Fuiste
al encuentro de las gaviotas, buscando el punto de retorno de los celajes, paso
a paso te entrometiste de niña, en el ansia de tus suspiros, para encender los
pistilos de tus cambios de pensamiento, de fruto en verde convertida de capullo
a mariposa.
Bajabas
en el tropel de sus sandalias, por el caminito de tu historia de adolescente.
La coquetería te afloraba en el cortijo de tus cabellos, lo manzana rosa de tus
mejillas, cuando en rápidos movimientos balanceabas tus escasas caderas. El
agitado vaivén de tus collares, de rojo linaje de coral, se arrastraban
relevantes en tus recién crecidos senos, estabas llegando a concretar, dejando
de ser niña y asomarte a la pubertad de una mujer.
Tus
negros ojos ocultos tras el cántaro de tu mandado, enfocaban curiosamente hacia
los horizontes de la ilusión, cuando despertabas bajo la mirada de los
muchachos que te chuleaban por la calle, dejando en ti, el tinte de tímido de
rubor. El paso ligero que resonaba bajo el corte, incrementaba el apuro a dejar
gotas de sudor que resbalaban de tu rostro, sin decir palabra te escurrías en
las empedradas callejuelas, para esconderte en tu rancho.
Tras
un lánguido silencio, reposabas en el borde de la pila, con una inocente
sonrisa en los labios y un ruiseñor de ilusiones en tu mente. Todo se sentía
hermoso, el palpito de tu corazón suelto como notas fuera de un pentagrama,
ágil, explosivos vientos sacudiendo tus cabellos, apuntaban a limpiarse, dentro
de una palanganada de agua, recién vertida de la tinaja, la que empujabas para refrescar
la pícara actitud de una chiquilla en los bordes de una primera experiencia en
el asunto del amor. En la diligente labor diaria, perdía de pronto atención para
ver estrellas y gorriones que le interrumpían los quehaceres domésticos.
--- Que te pasa patoja?---le
preguntaba su madre --- como que se te fue el pájaro, apurate que ya viene tu tata,
justito a tiempo para la comida---
Margarita,
con el mutismo que le caracterizaba, continuaba oprimiendo las bolas de masa
para elaborar las tortillas, que brincaban de sus manos al comal, transitando
de dos vueltas al canasto con servilleta de manta. De vez en cuando atizaba a
un costado los leños de encino que soltaban llamas con bocanadas de humo que
iban derechito al cielo, escapándose a través de las tejas. El batidor de
frijoles en pepita salpicaban en caldo negro para agarrar su sazón con cebolla
y ajo.
La
mesa de madera, chenca, ajustada en una de sus patas con un pedazo de teja, no
daba espacio para toda la familia, el padre junto a sus hermanos varones
ocupaban de primera fila a la espera del muñeco de tortillas, la pana de sal
donde descansaban además, un par de chiles diente perro, para hacer ameno el
apetito. La madre oficiosa hacía la repartición de la comida, mientras la niña
de pie habiendo terminado su labor de tortillería, tan solo se arrimaba con un
plato de peltre en sus manos sopeando con los dedos el caldo con un mamacho de
masa.
Los
dos patojos terminaron a toda prisa, se santiguaron, dieron las gracias y se retiraron,
en el umbral de la puerta tomaron sus sombreros de palma.
---¡Pa…!, vamos a dar una vuelta al
parque.---
De
carrera se dirigieron hacia el centro del poblado a jugar el trompo, o con una
palomilla a darle de patadas a la pelota mientras se consumía en trinos de
pájaros los vientos de la caída de la tarde.
La
chica emocionada se aposta en la ventana a recrear sus sueños y pendejear a la
luna que hermosa y redonda se muestra en el satín de azul oscuro del
firmamento, se tomaba de los cachetes y pescueceaba para vigiar quienes pasaban
frente al rancho, mientras le tocaba lavar trastos.
Los
gallos apuntan en cantos del alba con la bienvenida del sol, ya los ranchitos mostraban
actividad con el vapor que brota de sus tejados, el ronquido del motor del molino de nistamal cuyo sonido se asemejaba
a una carcajada en las afueras de la calle, donde las mujeres se recostaban con
su olla de maíz cocido a la espera de su turno de moler. Los posillos de café han servido de despedida
de los hombres de la casa, que se alejan con azadón al hombro al sacar la tarea
del día en los campos de cultivo.
Margarita
a dejado la pereza entre las chamarras y se apresta a darse un chapuzón de
cara, de aseo corporal, escondiéndose tras las tablas de lepa del baño, se arropa,
sale hasta encontrarse un pequeño espejo
con gran delicadeza desenreda su negra cabellera con el peine que le
hace escurrir parte del agua sobre sus ropas, con la ayuda de su madre, le
fabrica con mucha maestría una trenza que le cae hasta la cintura, ella y su
sonrisa lozanía de la edad, vivaracha existencia, abrumada por sus labores que
no le dio oportunidad de asistir a la escuela y en su pasiva soledad destinada
a acompañar a la madre, eso no le afectaba, eran las pequeñas cosas que le
alegraban, la ilusionan y daban la felicidad familiar. Allí transcurrió a escondidas
le transforman de niña a adolescente.
El
rocío de la mañana se esfuma como las hojas de un calendario, que se traducen
dentro de la poca actividad para una joven que apenas disfrutaba de las cosas
de la juventud, sus labores propias de la familia, no le permiten tener amigos
y sus relaciones no va mas allá de los alrededores de su covacha o acaso al
cercano molino a triturar el maíz, o la visita al ojo de agua a proveerse.
Salió
muy de mañana a su mandado con el cántaro en la cintura en búsqueda del vital
líquido, el caminito que le lleva al río, se ve solitario, después de llenar la
tinaja, sacudió sus caites en la orilla y precisó el regreso, junto a la
arboleda que da inicio a la subida, alguien le franqueó el paso, uno mas por
detrás que la empujó al suelo. Le cayeron encima y sin decir amén le golpearon
el rostro, ella se defendió como gato, pero sucumbió, le fue rasgado su güipil
entresacándole el corte con lujo de fuerza, le taparon la cara.
Fue
abusada por los canallas, con lujuria
fue maltratada y luego le dejaron en un paraje, la creyeron muerta y la
abandonaron. Le habían quebrado su tinaja, el agua se derramó junto a ella,
sangre en las heridas de sus piernas y en los restos de su ropa que se revolcaba de
lodo.
Fue
llevada a su casa por vecinos del lugar que le encontraron desfallecida, había
sangre que brotaba de su boca, con la mirada perdida en el espacio no emitía
ninguna palabra, ni queja. Lo que mas temía era la chicoteada de su Tata.
Junto
a la pila haciendo labores de lavado, se encuentra la joven, sus ojos ahora se
encuentran hundidos y tristes, además su alborotado pelo enredado, ya no es
motivo de ser cuidado, las mejillas pálidas le marcan en manchas los vestigios
del embarazo, todo es confusión, la preñez le ha desfigurado su cuerpo y
apagado el alma, está mas delgada y perdió aquella lozanía y actividad que
poseía, por extraño que parezca algo se mueve dentro de la barriga, le duelen
la espalda y las caderas.
Margarita
ya no es la misma, ausente de pensamiento, ha perdido el habla y a lo mejor el
juicio. Le rompieron su adolescencia y le borraron sus ilusiones. Producto de
su trauma.