miércoles, 25 de marzo de 2015

EN LA PENUMBRA



          La clásica penumbra arrulla en sereno los primaverales remansos de la explanada del lago, los escasos rayos se reflejan extraños a la pálida luna, en el agua es un espejo que muestran las ilusiones de un sueño de una pareja, que recuerda las mocedades de un escondido milagro, quizás nunca olvidado.
          Con la tenue agua que circunda alrededor del cuello de la chica, que juguetea con el pálpito de su corazón que reclaman con sus latidos el imaginario de una aventura de su pareja. Ojos tiernos como azabache, de inolvidable rostro color cobrizo, labios púrpura de Jacaranda, de vibrar sereno que delicadamente sellan pétalos de ardiente sentimiento. El juego de la marea traduce en ondas las melodías de un amor que desborda en el tiempo y la distancia.
          Las luces prendidas en la playa titilan en armónica caída del sereno que se cierne y resalta la magnificencia de lo blanco de la playa, mientras los grillos conducen el ritmo de la entrada de la noche. Las aguas permanecen tibias y los sapos saltan alegremente sobre las hojas de la flor de loto, chapoteando la naturaleza de un concierto de enamorados. El agraciado joven se ve emocionado en espíritu y ambos se sonrojan como los capullos de los nardos tiernos buscan refugio en los remansos, donde las chicharras les hacen burla a su timidez.
          El chico emerge de la zambullida en la oscurana, invitando a su pareja a imitarlo, mientras de un salto le toma de la cintura y la lanza por encima de su cabeza, para un splash acrobático que termina con una reunión de frente para experimentar un cálido beso, un abrazo que apasiona y  retiene apego, un escapismo de juguete que suelta en sonrisas una cabriola acrobática, que salpica las caricias de un fuga. La suave sensación que representa su largo cabello que reposa en el rubor de escalofríos de todo su cuerpo, le hace devolver el suave roce mediante un pellizco en la mejilla de su pareja, que se sumerge en sensuales caricias el encuentro.
          La luna se hace la desentendida cuando de junto en un abrazo, los chicos emergen sobre la arena con la música para enamorarse, las blancas toallas se ciernen alrededor del cuerpo, después de un pequeño trote que les lleva hacia el manto de grama que constituye su nido. Tras un breve consenso abandonan el lugar vistiendo su ropa de calle y se dirigen de la mano a través de la vereda que les lleva por los caminos sin interrumpir el idilio de abrazos y besos.
          La calle ancha se abre paso junto a la plaza, donde las luces resaltan los postes de la feria. Los petardos salpican en humo junto a la puerta de la iglesia, que cierran el acompañamiento de la procesión del patrono del lugar. Mientras tanto la gran rueda de Chicago se marea en vueltas arrastrando sus canastos llenos de participantes, los altoparlantes de las polacas que anuncian con estribillos el aparecimiento de las figuras de la tómbola de los premios. Los grupos de jóvenes que se hacen cola en las casetas del tiro al blanco, para mostrar su habilidad de quebrar bombillos, o animales fabricados de madera, en búsqueda de hacerse acreedores de un premio.
          La pareja se ha hecho espacio en la mesa frente a la garnachería, a degustar unas tortillas con carnes o un trozo de churro recién dorado con el enorme vaso de fresco de rosa de Jamaica. El es todo sonrisa, mientras bajo la mesa acaricia las manos de la chica, que se pone chinita y erizada después de escuchar innumerables veces la canción que se antoja de moda en la feria.
          Llenos de promesas y de una atracción comprometida con tan solo un hermoso contacto visual que fija la mirada como perdida en el firmamento que deambula en las estrellas, mientras ella con su angelical rostro de fantasía arregla su cabello con un sentimiento de ilusión, que busca dar respuesta a lo reflejado en las interrogantes de las preguntas y promesas emitidas en un guiño o en una gesticulación.
          Junto a las improvisadas tiendas que ofrecen los dulces tradicionales, los algodones de azúcar circulan, prendidos en varas, cuelgan elegantes en rosado y azul, llamando la atención de los chicos adolescentes quienes al comerlos les manchas los labios, la frente y la punta de la nariz, que luego la depositan como seña en las mejillas en las niñas en el instante que les depositan un beso.
          Un oso de peluche se antoja de regalo para perpetuar el día y la fecha, premio que representa una afirmación que va mas allá de las caricias de una  cita, la concertación para asistir con elegante vestimenta al salón de baile. La fiesta que rebosante de alegría resplandece en su aromático olor a pino que se esparce por toda la pista. Las notas de la marimba y el chunga, chunga, chunga del violón y la batería, marcan el ritmo de las melodías, los saltarines bailadores se prestan a las barridas de los ritmos mas picantes de la época del verano.
                              A pesar de la ola de calor la pareja se desliza en un abrazo de cachetillo con las canciones románticas, y aprovechando su cercanías susurran al oído las palabras lindas y lisonjeras que se traducen en un atractivo verbal de amor. Un jamás te olvidaré de un beso furtivo que hace que la chica levante la vista y busque en la ventana donde se encuentra la madre que es quien la cuida, la hace retirase un tanto para disimular o reiniciar un nuevo paso de baile, con una advertencia de no volver hacerlo, no mas que dentro del salón.
          La penumbra se disipa y en un descanso del instrumento musical, cada pareja sale a gozar un del sereno y del viento cálido que recorre las afueras del salón. En un santiamén, aparece la progenitora quien se interpone en medio de la pareja, la chica se suelta de la mano, se sonroja y se hace la desentendida porque supone una llamada de atención, hay un cruce de miradas como cara de pocos amigos pero todo se restablece cuando a los acordes de la música se jalan el uno al otro y desaparecen en el interior del festín.
          El jolgorio termina y cada uno vuelta a su casa, la chica en la ventana de su cuarto observa los presagios de la luna que tiende a extinguirse en el horizonte, dejando una estela de luz de las emociones e ilusiones que le llevaron a vivir un cuento de hadas. Un suspiro es el corolario de ese momento que le rebosa en el pecho, esa tierna remembranza que a lo mejor mañana se vuelva eterna.
          El chico, por su lado, se tumba en su camastrón recordando los pasos de esas caricias, idilio que le da esperanza, las añoranzas de tener en brazos a la mujer bonita de sus sueños. Repasa mentalmente cada uno de los acciones y momentos que penetraron en su alma después de saber que el cariño es compartido y que durará por la eternidad.

