Los ángeles y los
pastorcillos apostados en la llanura donde humildemente oran a la espera del
acontecimiento. La sagrada familia hace su estancia con sus túnicas humildes
que se acomodan entre la paja para dar espacio al nacimiento del niño.
Dichoso
acontecimiento que hace que en las afueras los cohetillos revienten a lo largo
y ancho de las calles, los cachinflines reboten en las paredes salpicando de luz
las aceras. Los niños corren envueltos en suéter de lana, bufandas
cuadriculadas y gorros de borla en el copete, invitando al jolgorio con alegres
estrellitas de luces en sus manos. Petardos
en las lejanías que asustan a más de un transeúnte, que de prisa y cargado de
regalos se dirige hacia su casa.
Las
posadas han hecho de su ronda las caravanas de feligreses que se acompasan con
el tucuticutu de las tortugas, procesión de faroles de papel celofán multicolor
que hacen valla con las oraciones pintadas de candela y rezadoras de gruesos
mantillones que acompañan el cortejo, engalanadas de rosarios y libros de
villancicos, en búsqueda de un portal donde le hagan el recibimiento, con el
ofrecimiento de tamales y ponche humeante con aromas de pascua.
Todo
es alegría dentro del incienso que deambula por los rincones en recuerdos de
los años anteriores cuando se era mas
joven, los ausentes han dejado su huella y los chiquitines engrosan filas como
un inicio de vida. Los abuelos engordados con ropas emponchadas, gorros de lana
y bufandas de ala ancha, se agrupan abrazados para asustar al frío, mientras se
hacen a la espera del encuentra de las agujas al filo de las doce.
Los
focos colorados se hacen presentes en las vecindades anunciando los ricos
tamales para la cena. Las pulperías se ven atiborradas por los que aun buscan
compras de último minuto, el traguito de media noche y del resto de la
madrugada, las nueces y pasas que tanto enriquecen el paladar de los asistentes
a convivíos. La música de zarabanda de corte latino que revuelve los volcanes
de pino y los rastros de aserrín, donde
las parejas se guían con saltos y
movimientos contorneando el esqueleto. El grupo de los entonados que remedan en
canto las tonadas de la época.
El
sonar de las campanas que vuelan anunciando los actos religiosos del barrio,
las ancianas que preparan sus candelas de cuatro colores para adornar la corona
de pascua. Los chicos más que curiosos se rondan por debajo de árbol, husmeando
los obsequios, luego de cargarlos y sacudirlos con curiosidad, algún otro,
rompiendo un espacio del papel de los regalos para adivinar su contenido.
El
brindis se acerca, las bendiciones no se hacen esperar, del mayor al mas pequeño
hacen su ofrecimiento con humildad apuntando a la oración, los buenos deseos,
el por venir, juntando sus manos bajo el auspicio del altísimo, se ruega por el
bienestar de propios y extraños. En un ambiente de misticismo el incienso se
levanta y empuja las plegarias hacia el mas allá, para hacer de memoria de
nuestros recuerdos los de ayer, los de hoy y a lo mejor los de mañana ya que todos
somos hijos de Dios.