La
pertinaz lluvia había hecho un espacio en el tiempo, los tejados aun goteaban
sistemáticamente, marcando en sus caída libre
las posaderas de las aceras de
las calles empedradas, mientras el perezoso solecito se asomaba a regaña
dientes entre las nubes de algodón acompañado de la cantos de los clarineros
que se sacudía en graznido lo mojado del chubasco.
Las
sombrillas hacían su desaparición en los corredores del poblado y se apostaban
en alargarse en los paseos, el fresco aroma de tierra mojada se respiraba
alegremente, conforme los nubarrones se disipaban para dar cabida a los
templados vientos que anunciaban el otoño.
La
época de volar barriletes, tradición de los de Sumpango, que se volvía una
algarabía en las cercanías del día de los difuntos, en las calles y en los
mercados se mostraban estos, como artículos de venta de todos los tamaños y
diseños mostrando el arte singular de los fabricantes provenientes de todos los
rincones del pueblo. Las veredas y la capilla
del cementerio se veía inundados de confeti multicolor con alfombras de pino
que le daban al lugar ambiente de fiesta. En el campo santo, los chicos se
gozaban las corridas halando un hilo para hacer volar los hexágonos cubiertos
de papel de china de brillantes colores, arremangados de barbas en los costados
y una larguirucha cola que se balanceaban para tomar altura y hacerse a la
libertad.
Los
montículos con cruz en el cementerio recordaban a las ánimas, con las cuales
establecían los mensajes que la parentela les enviaban por medio de papeles que
como rehiletes ascendían a través del cordel hasta los confines del cielo donde
eran reclamados por sus difuntos. Las penitencias contenidas eran peticiones
para el bienestar, la salud, por la abundancia de las cosechas, uno que otro
favor especial.
Luego
entonces los gigantescos barriletes se echaban a volar surcando los cielos
arrastrados por los vientos del norte que los encumbraban, sacudiendo su
magnificencia en las alturas, llevando lo especial de cada uno de sus lienzos para
mostrarle al mundo la pericia de los hombres encargados de elevarlos, de sus
creencias, la humildad y el respeto a
sus dioses.
Las
largas procesiones no se hacen esperar, donde se convidan a los muertos en un
almuerzo familia, fresco de súchiles y la comida de los tamales rojos envueltos
en hoja de plátano cocidos en su punto y el atole de maíz tierno o el atole de
masa con frijol en pepita con una pizca de chile colorado.
Gran
parte de las tumbas se ven adornadas con rosarios de manzanilla que pende desde
la cruz que lleva el nombre del difunto y con pedazos de papel periódico que el
viento les hace volar, durante la oración los deudos se encomiendan a su Dios y
luego se empinaban el octavo de guaro y les prenden las candelas de cuatro
colores que se consumen al mismo tiempo que las brazas que arden para quemar el
incienso.
Antes
del crepúsculo las gentes abandonan el lugar, algunos sufriendo las
borracheras, mientras los artesanos de los barriletes de colores, los hacen
descender, una vez cumplida su misión, los bendicen retornar para el siguiente
año.
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