lunes, 23 de marzo de 2015

CARTA DE VENTA



          En el tapete de láminas acuñadas en diversas formas que se observan sembradas en su mayoría con esqueletos de aluminio de las antenas de televisión y lazos estirados con toda clases de ropa y trapos de colores que entretenidos se echan a volar con el viento. Cientos de casas hechas de lepa y otras tantas vestidas de cartón se apilan para contener el frío en las faldas de una pequeña colina, bordada de caminitos con gradas de terrón. Con  desagües a flor de tierra matizada con fétidos olores de desechos y lejía, chorrean en saltos de catarata hasta el fondo del barranco. Callejas que salen y se desprenden de un amplio boulevard que divide a los desposeídos de los afortunados de casas de concreto y verjas de perfiles de hierro pintado de negro y alambre de púas que delimitaba el solar detentado por los acaudalados que le hacen cambiar de nombre de barrial que se cae al abismo, a una planicie llamada  “Condado”
          Avenidas auxiliares que se tropiezan con portones eléctricos con guardianía, que franquea la entrada de cualquier persona. Autos de todo lujo, limosinas de corte oficial, seguidas por camionetas blindadas con un piquete de guaruras, que apenas enseñan la nariz  y apuntan sus armas, en su afán de ocultismo cuando proveen de seguridad a un magnate o un funcionario.
          Por dentro donde la vida es otra, las inmensas mansiones, se ven pálidas cuando los postes en forma de candelabros encienden sus luces para señalar la zigzagueante entrada a la Quinta. Palaciegos lugares que se ven atiborrados de superfluos festines de chicos bien, pudientes hombres de negocios que ostentosos participan de las fulgurantes fiestas de oro y lujo. Un grupo de elegantes vestidos de gendarmes, funcionan de acomodadores que se prestan entonces a dar cabida a los invitados que se apean en la puerta, mientras su Mercedes o Jaguar es llevado al área de parqueo. El aparato represivo del anfitrión ha puesto a un grupo de fortachones quienes apostados en la puerta revisan las credenciales de los asistentes.
          Trajes y joyas se entretienen en el centro de la pista donde las parejas se divierten con la música de una banda que retumba sus timbales y su explosión de luces que rebalsan en figurines de las bien dispuesta mesas de vestido elegante, deambulan y se  acomodan los pingüinos de esmoquin, con efervescente copas de champagne, que encopetadas esperan con vivas ansias y ojos desorbitados el desfile de las féminas llevadas para el deleite de los invitados. Una bacanal que se antoja de muchos kilates, altas modas desfile de de odaliscas en velos transparentes. Las mesas exquisitamente decoradas que contienen  figuras de maja desnuda esculpida en hielo, abundantes viandas que van desde caviar extranjero, huevos de parlama y otros tantos buqués de comida de mariscos, ricas recetas afrodisíacas.
          Después de una fanfarrea un séquito de damas es puesta en fila de exposición, que desciende de una escalinata en forma de caracol, con atuendos sensuales, como que se efectuara una venta de esclavas. Los caballeros puestos de pie cada quien se aproxima para hacer el contacto de las chicas de corta edad que desfilan como regalos sensuales para los afortunados amigos del anfitrión. La fiesta estalla con tiras y confetis que recrudece con lo sensual de los bailes, que estremece el lugar con toda clase ademanes con carácter de orgía.
          Las habitaciones del segundo nivel se ven atiborradas con la frecuencia de visitas por los sátiros, que corretean semidesnudos detrás de las damiselas que juegan a las escondidas entre los almohadones y camas circulares de faldones de seda, donde las cabriolas sexuales se adelantan a cualquier actividad de depravación.
          En uno de los salones una bella joven lucha denodadamente, mientras alguien la empuja y la trata desvestir por encima de una mesa de billar, sus quejas y gritos se ven minimizados por el escándalo de la fiesta de los alrededores. El vestido de organdí le ha sido rasgado de la parte anterior, mientras ella se niega a ser ultrajada por la fuerza. No sabe si cubrirse los senos o proteger su ropa interior la que es jalada con violencia en todas direcciones. Se zafa y se lanza hacia al suelo donde logra escabullirse de su atacante, quien la persigue por todo el salón, la acorrala en una esquina y con fuerte bofetón la hace caer al suelo. El triunfante hombre la recoge desmayada y la introduce en el salón donde la posee con lujo de sadismo.      Varias horas después ella vuelve a su conciencia, ha sido dejada en uno de los sofás, el silencio es la tónica, los restos de su traje apenas le sirven para cubrir su vilipendiado cuerpo, la cabeza le da vueltas por los vinos y los alucinógenos que le fueron suministrados, estos recién han terminado de surtir sus efectos.        Todo pasa por el cargo de conciencia brevemente, pues ha recibido anticipado una buena suma de dinero, para desempeñar su labor de diversión de sexo servidora; descalza se dirige hacia los vestidores del primer nivel con el fin de recuperar la ropa propia.
          En el salón todo es un despilfarro, parejas tirados en el piso, borrachos que se detienen de los balcones en búsqueda de la sobriedad y el equilibrio. Pero en fin ella logra encontrar el camerino, donde unas chicas hacen la espera para que las trasladen al punto del burdel de donde fueron recogidas.
          En un clásico mutismo abordan una furgoneta que las conduce a su destino.
--- Como que te fue mal?.--- le interroga una de las chicas --- tenés tremendo bofetón en la mejía que vas a necesitar ponerte hielo a una libra de bistec.---
--- Vaya sino, ---Y se toca el área, haciendo una mueca de dolor---Ese hijo de p…, me golpeó….--- suelta unas lágrimas --- Como que si en precio la paliza estuviera incluida…---
          Tal y como en su pasado, la bofetada le hace la memoria ese sufrimiento, que la hizo sufrir en tanto representó en trauma del abuso a través del amante de su madre, quien para mantenerla alejada de su lado, fue vendida a una red de trata de blancas y puesta a disposición de los mejores enganchadores proxenetas, para ofrecerla como trofeo. Era tan solo una jovencita de apenas 18 años de edad, cuya belleza había impresionados a los mercaderes de la carne y calificada como de primera clase.
