viernes, 31 de octubre de 2014

BARRILETES



          La pertinaz lluvia había hecho un espacio en el tiempo, los tejados aun goteaban sistemáticamente, marcando en sus caída libre  las  posaderas de las aceras de las calles empedradas, mientras el perezoso solecito se asomaba a regaña dientes entre las nubes de algodón acompañado de la cantos de los clarineros que se sacudía en graznido lo mojado del chubasco.
          Las sombrillas hacían su desaparición en los corredores del poblado y se apostaban en alargarse en los paseos, el fresco aroma de tierra mojada se respiraba alegremente, conforme los nubarrones se disipaban para dar cabida a los templados vientos que anunciaban el otoño.
          La época de volar barriletes, tradición de los de Sumpango, que se volvía una algarabía en las cercanías del día de los difuntos, en las calles y en los mercados se mostraban estos, como artículos de venta de todos los tamaños y diseños mostrando el arte singular de los fabricantes provenientes de todos los rincones del pueblo.  Las veredas y la capilla del cementerio se veía inundados de confeti multicolor con alfombras de pino que le daban al lugar ambiente de fiesta. En el campo santo, los chicos se gozaban las corridas halando un hilo para hacer volar los hexágonos cubiertos de papel de china de brillantes colores, arremangados de barbas en los costados y una larguirucha cola que se balanceaban para tomar altura y hacerse a la libertad.
          Los montículos con cruz en el cementerio recordaban a las ánimas, con las cuales establecían los mensajes que la parentela les enviaban por medio de papeles que como rehiletes ascendían a través del cordel hasta los confines del cielo donde eran reclamados por sus difuntos. Las penitencias contenidas eran peticiones para el bienestar, la salud, por la abundancia de las cosechas, uno que otro favor especial.
          Luego entonces los gigantescos barriletes se echaban a volar surcando los cielos arrastrados por los vientos del norte que los encumbraban, sacudiendo su magnificencia en las alturas, llevando lo especial de cada uno de sus lienzos para mostrarle al mundo la pericia de los hombres encargados de elevarlos, de sus creencias,  la humildad y el respeto a sus dioses.
          Las largas procesiones no se hacen esperar, donde se convidan a los muertos en un almuerzo familia, fresco de súchiles y la comida de los tamales rojos envueltos en hoja de plátano cocidos en su punto y el atole de maíz tierno o el atole de masa con frijol en pepita con una pizca de chile colorado.
          Gran parte de las tumbas se ven adornadas con rosarios de manzanilla que pende desde la cruz que lleva el nombre del difunto y con pedazos de papel periódico que el viento les hace volar, durante la oración los deudos se encomiendan a su Dios y luego se empinaban el octavo de guaro y les prenden las candelas de cuatro colores que se consumen al mismo tiempo que las brazas que arden para quemar el incienso.
          Antes del crepúsculo las gentes abandonan el lugar, algunos sufriendo las borracheras, mientras los artesanos de los barriletes de colores, los hacen descender, una vez cumplida su misión, los bendicen retornar para el siguiente año.

             

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