viernes, 10 de octubre de 2014

RECUERDOS DEL ALTIPLANO



          En las cumbres heladas de la Sierra Madre, la de los picos mas altos y profundos barrancos, en cuyas llanuras fértiles, viajé en la inmensidad de sus cielos en pos de encontrar mis propias ideas, mis experiencias para imbuirme en la vida comunitaria de los pueblos indígenas, usé las transparentes ansias impregnadas en el infinito cuando asenté con mi presencia en el hermoso altiplano del país, nadé entre las nubes del pensamiento en búsqueda de estos viejos recuerdos, con todas sus explicaciones encontrarme con las experiencias del aura de mi espíritu que cada vez se tornaba resplandeciente entre chirimía y costumbres con la convivencia de las culturas milenarias nuestras que me llevaba con  alas de victoria para ejecutar la prosa de mis ideas.
          Desde lo vasto de mi trabajo, vi descender estas bienaventuranzas como un rayo de luz, inspiración convertidas en un ángel de blancas vestimentas escrituras que con suavidad se anidaban en los pergaminos de literatura,  tan solo una idea, una fugaz reflexión que llevaba en sus adentros incidentes, con la descripción de acuarelas, describiendo las costumbres de los pueblos con la  inspiración, que se mostraba en las letras, frases y palabras que daban forma a una narrativa indeleble de cantos y flores, que daban forma a una narrativa, de un paisaje indiano junto al sentimiento de pertenencia del espíritu por demás atrevido, con las características de ranchitos autóctonos que adornaban el campo de cofradías y ferias patronales, de mercados de plaza que se adornan de papel de china sueltos al viento como las sonrisas del espíritu, envueltas en pom y sonidos de marimba. Chirimía de mil batallas que seduce buscando al encuentro de mujeres de trajes multicolores, güipiles y tocoyal en las empedradas calles, en el tráfico de criollos de saco tejido de lanas oscuras y sombrero redondo de ala corta con una cinta de brillantes colores en la copa.
          Emocionantes parajes de altiplano, de  una vida llena de cosas hermosas que se colman de tradición, sabor a tierra,  de pájaros y pétalos, de brisas de colores que se tornan relatos del diario vivir en el coloquio de aventuras.
          Atento vi entonces, aparecer el escenario de las cúpulas, como el celuloide de las aventuras de los patojos de esta mi tierra, que sin botar el sombrero de paja, jugaban a las canicas, arrastrando sus calzones cortos de manta con rasgaduras en las rodillas ya varias veces remendadas. Ensalivándose el pulgar que les daba seguridad para lanzar la bolita para chocarla con las otras que permanecía inmóviles dentro de un triángulo. La sonrisa de las suelas de su caites mostrando la marimba de dedos de uñas encorvadas y amansadas de tierra bajo su entorno. Risas y carreras cuando resultaban persiguiendo la pelota a la que trataban de patadas en el improvisado campo del futbol. El disonante grito de Gol! Al concretar una conquista en el supuesto marco señalado simplemente con unas piedras
          Las chiquillas jugando en las banquetas empedradas del camino, de cocinita con tapaderas de lata y piedrecitas simulando tazas del atole, otras portando pedazos de trapo que envolvían con olotes para chinear como que fueron los hermanitos menores o el evocar el instinto maternal.
          En el seno de las covachas, las mayorcitas surgen de compañía de la madre haciendo algunas veces el mandado o aplaudiendo alegremente en la fabricación de las tortillas frente al comal de barro caliente, donde las hacen saltar para su cocimiento. La cocina donde circula ese incomparable olor a café hervido junto al fuego de la leñas,  corre con el humo que se disipa hacia el cielo calentando el ambiente.
          Las quinceañeras, las de merecer o casaderas, tejen sus trenzas y las amarran con listones en la cabeza, donde en la coronilla se instalan un entorchado trapo que le ayuda a anidar el canasta que les ayuda a  conducir casi cualquier cosa, desde la ropa para llevarla a la pilona donde por turnos se enfilan en el lavado de las prendas. Es el lugar de las tertulias, del dimes y diretes, las charadas, que ponen en evidencia o  en trapos de cucarachas a las que son sujetas del chisme del día, mientras asolean los trapos blancos o los tienden en los comunales lazos.
          Otras las mas avispadas, que mueven las caderas al vaivén del caminado mientras transportan el tinaco de agua limpia detenido en la cintura y se sonrojan cuando algún muchacho le presta un guiño o les lanza un silbido, las menos agraciadas son las que además en el perraje de su espalda transportan a un infante, producto de unión temprana o metida de pata. Con su rostro tostado por el sol, muestran la pureza de una manzana en sus mejillas, tranzas lindamente adornadas o pelo suelto color azabache que rondan con inefable timidez su in comparable de su belleza
          Los muchachos al sol de la medio tarde se apostan en las orillas de las bancas del parque para hacerles espera, saludan con la reverencia de quitarse el sombrero, los mas abusados se hacen al encuentro para encararlas y sacarle charla, Varios se van con el mutis de una respuesta silenciosa un encoger de hombros de indiferencia o no recibir ni un voltear a ver, socarronamente un no entre dientes, con la sumisa mirada hacia el suelo y el apresurando paso para desaparecen en los caminitos de terracería que les conducen hacia los ranchos.
          Las camionetas en punto de las 5 de la tarde se apostan en las orillas del parque para descargar a los suertudos que logran ir a los institutos de la cabecera, se aglomeran en la glorieta del parquecito, mientras las chicas con sus bellos y elegantes trajes típicos se ven asediadas por los jóvenes. Se juegan a las escondidas en el transcurso que las madres se asoman oficiosas a recoger a las adolescentes.
          Es hora de los vientos que inician a ser gélidos y cada quien se dirigen presurosos al seno del hogar, donde quizás se toman una taza de café hirviente y un par de molletes recién hechos. Emponcharse con lana y buscar un sitio donde acomodar una luz y dedicarse a las tareas del estudio Llego la hora santa en la iglesia que se hace anunciar tras el repique de las campanas, las santulonas con sendos perrajes que las cubren de la cabeza a los pies, se apresuran en grupos para participar en el rezo diario de la cofradía
          Ya los hombres regresan del campo con bultos sobre su espalda, para ser participes de la cena familiar, compuesta de tamalitos de masa, un plato de frijoles en pepita y el suculento pocillo de café. Las tareas de la casa se comparten con los hijos quienes con su responsabilidad se apresuran en sus laboras con tal de salir un rato a pendejear a la calle. Una bocina charralea a las puertas del mercado allí donde funciona la radio comunitaria donde se dan a volar y sin descanso las piezas de marimba para que en el período previo al nocturno las parejas aprovechen a deambular en las orillas del parque y sus alrededores, mientras las lucecitas de los postes se ven titilar pálidamente en medio de la lisonjera penumbra. Todo se torna en silencio, encerrado en sus viviendas los habitantes se preparan para la espera de un reparador reposo que los lleve al día siguiente de madrugada a su parcela a reanudar sus tareas, a las escuelas y a todas las tareas que forman parte de la vida diaria.
          Con la llegada de la fría noche compenso lo vivido atizando papel y lápiz, en el cubículo del centro de salud haciendo las convivencias de lo experimentado y los combino con las bellas realidades de este pueblecito tranquilo y lleno de belleza, allí encuentra la sobriedad de lo relajante que es el dar un poco de si para el beneficio de muchos. El constante ladrido de los perros hace que se descubra la señora luna que se asoma sobre los cipreses y engalana los campos.


  

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