--- Me vendiste mamá--- Era la frase que giraba por su mente.
          La niña de la mano de su hermano menor transita ordenadamente rumbo a su covacha, venía de la escuelita de párvulos del asentamiento, con sus sandalias de plástico irrumpe en un de los caminos de tierra que metros mas abajo  la banqueta de la entrada de su domicilio. La puerta de hojalata con el anuncio de una bebida carbonatada que sirve de portal está atrancada por lo que somata con los puños para dejarse escuchar, haciendo que la mujer en su interior le permita el paso. La señora con evidente señales de agitación, despeinada y desalineada, trata por todos los medios de alisarse la falda y el delantal por encimo de ella.
--- Mamá…! Y a usted que le pasa, está enferma?. ---
--- Nada mija, estaba ocupada allí adentro.--- en ese instante aparece un hombre un tanto entrado en años, arreglándose la camisa blanca dentro del  cinturón del pantalón.--- Estaba arreglando unas cuentas con don Chomo!.---
          La chica no le dice nada pero con la mirada le hace saber que sospecha de cualquier mala pasada engarzada a la mentira le dice la madre.
          Don Chomo, que mientras se sacude su amplio bigote, se abre paso y casi sin decir palabra abandona el lugar, en el umbral de la puerta mientras restriega el cuello sucio de su atuendo, reclama:
--- Entonces vengo la semana entrante por el resto, Blanquita y piense en el trato que le propuse.---
          Sin mas se retira mientras limpia con su pañuelo el sudor de su calvicie y con sus toscas manos se sacude maliciosamente. De camino desaparece en los callejones aledaños, silbando una tonada.
          La madre se dirige a la cama donde alisa las sábanas y sacude los alrededores, como quien quiere olvidar el suceso y encontrarse con su realidad. La niña la encara:
---Que tanto hace ese tal Chomo, aquí en la covacha…---
---Hay mija, la vida está difícil y con las deudas que dejó el desgraciado de tu tata, tengo que estar haciendo cachitas para poder pagarle el dinerito que le debemos a este señor, que dicho sea de paso se a portado gente con no meternos presos por el asunto…---
--- Ese don a mi no me agrada, no ve pues que cuando se asoma por aquí, y usted no está, es mero manos ligeras, quiere esta abrazándome, me apechuga y le gusta estar tentando, cosa que a mi no me agrada. Con decirle que un día cuando regrese de la escuela, atranque la puerta y me fui a palanganear en baño detrás del tonel, y no va creer, el viejo shuco, no se como hizo y empujó tranca, me estaba vigiando cuando estaba sin ropa, me asustó mamá y le tire una palangana de agua y se salió al darse cuenta que usted venía.---
--- Esas son las cosas que le pasan a uno cuando no hay hombre en la casa, y por cierto el mismo me ha estado insistiendo que te de para que vayas a atenderlo a su casa como empleada.---
--- Ni se le vaya ocurrir hacerlo, suficiente con lo que usted lo atiende…!, cuando viene y está sola---
          Pasaban los días y el tal Chomo frecuentaba la covacha, buscando en especial la presencia de la niña, siempre tratando de aparearse a la muchacha y ha veces con la benevolencia de su madre, quien se hacia la desentendida cuando el le tocaba sus nalguitas, o se atrevía lanzar comentarios tales como, “como que ya le están creciendo sus chichitas”.
          Si la adolescencia ya la tenía a flor de piel y cada vez era mas agraciada con belleza corporal, algunos muchachos la chuleaban por las calles, destacando su bien conformado cuerpecito y la belleza de pelo, toda una florcita en medio de un arrabal de zarzales, rodeada de manadas de lobos hambrientos.
          En cierta ocasión cuando regresó de la escuela encontró en casa a su madre envuelta en un gran llanto y al mentado don Chomo quien la recibió con un intento de abrazarla. Ella se resistió y se apegó a su madre.
--- Mamá, que le pasa, tenía ratos de no verla llorar, que tiene, algo le hizo este viejo mie…---
---Viene el señor Chomo a reclamar el pago de una letra de la deuda y la verdad es que no tengo dinero para pagarla, por lo que me amenaza diciendo que me va a echar a la policía sino pago. ---
--- Además ofrece que la solución a la mano de la situación, es que yo te entregue con él para su servicio, que lo que ofrece es pagar por tu trabajo, y de allí descontaría los abonos de la deuda---
--- Por su puesta en mi casa --- comento Chomo.---vas a tener lo que se te antoje, donde vivir, comida y una que otra granjería según te portes --- continuó --- Así que no se hable mas tráete tu ropa, tus cosas y vamos!…
          Una vez sentenciada la cosa no hubo marcha atrás, la jovencita con una congoja en el corazón y unas cuantas lágrimas de rabia, optó por hacerle caso a la madre y salió del asentamiento que la había visto crecer, hacia la casa de agiotista, quien se frotaba las manos de haber conseguido el propósito de engatusarlas. 
          Los primeros días, efectuaba la limpieza de las habitaciones pero cuando llegaba su patrón buscaba mantenerse encerrada en un cuarto, que a pesar de que gozaba de algunas comodidades no le daba nada de confianza, especialmente cuando la otra empleada de la cocina se ausentaba.
          Una tarde mientras hacía sus labores en el interior de la sala comedor, apareció Chomo, quien ni lento, ni perezoso de lanzó en pos de ellas, tomándole de la cintura y acorralándola en una de las esquinas de la habitación. El bigote del hombre le pasó por la mejilla y los labios cubiertos de saliva le rozaron su boca, ella con sus brazos y manos intentó quitárselo de encima, hasta que la mano burda se la introdujo entre las piernas. Dio un brinco y logró zafarse hasta que en el intento de huir, cayó al suelo. Chomo le cayó encima y le dio tremendo bofetón en el cachete que la dejó sin sentido.
          Un par de horas después recuperó el sentido, se encontró desnuda en la cama del sátiro.
--- Me vendiste mamá--- era la frase que giraba por su mente.

lunes, 2 de febrero de 2015

EL ESCRITOR

          El collar bullicioso de unas bougambilias, las casitas de adobe, con sus amplios ventanales de simpáticas puertas de madera de cedro, con aldabones pintados de negro, cuidado por los balcones de hierro forjado de múltiples formas que elegantes se asoman, mostrando su valor histórico sobre las calles empedradas. Allí se localiza el habitáculo de un hombre que acumula escritos, que da respuesta a la inquietud de poner en blanco y negro las ideas o mas bien los ideales, que dicen de la vida y la belleza de disfrutarla con sus baches pero que son parte de entorno del diario acontecer       
          El portal de la esquina que hace juego con las pestañas de teja colorada, se hace húmedo después de la caída del sereno que se evapora con el brochazo de calor que le madrugó el astro rey. Comulgando entre vuelos de aves y cúpulas de la chimenea. Muestra el paisaje de las gotas de agua remanentes escondidas en los tapancos. Los techos resplandecientes acompañados de tubos de humo blanco que asciende hacia el límpido azul cielo.
          En su interior la casa, el estudioso, el escritor de pura cepa, espulga las gastadas hojas de un antiguo libro, el pesado volumen lo recuesta sobre dos tomos de pasta gruesa, igual de deteriorados. El se encuentre prendido sobre el cartapacio de su mesa de trabajo, donde deja las pestañas con toda su atención en el texto, llevando imágenes de su pensamiento mediante cincelar con el lápiz en su mano derecha, para mostrar los jeroglíficos, unas oraciones, puntos y comas, letras a veces de carta o de molde, según la inspiración o el estado de ánimo. Las fasciculaciones en su rostro muestran su satisfacción, alegría, a veces sorpresa, admiración, mientras más se adentra con el canutero en la trama de la prosa creada en sus escritos.
          Los desgastados espejuelos retenidos por la punta de su nariz, se empañan por la emoción, esos efectos de la hidalguía con que circulan las francas pinceladas de las musas por su cerebro. Nada le abstrae de la inspiración, a pesar de los constantes ruidos a su alredor, que no logran distraerle de su atención, las figuras pasan como una obra de teatro ante sus ojos. Lo que apenas le hace cambiar de posición son los destellos recostados en su tintero que le ayudan haciendo los trazos necesarios, con pausas que divagaba en intermedios, sosteniendo con su puño izquierdo las ideas que fluyen galopantes en su cabeza. Como un pensador empedernido tratando de entrelazar las filigranas del capullo de un cuento.
          En algún momento recorre los espacios de su habitación, zigzagueando en la composición de un soneto, como una mosca que busca aterrizar  sobre un pastel de fresa. Suspende su escritura al sacar de su bolso un trozo de tela para limpiarse el rostro y desempañar los anteojos, pero pronto se ve urgido a acomodarse en su sentadero, guardando el pañuelo en la bolsa posterior del pantalón, para enfocarse sin despegar la mirada en el interior de los escritos, de los párrafos donde ha plasmado frases célebres con letras negras de puño y letra, que marcan la huella que expresa una trama singular que fluye en interesante pedazo de escritura.
          En un torbellino que sale del interior de su cabeza, acarrea entre aventuras plásticas, escenas e ideas que vuelan por todo el espacio, que representa desde el fondo de una ventisca que se crea en la mitad de la nada. Uniendo la aparición de míticos personajes que se plantan en las piezas del papiro, con actos heroicos ensamblados en narrativas, expresando máximas o epístolas saludables.
          Las bellas imágenes que se reparten en un lienzo estampado de un desenredar de una madeja de lana de múltiples colores, que brotan en interesantes diálogos que dan a los cuentos el sabor de historietas llenas de alegrías o de una realidad de pesar o de dolor.
          Aventuras salvajes de personajes importantes que se interpretan en moralejas, dejando un ejemplo de enseñanza, imágenes atrapados, talvez, en una lujuriosa escenas de amor, donde los participantes y los lectores se ven envueltos en el meollo de la narrativa.
          Proyectándose en si, emocionantes escenas de guerra, escaramuzas entre militares y alzados en armas, barcos piratas que abordan galeones españoles cargados de oro. Delicados encuentros de parejas de enamorados que se juran amor eterno que por azares del destino han roto las cadenas del encanto. Fantásticas fábulas con participación de animales parlantes, juguetes de todas clases que hacen las delicias de chicos, anécdotas de despilfarados personajes que suenan a locura. Míticos monstruos, dragones engargolados en torres de palacios medievales, que se mantenían a la custodia de princesas prisioneras de un hechizo, a la espera de un príncipe valiente que les propicie un final feliz. Brujas malévolas que en búsqueda de detentar un trono agreden a pobladores inocentes, arrasando reinos, poblados y caballeros utilizando sus malévolos encantos…
          Entrada la noche detiene su maquinaria creativa para encerrarse en su aposento a repasar sus legados, buscando que la almohada le sirva de acicate para desarrollar nuevas historias, en el filo de la oscurana. La noche que ha veces se torna de insomnio, le obligaba a detener el sueño, salir a la ventana a respirar el sereno de un luna a medio pintar, acompañada de un rosario de estrellas. Eso le hace correr por los vientos, acompañado de los azacuanes que le llevan la buena nueva de una chispa de inspiración, obligándole a  sucumbir sentado en su escritorio para redactar los esbozos de una idea, una rima elegante que le hace llegar hasta la madrugada sin pegar pestañas. En ocasiones amanece adormitado sobre la mesa, donde una apagada candela derretida se riega a los pies de su cabo, con las hojas de papel selladas por gotas de esterina que manchan las primeras frases del escrito.
          Sacudiendo su melena procede a levantarse con el fin de hacer la penitencia de estirar la musculatura, unos cuantos ejercicios, el aseo respectivo y la decisión de tomar su gorra para lanzarse a la aventura de recorrer las callecitas de piedra,  a experimentar lo que es la vida exterior, compartir con flores y gorriones, establecer contacto con vecinos y amigos, en fin, espantar esa soledad que le asedia. Un portal de actividades para realizar que le empujan a participar en otros ambientes fuera de los libros, la tinta, el lápiz y las musas.
          Tanta fuente de inspiración en el contexto de la naturaleza, el tenue sonido de las calles, con los murmullos de gentes con hábitos pedestres, que dialogan sus comunicados, las gotas sinfónicas de los pajarillos que se hacen de fondo en las arboledas primaverales. El inquietante aroma del pan recién horneado que emerge de la panadería, el despliegue del olor de los pistilos de los jardines, de las rosas y el amaranto, el buqué de las especies de la canela y las hojas de eucalipto.
          En las vecindades del mercado donde la frutas y verduras huelen a limpio, el exquisito estímulo nasal de las comidas típicas, el pepián y el revolcado de cabeza de marrano que estimulan los sentidos para abrir el apetito, sobretodo el aroma sin igual del café hervido. El sabor a pepitoria, los colochos de guayaba degustados como golosinas y el famoso fresco de súchiles, son junto a las imágenes poblanas de la pequeña comunidad, son las que acarrea en su mente y que sirven de fuente de inspiración para una nueva incursión en las páginas del que hacer.
          Lleno de este cargamento, él vuelve rubicundo y con baterías puestas para enclaustrarse pie con geta a la buhardilla de su estudio y hacer un repaso de las luces de arco iris, eventos y charadas sujetos de observación, acuciosidad que lleva para abrir nuevos escenarios entre papeles en blanco,  plumas con tinta y lápices de punta afilada.
          Se vio sorprendido por los nubarrones del mundo espiritual, rasgando los velos de difuntos y los aullidos de coyotes. Haciéndole honor a la escritura de los encadenados a la muerte, a las almas sin destino, redactando los miedos y gritos de la conciencia.
          Mas allá de los relatos tuvo que enfrentar a viva voz al ángel de la muerte, sucumbir ante sus artimañas, para caer en los epitafios finales pintados en la lápida que dan fin a su existencia.
          “Aquí yace, quien en vida se autonombró ESCRITOR.”



domingo, 18 de enero de 2015

LA RANA Y EL SAPO



 (La fábula de tantas veces)
          Allá perdido en los confines del bosque, se encuentra un estanque de tranquilas aguas, donde florecen bellos nardos y se encuentran adornado de rosario de petunias que crecen junto a las piedras de diferentes tamaños que se bañan con el brillo de la mañana, espacios que se vuelven plataformas de sinfónicos conciertos de los habitantes de la cofradía de los saltos, los traviesos batracios que tienen su reino dentro de las tibias aguas.
          De paseo y dando pequeños saltos, estos se acomodan en los jardines de recreo, donde los renacuajos de transforman en sapos cornudos y hermosas ranas verdes, que dentro de su actividad de vida, aprenden a acicalarse, pintando sus grandes ojos para dirigirles el coqueteo a los fortachones sapos que se reúnen un grupos según se especie. Los mas atrevidos saltan sobre las hojas que flotan en el pantano y se hacen galanes chapuzones para impresionar a las damas, con un coro de croa, croa, de diferentes tonos se acercan temerariamente para recibir un guiño de aprobación.
          El sapo principal, rasca su cuero con las ventosas de sus patas delanteras y mientras reposa en la alto de una piedra, se mantiene al tanto, sus circulares ojos vigila entre la grama a un insecto que despistadamente se ha acercado demasiado a su alrededro. En un movimiento fríamente calculado, abre su boca y con certero envío de su  alargada lengua se apodera con su pegajosa saliva del desdichado bicho que en un santiamén, pasa a ser parte del banquete de media mañana.
          Las ranas en el grupo de las cortesanas se admiran por la facilidad con que su héroe se procura su cacería y cuchichean con frases de adulación, mostrando con movimientos de coquetería su admiración al dilecto ejemplar. Entre los dúos y los quintetos afina sus voces para iniciar el festival de canciones que culminarán con la escogencia de parejas en el espectacular concierto.
          Entre los barítonos principales se encuentra Timoteo, con su corbatín color rojo amarrado en su escaso pescuezo, este afina su voz con la orquesta para dar inicio al concierto. Los grupos de bailarines se acomodan en la parte posterior del escenario con sus trajes de frac, para ingresaran a la palestra cuando el cantante arranque con su tonada... Entre aplausos y vivas el torneo de voces se hace longevo mientras las estrellas caen admiradas en el confín de la noche. El trío de los cornudos hace que una fracción del público vitoree, dando saltos con piruetas sobre los charcos.
          Las libélulas han pasado a dar un vistazo al escenario del estanque, con sus veloces aleteos, posan en segundos en la orilla de las hojas de quebracho, que van como balcones en el teatro. Los grillos con su concertina se asoman debajo de las hojas, temerosos de formar parte de la cena, suenan el violín de sus patas cuando de un par de saltos se alejan del peligro...
          El resto de los concursantes se han aventado al Bel canto, uno mas con chelo a ejecutado las delicias del público y uno de los mas pequeños ha hecho su aparición pintado de payaso. Mientras todos los asistentes esperan los resultados del certamen, hace su apoteósica aparición La reina, la rana Margarita I, con sus tunica de bellos rebordes de pistilos y engarzado con semillas de chununo, su corona fabricada de un corcholata y un cetro del tallo de camelia.
          Con toda coquetería da pequeños saltitos contorneándose en el escenario y se coloca sobre las hojas de flor de loto, a su lado se colocan los batracios café, sus vasallos quienes la custodian, con ramos de tréboles en sus patas.
--- El Ganador….!!!--- Una fanfarrea interrumpe la alocución.
--- Gump!!!--- carraspea el anunciador, quien a pesar de levantar sus patas delanteras para decretar silencio se ve imposibilitado de hacer el anuncio.
--- El ganador…!!!--- vuelve a insistir, por momentos el silencio se hace presente y grita.--- TIMOTEOOO…
          El escándalo no se hace esperar tanto por los fans, como de los que están en contra. Con salto firme se aposta en el escenario junto al trono de la reina, el anfitrión le levanta las patas delanteras y le entrega un listón que lo coloca frente a su pecho.
          Los aplausos continúan y la fiesta se hace elegante:
--- Punto  seguido, el  gran premio  para el ganador, EL BESO DE LA REINA…!---
          El gran conglomerado se pone de pie y corea sin cesar…
--- BESO…,BESO…,BESO.---
          Y tanto la reina como el premiado se ponen ruborosos cuando él se le acerca hasta el trono, después de un par de intentos, los labios de la dama chocan estrepitosamente en la boca del sapo.
ZAZ…! El sapo explota de emoción dando un salto de 360 grados y en un santiamén se transforma en un elegante caballero…!
          La reina esta triste, se lamenta y llora de tan mágico acontecimiento y entre sus lamentos dice.
--- Que desdichada soy, si yo no quería un hombre, yo te quería como eras, como un lindo sapo!---

EL CALLEJON



          En el fondo del callejón, allí donde las derruidas paredes sudan de rayas, manchas y antiguos grafitis, que con el tiempo se han venido descascarando del repello, dejando desnudos los decantados adobes de paja, orilla que se recubre de monte que crece en sus esquineros de la escurridiza banqueta que se utiliza de antro de reunión de un grupo de facinerosos quienes amparados por la penumbra de la noche, despenican con voces altisonantes y carcajadas las tramas de sus propias fechorías.
          Las luces provenientes desde el poste de la esquina apenas se proyecta dejando tenues sombras sobre la densa bruma de una nube que se extiende sobre sus cabezas, mientras la brisa de la madrugada hace mella, acompañándose del gélido frío de la época.
          Un punto rojo encendido que deambula entre uno y otro de los sujetos, que hace barullo de carcajadas singulares, en su vuelo de lapsos de silencio y remilgos de alharaca a pesar del horario. Gritos de sórdidas sanciones de danzas macabras que completan ademanes de sátiras producidas por efectos de los alucinógenos.
          El sonido de letargo de las sirenas que corretean alocadamente por las callejuelas, poniendo en alerta a los noctámbulos que estrechaban filas y se esconden en la proximidad del evento. Huyen  despavoridos como sombras se que se mueven a paso redoblado, escurriéndose como fantasmas por la penumbra, arrastrando su imagen etérea, mientras se esfuman y desaparecen en todas direcciones, dejando una estela de temor sarcástico en las huellas del sereno que humedecen el ambiente.
          Al paso de las horas y localizando el sonido de las sirenas se dibuja la escena de una tragedia, bajo una lona de los cuerpos de socorro se tiende en la loza de cemento del bulevar, acompañada silenciosamente por una veladora, una víctima yace en el suelo en medio de un resabio de sangre. Las partidas de curiosos se acercan hasta donde los listones de amarillo franquean el espacio, los murmullos de toda clase se comentarios circulan de una boca a la boca, mientras las chamarras negras con las siglas MP en la espalda, pepenan casquillo y depositan las etiquetas con números en los linderos de la escena del crimen. En espera de la autoridad para recoger los despojos del occiso.
          Mas adelante una seguidilla de detonaciones se enclavan a la vuelta de una de las esquinas, un tiroteo se establece, cruzando de carrera de una banqueta hasta las cercanías de una glorieta que se adorna de bugambilia, donde las bancas de piedra sirven de parapeto a los delincuentes que se hacen fuertes repeliendo el ataque de la policía, que persiguen acuciosamente a los perpetradores. El escándalo repercute en lo sombrío de la soledad, donde los humeantes fusiles vomitan fuego lastimando el viento y escupiendo plomo.
          Uno de los forajidos cae abatido por proyectiles de la fuerza policial, después de haberse enfrentado en la fuga por haber participado en el asalto y muerte de un piloto víctima de la extorsión, mientras otros dos después de una larga persecución son capturados por las patrullas, que les cortaron la retirada.
          Los tabloides de la prensa se hacen alarmistas con sendos titulares, la fotografía de la portada enseña cruelmente los caídos en la refriega, una cuarenta y cinco con muestras de casquillos reposa al costado de un cuerpo y el agreste comentario al pie describe el momento justo en que el sicario se hace acreedor al rosario de petardos que le cegaron la vida. En el pie de página reza que los detenidos fueron conducidos a tribunales a responder por su canallada.  .
          En el sitio del ataque se han hechas las investigaciones y recogido el cadáver del delincuente, todo ha vuelto a su normalidad, la calle se ha llenado de sereno, los caza noticias de la televisión se apostan en todos los ángulos para llevar las mejores grabaciones del atentado, el comentarista con sendo tacuche entrevista a los encartados en el asunto.
          El silencio de las siguientes horas, con la presencia de los rigores de clima frío, se ve interrumpido por el paso de un motorista que cargado de los diarios pretende llegar a la puerta de los consumidores que prestos madrugan para ver despuntar el alba, tras los primeros rayos del sol, ya ni se asombran al darse por enterados de las traginoticias que contienen las hojas amarillas del diario, de las pasadas horas.
          El callejón amaneció sereno, el viento se encarga de hacer revolotear los papeles que tapizan las aceras en el fondo, las colillas de la yerba estrujadas en los bordes de la banqueta, marcan un territorio de consumo de la pandilla que se reúne. El vecino de al lado sale vestido de calzón corto, tenis y gorra de lana, a su diaria faena de ejercicios, cuidando de no pisar las excretas que algún trasnochado se le ocurrió dejar bajo el dintel de una de puertas, las lámparas han cesado su iluminación, a lo largo de la avenida ya circulan los buses rojos, que alteran el orden con sendos gritos de los brochas que anuncian su destino con estridentes sonidos de bocina que despiertan al resto del vecindario.
          Un microbus se hace a la entrada hasta colocarse en el zaguán de una vivienda, sonado su claxon en repetidas ocasiones. Dos niños con sendos bolsones en la espalda se despiden de la madre quien le entrega a la encargada de vehículo después de echarles la bendición y lanzarles un beso de despedida. Con forme calienta el día el flujo de vehículos aumenta hasta congestionarse. Los pasajeros prendidos como garrapatas se tambalean en el pescante de las puertas, mientras los movimientos abruptos del bus los zangolotean como ganado en su interior. La necesidad de llegar al chance o a las escuelas, permiten que los abusados tashtuleen a la patojas y los cacos bolseen a los demás.
          La vida sigue su curso, los patojos muchos de ellos vagos y otros de capiusa se dan cita con la pelota de cuero y se hacen a la chamusca que revienta vidrios, tejas y golpean estruendosamente los zaguanes de las casas. Los grito se ponen en contrapunto de las vulgaridades orales y de maltrato junto a las faltas de respeto a los habitantes, que temerosos se asomas a las ventanas, precavidos quizás para no recibir un golpe o un atropello lanzados por boca de aquellos muchachos, que se sienten abusadores, dueños del espacio y que pintan de mareros. El sonido de la alarma de uno de los autos se hace cadencioso y fastidia con cada trallazo del balón que rebota en su lámina; una dama sale y pone fin a la sirena, mientras los hechores se hacen los desentendidos y silban hacia el cielo como quien disimuladamente dan un yo no fui..
          Son las horas de la tarde, el sueño nos hace presa del post almuerzo, el silencio invade el callejón. Una hilarante carcajada resuena el ambiente, un par de adolescentes se revuelcan en la banqueta en tremenda detallada, el resto del grupo observa pasivamente como sovigean a la chica, que se sacude el polvo que le prende de la espalda, los niños pequeños disimulan sus risas tapándose la boca mientras imaginan de que se trata la abrazadera, luego aparece el de la bicicleta que la recuesta en una de las paredes e insiste en querer participar en el jolgorio. El colocho de la patineta ha hecho su arribo y entonces empieza la gritadera de las otras dos muchachas que se ven perseguidas por los sátiros, que las arrinconan bajo el arbolito. El bombero pone acomedimiento mediante sus consejos, sus hijos vestidos de deportistas se anclan en el dintel de la puerta de su casa, los del palomar corren a esconderse en su vivienda.

PASEO DE GATO.




          El estilizado gato deambula tomado de la mano de la pálida luna, con estirones y remilgos se mueve sobre las mojadas tejas, maullando en el sereno que se ha depositado en ráfagas de viento en el trayecto de las húmedas cornisas.
          La sombra de la mañanera concertina se desarrolla en las copas de los árboles, donde los dormitorios de los pájaros se sacuden para darle la bienvenida al renaciente día. Parvadas multicolores que revolotean en el infinito que traen los recuerdos de los vientos de la primavera. El desperezado solito se madruga de su soñoliento paisaje ausente durante su vuelta al mundo.
          El felino se escurre por los peldaños por debajo de las láminas, en la palestra de entrepaño del techo abruptamente se asoma sigiloso a observar a través de un agujero de la canaleta. Sacude sus bigotes y estira sus patas bostezando sus pensamientos. 
          Frente a él, la antigua fuente de tres copas donde se han aglomerado los pajarillos que dulcemente se hacen mercaderes sacudiendo sus pintas plumas al darse un chapuzón, lo que les hace recordar el calorcito de los primeros rayos del astro rey, las orejas de las mariposas, mostrando erguidas sus antenas, se planean en saltos para depositarse en los pétalos de las rosas de donde admiran las mieles del corazón de sus flores predilectas.
          El consuelo de la mañana se ve acompañado con el canto de los gallos que después de sacudir sus alas y afinar su gaznate, sale imponente a correteas a las gallinas que rascan acuciosas en búsqueda de los gusanitos que les sirven de entretención, durante el suculento desayuno en las cazuelas del corral.
          La modorra le vence y el varsino gato deambula hasta acomodarse bajo el viejo sillón de la alacena para reposar después de sus paseos nocturnos a todo lo ancho de las vecinales, remeda con ronroneos, mientras se enrosca para encontrar nido, a la vez que lame su cola y acicala sus garras para entrarle al sueño. La noche fue tranquila, sin novedades, la clásica caza de ratones fue escasa y aun en su tránsito por las ollas de la  cocina, ni un solo pedazo de pan fue encontrado, con el estómago sin llenar prefiere entrar en el reposo para maullar y repetir su ronda después de pasada la comida del almuerzo de la casa.
          La vibrante actividad del día no se ve interrumpida por el acucioso ladrido de los perros, que se denotan en presencia, exigiendo su plato de comida para la salida de los jinetes, vaqueros que viajan a toda libertad hacia los campos. En las parcelas, de su trabajo de diario  buscan los hatos de ganado que se han descuidado, alejándose de la vista de los labriegos, empujados con la ayuda de  la caballería son conducidos desde los mas recónditos lugares hasta donde les surten su alimento en las chozas donde les extraen a mano los cubos de leche cruda. Pasada la hora de la comida el gato asoma su presencia en el cubículo de la cocina, donde a todo vapor se prepara el cuajo que da como resultado los derivados, el requesón y crema, que al ser batidas salpican en la batea los trozas de queso que rebotan con el suelo, con toda delicadeza, el minino aprovecha su chance de saborear los bodoques que saltan de las manos de las mujeres, cuando brincan del comal cuando se mezclan con la masa, que constituyen los mamachos. Uno que otro pollo se entromete por allí para hacerle la competencia y tragarse de un solo las bolitas de masa.
          Es una tarde esplendorosa y los arañazos no se hacen esperar en los almohadones del sofá, tras enroscar la cola y rascarse los bigotes, vuelve al sopor de la siesta, sacude su cabeza y crispa su lomo mientras se deposita en el espacio como nido en el sentadero. Un cuarto de hora de dormilonas faciculaciones, mientras alguien se acomoda en el mismo sentadero y lo expulsa para ronronear a otro lado, regresa y haciéndose un contorneo se sobigea en los pies del fulano que compite por el espacio. Al ver que esa estrategia no le es favorable decide abandonar el recinto, de un salto se encarama en la mesa y luego pasa por debajo del dintel de la ventana donde como trampolín lo usa para lanzarse al corredor y tras una carrera se sube al tejado a buscar otra aventura.  

                   

EL ANFORA




          Narrativas de los enfrascados en un octavo de guaro blanco,  ron o charamila, los que transita por la delgada línea de la inconciencia, los olvidados, los alcohólicos empedernidos que jamás pasan de la cantina a permanecer tirados en la calle, que son incomprendidos como seres de grandes dotes parlantes, aunque se les vea tildados de poco cerebro, repetidores de frases sin sentido, llenas de impertinencias.
           Sentado en la grada de una esquina, como bulto, despojo de ser humano maloliente, reposé la mona de un día continuo de farra. Los harapos con que me cubro, hacen aflorar con el enjambre de moscas que me circundan, una gorra de lana  encasquetada en  mi cabeza y gran parte de la cara, me hace ocultar una poblada barba, que florece entre nariz, labios y pescuezo. Un abrigo de quien sabe que color que contiene los remilgos de suciedad que apenas cubren el pantalón de mezclilla arremangado a nivel de los camotes, tres dobleces y mas que terminan en un par zapatos amarrados con pita de maguey y que enseñan con severendos agujeros  la suela.
          Un morral con bultos de papeles, unos panes tiesos, un limón partido a la mitad y tres colillas de cigarrillo apachados de la punta que se  han caído del interior del bolso, alrededor del cuerpo, en el acomodo para dormir.
          Y me dicen el “Loco”, porque ha veces no se si quedarme callado, cuando en medio de mis borracheras, señalo,  a veces hasta con falta de tino, la objetividad de las charlas. En grupos de personas, legos o indigentes, que se someten a escuchar mi perorata sobre las cosas de la vida, nacen discusiones de atropellos entre si, por querer tener la razón sin objetividad, los participantes guindados de una borrachera desde cualquier peldaño que los detiene o abrazados de un poste para objetar una insinuación de un nunca estar de acuerdo, una mueca o un señalamiento, que da el pensamientos inducido por la charamila. Quizás el procedimiento lógico debería ser quedarse callado por ignorancia, pero la necesidad repetitiva hace una letanía necia de afirmaciones, sin razón, aunque se diga que los bolos siempre dicen la verdad
          Cuantas veces se me acusó de impertinente cuando quise manifestar algo, quizás una charada o al levantar la mano ensamblada de callos, para proponer o hablar encarando una situación, eso hizo ganarme un insulto o una bofetada verbal, física o un cruel señalamiento de ser el amo de las groserías, pero no me quede callado, fui de los que se atrevieron. “Dícese duro pero sin practica de hipocresía”.
          . “El se enseña a ser un borracho hablador e irresponsable” aunque muchos de los que enseñaron la verdad, sus  antecesores ya están bajo tierra y la herencia les persiga por decirla y luego cada uno de los que pasamos por esta vida tenemos criterios propios para expresar, llamado libertad de expresión, un libre albedrío que nos tragamos a la vuelta de la esquina dentro de un vaso de licor. El alcohol tiene la particularidad que te seda o te avivan, el bebedor se siente muy machos porque el licor le aflora los ocultos temores y los baches de personalidad.
          Será que vivir en este estado, fuera de la realidad le hace mantenerte en el limbo, imbuido de grandezas y altanerías que solo reflejan una actitud mal educada del cuerpo, allí  mientras la conciencia se pudre y vive de lamentos rompe con el balance del vivir en paz . Será que esto inhibe nuestra baja autoestima? 
          El eco de la resaca que nos hace balbucear ideas francas aun dentro de la nebulosa de la borrachera, parecen fábulas de poco seso, pero en fin lógicas verdaderas de neuronas confundidas, que arremeten con el caldo de conciencia y un poco del acervo que se trae aunque sea mi propia experiencia.

          “Hoy me puse mi mejor tacuche, oculté mis zapatos que ya instilaban roturas por doquier. Un vivificante baño, que me hizo tiritar la mugre, una hoja de afeitar que al cortar la barba me laceró la piel por tanto tiempo ocultándome la piel de la cara,  mi poblada cabellera que ya reposaba sobre las orejas y caía sobre los hombros, se arremolinaba en mi cabeza sin tener acomodo de un peine.
          La fragancia del jabón de olor en tableta mini, que al menos permitía ocultarme el inquietante humor, luego de restregar una rodaja de limón en los sobacos, para espantar el golpe de ala. Un trapo húmedo que me permitió sacudir el saco para botarle las motas de las telarañas y el penetrante olor a bolas de naftalina por tanto tiempo guardado, la camisa que ya no parecía blanca, con el cuello semi doblados para disimular lo deshilado del borde superior, pero eso si limpia.
          El pantalón de gabardina un tanto raído por desgaste a nivel de las rodillas, con presillas sueltas por no tener cinturón, las bolsas totalmente vacías, quizás solo servían para guardar las manos. El ruedo largo, lo que me permitía ocultar la falta de calcetines como parte de la indumentaria.
          El resto bien, con la claridad de mi cerebro, donde cargo el ánfora de mis creencias y pensamientos, la solapa de mis pecados, mis creaciones dentro de la nitidez que me da una abstinencia de por lo menos algún tiempo, un poco de responsabilidad, producto de la necesidad de sobrevivir, acuñado con el buen juicio colgado en mi ropero de experiencias y el álbum mis recuerdos, como carta de presentación para enfrentarme a los avatares de la vida.
          Aflora entonces las recomendaciones de mis consejeros señalando que debo ser parco, debo de tener recato, no debo hablar mas de la cuenta, se paciente, escucha, aunque existan punto de desacuerdo en la letanía que te dictan como requisito de una realización o actividad. Asiente en lo que te concierne y no discutas por semántica.
          Voy rumbo a mi lugar de siempre, ya me quite el saco, me agobia la decepción, me llevo al hombro los zapatos que me torturaron los pies en la mentada entrevista. Quizás voy desilusionado de mi proceder me comporté como todo un señor que no era yo, como un distraído, pero siguiendo los consejos hablé lo mínimo, contuve burbujeantes las palabras  en mi garganta y me convertí en un parlante de monosílabos. Lo de siempre la solicitud de tanto papeleo, antecedentes de esto y de lo otro, pensaba que sabía yo de los antecedente de mi interlocutor, quien además me preguntó por las mentadas cartas de recomendación. Ja! Será que me sirve la del charamilero de la terminal, el don de la cantina donde sirven bocas de berro y jocotes de pascua? Nadie me conocía, en este paso ciego de mi vida, había perdido a los conocidos a mis compañeros o los que alguna vez se dijeron mis amigos los que cuando se jactaban de mi por ser buen anfitrión, pero que una vez se me acabó la plata volaron como los patos a otro lado En fin me dieron la mas ambigua de las respuestas, “ lo tomaremos en cuenta”. En lugar de decir entonces de todos modos NO!, por lo que fuera, figura, mal olor desfachatez, etc.
          Para lo que siempre me he pintado de bueno era cuando en mis momentos de sobriedad me sentaba en las bancas del parque rodeado de los que daban lustre, los que vendían vejigas y chajaleles, uno que otro miembro de la causa que en busca de unos centavos o una baba de guaro para suspender las molestias estomacales de la abstinencia, se apilaban en rueda a escuchar mis alebrestadas alocuciones que muchas se las llevaba el viento no muy comprendía pero que les servían de diversión, matar el tiempo y sobreponerse a la molesta goma. “Bueno para hablar” señalaban los asistentes, “A lo mejor era abogado”.Siempre había un despistado patrocinador que se apiadaba de los beodos que soltaba un par de pesos y eso era más que suficiente para tener una agitada tarde con botes de alcohol barato vendido en la farmacia. Yo ya había dejado el vicio, había levantado la mano dicen los A.A.
          Volví, entonces, a posarme en las gradas y en los portales, siempre con el discurso a flor de conciencia, donde figuraba los cuestionamientos y la perorata de cuanto señalamiento que afectaban al populacho buscando enmarcarlo en la verdad y la justicia. Ahora ya mi vestimenta aunque humilde era de proletario a quien se le acercaban las gentes sin chance, los legos, uno que otro catrín o un avispado estudiante, donde como en los foros de griegos se discutía sobre los achaques de la sociedad, con soberbia y carácter planteando alternativas de un mundo mejor.
          Eso me nació del intelecto y acudí presto a continuar con al estudio dentro de las ciencias políticas, algo que había abandonado por la lisonjería del  alcohol. Las caídas me hicieron retomar la imaginería de las quimeras que me revoloteaban en mi alborotada cabeza y llenar nuevamente mi ánfora de conocimiento.  Participando en las aulas, me llevó a contemplar el futuro en otra dimensión, aunado a un corazón nacionalista, un espíritu de lucha que surge de sufrir en el pellejo, vejámenes y negativas de los grupos privilegiados de élite que reclamaba tener la razón en la opresión y la existencia de la lucha de clases, donde las mayorías éramos el pueblo.
          Luego se convirtió en el teatro de los sueños, realidades que desde lo alto del escenario me daba la oportunidad de gritar a los cuatro vientos, púlpito que me dio las alas para representar las tragicomedias de esta sociedad empobrecida y sojuzgada como cuando en los albores de mi historia no dejaba de mostrarme como una víctima social y de los vicio.
          Ahora me pongo a pensar, pasé a un inicio de insípida infancia a un vulgar bache de proporciones enormes, ese asedio de pobreza en algún momento me hizo apretarme el espíritu reaccionando a levantarme del letargo. Surgir de pestañas largas y escasos centavos para sacudirme el orgullo y en algún momento alzarme y ponerme de pie.
          Sufrí desencantos provocado por la vorágine del vicio que me hacia sentir grande, pero luego inclinaba la cabeza pero recuperé en tonalidad de mi escaso buen juicio dando un salto a través de mis deseos de hablar y del impulso de querer ser escuchado. Oído por muchos, pero no comprendido, al extremo que fueron algunos de los que acercaron formando filas en mis discursos, extremadamente pocos comprendieron las ideas. Pero yo entendí que no se trataba de un fenómeno de falta de educación de mi parte, sino del resto, entrenados a repetir como loros, estribillos y consignas, que salían del diente al labio sin comprensión, inerte en el significado y la filosofía.
          No estaría mejor haberme quedado como principié, escuchando mi propia retajila de ideas y guardarlas junto a mi espíritu dentro de mi Ánfora.